CRISIS MIGRATORIA
Soy de Ceuta y esto es lo que he vivido tras el salto masivo: así cambia una ciudad cuando 72.000 personas llegan de golpe
Hacer la compra bajo vigilancia militar y sortear controles para ir a la playa son algunas de las escenas que se repiten desde el 30 de julio: mientras tanto la normalidad intenta abrirse paso

Lucía Feijoo Viera / PI STUDIO
El padre de Wiam quería abusar de ella. Por eso, huyó. Ahmed, en cambio, lo hizo para cumplir un sueño: ser mecánico. Amir y Noor son hermanos y quieren trabajar en Alemania. Mientras que Yousef sólo aspira a estar tranquilo. Son cinco de las 72.000 almas que sortearon la frontera de Ceuta el 30 de julio. Siguen aquí, preocupados y expectantes. Esperando un milagro. Unos se refugian en el puerto. Y otros merodean por el centro. Según Juan Jesús Vivas, su alcalde, aún hay entre 8.000 y 10.000 personas sin identificar. Una cifra difícil de concretar y que, en cualquier momento, ojo, podría aumentar de darse otro salto masivo. De hecho, había uno previsto para este sábado. Ya me habían advertido que la ciudad había cambiado y que cierto miedo, claro, había tomado sus calles. Sin duda, impresiona hacer la compra con un contingente militar vigilándote. O sortear furgonetas de la Policía Nacional para ir a la playa. Pero basta escuchar las historias de Wiam y compañía para darse cuenta de que, cuando tu país te humilla y te abandona, tal vez, nosotros hubiéramos hecho lo mismo. Vivo fuera de Ceuta desde los 18 años y, siempre que regreso, me recibe un pueblo solidario, dispuesto a tender la mano. Y, esta vez, pese al puñetazo que le han propinado, ha vuelto a pasarme.
Entiendo lo que denuncian los vecinos desde hace 17 días: inseguridad, desconfianza, frustración, cansancio, pesimismo… Sin embargo, es habitual ver los gestos de complicidad que tienen con los migrantes: desde comprarles comida hasta darles ropa. La mayoría te responde emocionado, llevándose la mano al pecho. No hablan español, pero han aprendido a comunicarse desde el corazón. Hay excepciones, por supuesto: gente que roba, pelea, trafica, ocupa e insulta, pero son una minoría. La convivencia es compleja. Sobre todo, cuando afecta a tus rutinas: a nadie le gusta ver a niños pidiendo en un supermercado, negar dinero a quien sólo quiere comprar agua, presenciar trifulcas por un lugar donde dormir, despertar a quien está recostado a las puertas de tu negocio… De ahí que, a pesar de la generosidad que define a los caballas, cierto rechazo está instaurándose.

Varias personas se asean en las duchas públicas que se han instalado en la playa del Trampolín. / EUROPA PRESS
No es la primera vez que Ceuta se enfrenta a un escenario así: en 2021, 8.000 migrantes entraron de golpe por Benzú y El Tarajal. Un incidente que se originó por el deterioro de las relaciones entre Rabat y Madrid después de que el Gobierno español acogiera en un hospital de La Rioja a Brahim Gali, el mayor representante del Frente Polisario. La respuesta de Marruecos fue inmediata, relajando los mecanismos de control fronterizos. Cinco años más tarde, el número se ha multiplicado por nueve. La mayoría se concentra en los barrios periféricos, donde hay familias enteras dándoles cobijo y alimento. Su labor es encomiable. Se levantan a primera hora para preparar bocadillos y se acuestan a las tantas planchándoles camisetas. Es tal su compromiso que, poco a poco, han ido incorporando voluntarios a su misión. Cruz Roja es otro de sus aliados. La playa del Trampolín se ha convertido en el refugio de los adultos. Allí, gracias a la ayuda de esta organización, han encontrado un espacio donde asearse y comer. Por el momento, su entrada al Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) es poco factible: acoge a 800 personas cuando sólo dispone de 512 plazas. Y, en sus alrededores, acampa otro buen puñado.

