Ahora más que nunca, El Siberiano hace justicia a su nombre. Un oasis en medio de la soledad del mercado.

Me he acostumbrado a ello. No hay más. ¿Que ahora estoy sola? Bueno, queda ya poco para irme, pero lo sentiré muchísimo porque es un negocio que funciona, que es muy bueno y al que viene muchísima gente estupenda y maravillosa.

El Mercado Azoque se abrió en 1969 y desde entonces el bar parece intacto. ¿A qué se debe?

Porque lo empezaron unos señores que se llaman Mario y Mari Carmen y yo he seguido siempre con la misma rutina, y no voy a cambiar hasta que me jubile.

¿Recuerdas la vitalidad que tenía antaño?

Aquí se vendía horrores, tanto en el mercado como en el bar. Cuando lo cogí con mi marido estábamos cinco personas detrás de la barra y a veces no se llegaba. Un miércoles, viernes o sábado llegábamos a sacar hasta 150 bocadillos. Era una atmósfera preciosa. Pero aun así sigue levantado, gracias a la rematadera que es la Mari.

"Aquí ha habido la gran suerte de que se han ido todos porque se han jubilado"

¿Crees que se ha perdido la cultura de los mercados?

Indudablemente. Pero es que son los tiempos. La mujer trabaja, hay que buscar el horario, muchos mercados cierran a mediodía y ahora vas a los grandes almacenes y puedes comprar de todo. Aquí ha habido la gran suerte de que se han ido todos porque se han jubilado.

¿Cuántos años llevas detrás de la barra? ¿Cómo empezaste?

Mi marido trabajaba para el antiguo dueño, que fue el fundador de El Siberiano. Cuando se marchó para abrir otro bar, el Licenciado Vidriera, le ofreció quedarse con él, entonces lo cogimos. Y aquí estoy yo, embarazada en el año 87, abriendo el negocio el 1 de noviembre y el 3 de diciembre dando a luz.

Media vida en la mina. Jaime Galindo

La baja por maternidad como que no, ¿verdad?

Había que pagar un traspaso y no teníamos perras. No me dio tiempo ni a estar mucho en el bar ni a estar mucho con mi hija. Fue complicado. Pero bueno, siempre he sido una persona que no se me ha puesto nada por delante. A mi manera voy a mi marchica.

34 años en este bar. Media vida. A muchos habituales los habrás visto crecer...

Me vienen con hijos. Y digo: "Dios mío, qué mayor estoy". Pero no. Nunca me siento vieja, al contrario, cada vez más joven. ¡Y cuando me pinchan, más!

¿Te refieres a la vacuna?

Afortunadamente las tres me han sentado muy bien, pero con lo demás lucho, porque con la verdad se va a todos los sitios.

Háblame de tus famosos bocadillos bautizados.

Son bocadillos que invento yo. A mis clientes más fijos les decía: "Prueba esto", y si gustaba, bautizaba el bocadillo con un nombre que recordara al cliente. Por ejemplo el 'Iñaki', por un señor que se llama Ignacio, o el 'Don Fernando', por un chico que tenía aquí trabajando conmigo al que todo el mundo llamaba 'Fernandito'. También está el 'Tocino de mar', que se llama así porque lleva cerdo y anchoas (ríe).

"Si he superado su muerte ha sido gracias al bar"

¿Cómo se ve el mundo desde aquí abajo, tantos años detrás de la barra?

Estoy en la mina. ¿Sabes lo que es una mina? Se trabaja mucho y se gana. Pero estoy feliz, de toda la vida. Y cuando me enfurruño, me ve todo el mundo cómo me enfurruño. Y a quien le tenga que cantar las cuarenta se las canto. Muy educadamente, pero con mi genio. Por las mañanas cuando estoy aquí sola voy muy apurada y a los clientes los llevo muy rectos. Pero veo las cosas muy a gusto, lo juro por mi marido. Si he superado su muerte ha sido gracias al bar.

José Manuel Serrano, que junto a ti era el espíritu de El Siberiano. ¿Cómo ha sido compartir oficio y vida?

De discutir, a todas horas (ríe). Él era tranquilidad, saber estar, y yo soy como la gaseosa, el champán. Pero bueno, hubo mala suerte. De la noche a la mañana, vino un famoso cáncer. Yo conocí a mi marido con 12 años, me casé con 18 y no he conocido otro hombre. Pero si él supo luchar y no quejarse durante los tres años que tuvo de martirio, esa es mi meta. No, aquí se me van todas las penas. Viene uno, discuto, viene otro, no discuto, me lo paso bien. Como te he dicho, estoy muy feliz aquí.

"Soy de las que cumple las promesas, y más a él"

Pero en quince meses, con 63 años, te jubilas, vuelves a las alturas. ¿Por qué a esta edad?

Porque se lo prometí a mi marido. Antes de que enfermara, los tres últimos meses me decía: "Cuando cumplas 63 fuera del bar, fuera del bar, fuera del bar...". Y me iré, porque soy de las que cumple las promesas, y más a él, claro. El día que llegue el momento veré a ver cómo me mantengo activa. Algo me buscaré. Quizás ayude en algún comedor social o en el Refugio. De momento me tomaré dos meses sabáticos.

Sin relevo, en busca de la calma. Jaime Galindo

Cuando bajes definitivamente la persiana, ¿qué pasará con todas las historias de El Siberiano?

Lloraré horrores, porque con este bar se ha ido también la mitad de mi vida, 34 años, felices, con sus bajadas y subidas, de tensión, pero felices. Es que encima estoy orgullosa, porque como decía un señor que viene por aquí que me aprecia mucho, soy el alma máter de El Siberiano.

¿No te planteas un relevo?

Para nada, quiero vivir tranquila. Mario empezó este negocio con su mujer y yo seré la rematadera. María del Mar García y José Manuel Serrano en el pensamiento. Se acabó. El Siberiano quedará ahí, con tu entrevista.

LA RÁFAGA


— Una canción.

— 'Esa niña que me mira', de Los Puntos.

— Una película.

— 'Ghost'.

— Un plato.

— Los canelones.

— Un lugar.

— Cantabria, el último viaje bonito que hicimos antes del cáncer.

— Una imagen recurrente.

— Siempre él.

— Redes sociales.

— Soy nefasta.

— Autocobro en los supermercados.

— No me gusta. Aquí no tengo ni tarjeta.

— Situación del comercio minorista.

— Un poco chungo.

— Impuesto sobre sucesiones.

— Me parece mal. 

— Prohibición del consumo en barra.

— Horroroso. La culpa siempre es de los bares.

— Algo que te aburre.

— Planchar.