Precariedad
La historia de la viuda de 64 años que lleva cuatro semanas viviendo bajo una lona de plástico en Oviedo tras quemarse su casa: “Sólo pido un sitio hasta que yo pueda buscar algo”
Rosa María Jiménez pasa el invierno más frío y húmedo de los últimos años casi a la intemperie, desde que ardió la casa que ocupaba

Rosa María Jiménez bajo los plásticos, su único cobijo desde hace semanas. / J. A. A.
Juan A. Ardura
“Estoy enferma, no tengo donde ir, el marido me murió en verano y no tengo a nadie”. Rosa María Jiménez Silva resume con esas palabras la situación en la que se encuentra al llevar cuatro semanas casi a la intemperie, con el único resguardo de unos plásticos a la vera de la casa de la Tenderina Baja (Oviedo), desde que quemó. “Menos mal que me dio por sacar dos mantinas, pero ya está todo mojado”, cuenta del segundo fuego que dejó en pura ruina la casa que esta mujer ocupaba desde hace ya un tiempo
Tras el incendio una pareja de la Policía levantó un acta de intervención, de la que María Jiménez Silva guarda copia . “Aquí no vino nadie más y eso que trabajé en el Ayuntamiento y era la mejor, me llamaron de albañil, para jardinería y para limpiar los azulejos”, responde Rosa María Jiménez a la pregunta de si se ha acercado personal de los servicios sociales para interesarse sobre su precaria situación.
Un sofá, unas mantas cada vez más húmedas por el impacto del peor invierno de los últimos años, un colchón atravesado, algo de ropa amontonada y un hornillo “que compré para poder cocinar algo” forman los escasos enseres que tiene a mano esta mujer, de 64 años que pasan factura. Un vaso de café ya frío y unos paquetes de pasta para sopa asoman por el lateral del sofá, pero su mayor tesoro son unos recuerdos envueltos en una especie de atillo, que guarda con mimo en un pequeño bolso. “Mira cómo lo tengo todo, bien ordenado”, dice mientras saca una foto, que no duda en besar al tiempo que en sus ojos parece asomar un atisbo de brillo. “¡Ay mi Goyín!, si llega a estar mi marido en vida, no estaría yo así”, lamenta Rosa María Jiménez Silva, que en el trajín de los incendios perdió hasta el DNI y enseña una nota manuscrita con la cita para volver a sacar el documento de identidad, el 10 de febrero.

El interior del sitio donde vive Rosa María Jiménez / J. A. A.
“Sólo pido un sitio hasta que yo pueda buscar algo, y si tuviera dos habitaciones podría estar también mi cuñado que se quedó sin el lugar donde dormía hace unas semanas”, dice Rosa María Jiménez, que niega con la cuando se le pregunta si no estaría mejor en un albergue en vez de dormir casi a la intemperie bajo esos cuatro plásticos y mantas húmedas. “No quiero ir a una residencia, en el albergue Cano Mata; ya estuve y cuando llevas tres o cuatro semanas tienes que salir”, comenta para argumentar su negativa con José María Sanjurjo, el alcalde de barrio de la Tenderina, por testigo. A sus espaldas un par de casetas de aperos, algo parecido a lo que la mujer pide como solución a corto plazo porque “estas noches pasé miedo con el fuerte viento que hizo, pensé que esas paredes se me venían encima”.

La tienda de plásticos improvisada justo delante de la casa que quemó, en la Tenderina Baja. / J. A. A.
Una situación, no exenta de angustia, a la que se añade, según asegura, una salud delicada: “Tengo las piernas muy hinchadas y me dan ataques de epilepsia. El miedo que tengo es que me dé algún ataque en plena noche, con este frío, que no lo aguanto”, confiesa Rosa Jiménez, que implora ayuda. “Yo no robo, no hago daño a la gente; lo único”, y llegada a este punto baja el tono de su voz hasta hacerse casi imperceptible, “pido para comer porque con el salario que cobro no me da”. El mismo volumen que emplea para decir, como avergonzada, que alrededor de esos cuatro plásticos bajo los que vive “está lleno de ratones”. El alcalde de barrio, harto de hacer llamadas a la Cruz Roja y otras entidades, echa de menos respuestas, pero se compromete a volver y a buscar, al menos, algo de ropa de abrigo, porque el fin de semana amenaza con una fuerte bajada de temperaturas. “Sí, con unas mantas que me traigan vale”, acaba por decir Rosa Jiménez Silva.
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