Un grupo de menores espera para ser filiado en la Policía Nacional de Ceuta. / EUROPA PRESS
En el centro, por su parte, pueden verse pequeños grupos paseando. Unos van a la playa. Otros se resguardan en jardines. Los hay, incluso, que se sacan fotografías en la plaza de África, el epicentro urbano. Aquí se hallan la catedral de la Asunción, el Ayuntamiento, la iglesia de África y el parador. Es uno de los puntos de encuentro entre los ceutíes. El problema es que, ante la falta de infraestructuras, muchos utilizan el espacio público para sus necesidades básicas. A escasos metros se levantan las Murallas Reales, donde suelen relajarse. “Primo, ¿qué hora es?”, me gritan bajo un sol de justicia. Les respondo en inglés y, de inmediato, suspiran. Las horas pasan lentas cuando te dedicas a sobrevivir.
Dos realidades
Justo ahí, en el foso de San Felipe, confluyen el Atlántico y el Mediterráneo. Y se está fresquito. Era el límite de la ciudad antigua: el puente que lo une al Baluarte de los Mallorquines se elevaba y, por la tarde, un cañón avisaba de su cierre como sistema de defensa. Algo parecido a lo que sucede hoy a las 12 del mediodía. Ceuta aún conservan la tradición de disparar un cañonazo al aire. En el siglo XIX, el objetivo era marcar el ritmo y el horario de la prisión. Hoy, en cambio, el de la localidad. Este estruendo, seco y breve, sigue sorprendiendo a quien no está acostumbrado. A mí me devuelve a la infancia. Estos días, no obstante, cuesta escucharlo de la misma forma. Pues su gente vuelve a vivir pendiente de lo que ocurre al otro lado de la verja. De los mensajes que circulan por las redes. De si habrá otro intento de entrada. De cuántos llegarán. Y, sobre todo, de cómo atenderlos. Mientras atravieso las Puertas del Campo, varios jóvenes descansan a la sombra. Uno se lava la cara con una botella. Y, a pocos metros, una pandilla se lanza al mar desde las rocas. La postal resume bien estas semanas: dos realidades compartiendo 18 kilómetros cuadrados y una ciudad intentando que ambas coexistan sin romperse.

Cruz Roja y la organización Sur Sur reparten alimentos en la playa del Trampolín. / EUROPA PRESS
Ceuta suena malagueña y parece gaditana. No hay más que ver su entrada a puerto. Minutos antes de que el barco procedente de Algeciras atraque, cualquiera puede notar un nudo en el estómago. Sus coloridos edificios y sus estiradas palmeras se erigen imponentes bajo la mirada de Hércules. El más fuerte de todos los hombres llegó a los confines del mundo buscando la isla de Eritrea. Durante su periplo, se topó con multitud de obstáculos que remontó con la mayor celeridad posible: entre ellos, la creación del Estrecho de Gibraltar. Así, separó las dos extensiones de tierra que formaban Europa y África con sus propias manos, colocando a ambos lados unas columnas. Situó la primera de ellas en el monte Calpe (Gibraltar), mientras que colocó la segunda en el monte Hacho (Ceuta). Desde allí, puede admirarse una de las mejores vistas.
Cuatro culturas
A esta hora, las tapas ya empiezan a salir de las cocinas y el bullicio comienza a concentrarse en la plaza de los Reyes. En muy pocos metros, se concentran el palacio de la Asamblea, los baños árabes, el mercado central, la basílica tardorromana, el templo hindú y la playa de La Ribera. Todos impregnados por un particular olor a hierbabuena y café. Es la Ceuta que recuerdo. La de las terrazas llenas y las sobremesas que se alargan hasta el infinito. La ciudad donde cuatro culturas llevan décadas compartiendo colegios y comercios con una naturalidad que desde fuera todavía sorprende. Sin embargo, ahora la rutina convive con una escena menos común. En los bancos aparecen chicos esperando noticias. Algunos preguntan cómo llegar al Lidl. Otros buscan un enchufe para cargar el teléfono y avisar a sus familias de que siguen bien. Los locales pasan a su lado con una mezcla difícil de explicar: curiosidad, temor y compasión. Lo noto en las conversaciones y en los silencios, en esa costumbre reciente de mirar dos veces hacia atrás. Aun así, las cafeterías siguen sirviendo té y las tiendas levantan cada mañana sus persianas. Porque Ceuta, incluso cuando parece desbordada, tiene una extraña capacidad para continuar. Tal vez, sea el mar. O tantos siglos acostumbrada a que todo pueda cambiar en la valla.

Es habitual ver tanques patrullando Ceuta en los últimos días. / EFE
El jaleo continúa en torno al edificio Trujillo, la iglesia de San Francisco y la casa de los Dragones, puntos en los que no cabe un alfiler durante Semana Santa, Carnaval y Navidad. Sus múltiples bares dan fe: desde La Esquina Ibérica hasta El Mentidero, pasando por La Barraca, situado en el parque Marítimo del Mediterráneo. He aquí el orgullo de los caballas: lagunas de agua salada y cascadas pronunciadas. Para su diseño, César Manrique se inspiró en el Lago Martiánez, en Tenerife. Camino junto a él mientras cae la tarde y vuelvo a cruzarme con varios niños. Uno saluda. Otro sonríe. Y, entonces, pienso otra vez en Wiam, Ahmed, Amir, Noor y Yousef. En todo lo que dejaron atrás y en lo poco que saben de lo que viene. Yo tampoco sé qué será de ellos. Ni cuánto tardará Ceuta en recuperar por completo su rutina. Pero, después de volver a recorrerla, tengo claro algo: esta ciudad puede estar cansada, asustada y enfadada sin dejar de ser solidaria. Quizá, ahí resida su mayor fortaleza.
Fuente: El Periódico de España
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