Después de que el presidente Barack Obama esbozara en junio su agenda para combatir el cambio climático, su Administración ha dado los primeros pasos para poner en marcha las más ambiciosa de sus propuestas: la EPA, la Agencia de Protección Medioambiental de Estados Unidos, anunció los primeros límites para reducir las emisiones de dióxido de carbono (CO2) de las centrales que producen electricidad por medio del carbón.

Por el momento, la nueva normativa afectará solo a las futuras plantas y no se espera que esté finalizada hasta otoño del 2014. Tanto los republicanos como la industria del carbón están dispuestos a combatir la iniciativa, aunque esta vez Obama podrá sacarla adelante sin la aprobación del Congreso.

Estados Unidos mantiene una enorme dependencia del carbón. El 37% de la electricidad que produce actualmente viene de este combustible fósil, seguido por el gas natural (37%), la energía nuclear (19%) y las fuentes renovables (12%). El problema es que el carbón, pese a las enormes reservas, contamina el doble que el gas natural y disemina en la atmósfera un tercio de las emisiones estadounidenses de gases de efecto invernadero.

Las centrales térmicas de carbón producen una media de 1.800 libras de CO2 por megavatio-hora. Con la nueva normativa, que durante los próximos 60 días se abrirá al debate de la industria y la ciudadanía, las emisiones de las futuras plantas tendrán que reducirse a 1.100 libras.

Para conseguirlo, una de las posibilidades será instalar sistemas especiales para capturar el CO2 y enterrarlo bajo la superficie. Según la industria, esa tecnología es cara y su efectividad todavía no está demostrada.