Agua, sol y guerra en Sebastopol

Puerto de Sebastopol, por Iván Aivazoski, en 1846.

Puerto de Sebastopol, por Iván Aivazoski, en 1846. / SERGIO Martínez Gil HISTORIADOR Y CO-DIRECTOR DE HISTORIA DE ARAGÓN

Sergio Martínez Gil

Sergio Martínez Gil

Justo ayer, 24 de febrero, se cumplió el primer año de la invasión de Ucrania por parte de la Rusia de Putin, aunque como se viene diciendo últimamente, esta es una guerra que dura ya desde 2014 pero que hace un año saltó a una nueva fase mucho más destructiva y generalizada. También hoy es un día de efeméride histórica relacionada precisamente con la península de Crimea, pues un 25 de febrero, pero del año 1856, se iniciaron en París las conversaciones para tratar de alcanzar la paz en la llamada Guerra de Crimea. Un conflicto en el que los imperios británico, francés, otomano, ruso y los reinos de Cerdeña-Piamonte y Grecia se vieron las caras a mediados del siglo XIX. ¿Cómo fue el desarrollo de aquella guerra?

El Imperio otomano, que había llegado a ser, especialmente en los siglos XV y XVI, una de las mayores potencias de la Edad Moderna en el Mediterráneo oriental, estaba siendo incapaz, llegados los siglos XVIII y XIX, de frenar su lenta pero constante decadencia a todos los niveles. Así, poco a poco fue perdiendo parte de su extenso imperio, especialmente en los Balcanes, donde ya había surgido en el primer tercio del XIX el reino de Grecia consiguiendo así su independencia de los turcos.

Ante esta debilidad, una Rusia en plena expansión en la zona quiere aprovechar esa situación otomana para aumentar sus propios dominios e influencia en el Mar Negro, teniendo como gran objetivo el controlar este mar y además el también conseguir una salida directa al Mediterráneo sin tener que pasar los Estrechos de los Dardanelos y el Bósforo controlados por los otomanos. Mientras, británicos y franceses temían que se produjera el colapso del Imperio otomano, lo que habría supuesto el reforzamiento de una Rusia cada vez más agresiva. Al final, unas disputas en los Santos Lugares, también territorio dominado por los turcos, entre cristianos católicos y ortodoxos, provocó la intervención rusa exigiendo ciertas demandas para la Iglesia ortodoxa, algo a lo que los turcos se negaron, provocando la declaración de guerra por parte de Rusia el 16 de octubre de 1853.

Pero los turcos no estaban solos, y Gran Bretaña y la Francia del emperador Napoleón III acudieron en su ayuda contra los rusos. La estrategia de ambas potencias era atacar directamente territorio ruso y centrarse en una de sus bases principales en el Mar Negro para así evitar la constante amenaza contra el Imperio otomano. Así, el objetivo marcado fueron la península de Crimea y la ciudad de Sebastopol. Las penalidades que pasaron tanto atacantes como defensores en Crimea fueron brutales, produciéndose más muertes por las condiciones climáticas y las enfermedades que por los propios combates. La Guerra de Crimea es considerada por muchos como la primera guerra moderna, pues comenzaron a aparecer armas más destructivas que marcaron el preludio de lo que vendría más tarde con la Primera Guerra Mundial. Pero también porque comenzó a utilizarse la máquina de vapor, el telégrafo y apareció por primera vez la fotografía de guerra. Fue en Crimea cuando se tomaron las primeras fotografías de la historia en un conflicto armado, siendo realizadas en 1855 por el fotógrafo inglés Roger Fenton. La toma de Sebastopol a un alto coste por británicos, franceses y otomanos sería un duro golpe para unos rusos que a finales de febrero de 1856 comenzaron a negociar hasta llegar a un acuerdo de paz con el Tratado de París del 30 de marzo de 1856.

Esta guerra también tuvo cierta importancia en España a pesar de que esta no participó directamente en el conflicto. Por una parte, el gobierno español envió observadores militares que llegaron a participar en alguna acción aislada apoyando a los otomanos, como son los casos del coronel Carlos Detenre o el conde de Reus, Juan Prim. Este último, quien llegó a tener una gran importancia en la política española de los años siguientes, fue obsequiado incluso por el mismo sultán y tentado por el general turco Omar Pachá, quien invitó a Prim a convertirse al islam, pasarse a las filas turcas y ser nombrado general, cosa que rechazó amablemente.

Mientras, aprovechando las buenas cosechas de la época, muchos terratenientes españoles hicieron un gran negocio vendiendo sus cosechas a los británicos y franceses, quienes necesitaban enviar grandes cantidades de comida para alimentar a sus ejércitos expedicionarios. Tal fue así que en la misma prensa española de aquellos años se hizo popular la siguiente frase: «Para que España vaya bien se necesita agua, sol y guerra en Sebastopol».

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