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La crónica negra de Aragón

El asesino de la llave inglesa: deudas, juego y cinco golpes en la cabeza

El hombre, que asesinó a sangre fría a su pareja mientras dormía en mayo de 2005, se entregó a la policía de Zaragoza tras fracasar en su intento de suicido

El acusado declara duranta el juicio, en una imagen de archivo de El Periódico de Aragón.

El acusado declara duranta el juicio, en una imagen de archivo de El Periódico de Aragón. / Rogelio Allepuz

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Zaragoza

La mañana del 27 de mayo de 2005, un hombre de 72 años entró en la Jefatura Superior de Policía de Zaragoza para confesar un crimen cometido horas antes. Llevaba cortes en las muñecas, estaba nervioso y apenas podía ocultar el agotamiento. Acababa de pasar la noche junto al cadáver de la mujer con la que había compartido cuatro décadas de su vida. Pasaron ese tiempo cogidos de las manos. Su nombre era Julián Torrebadella Figueras. La víctima, María Domínguez Bravo, tenía 73 años. La había matado mientras dormía, golpeándola cinco veces en la cabeza con una llave inglesa.

A simple vista parecía uno de esos sucesos imposibles de explicar. No existían denuncias previas por malos tratos, no había antecedentes policiales ni constaban conflictos conocidos. Sin embargo, detrás de la puerta del domicilio que compartían en la calle Concepción Arenal se acumulaban desde hacía tiempo la enfermedad, la soledad, las dificultades económicas y un secreto que Julián llevaba años ocultando.

María sufría una insuficiencia renal crónica que la mantenía limitada. Pasaba largas temporadas en la cama y necesitaba cuidados constantes. La enfermedad había transformado la vida cotidiana de la pareja y había reducido todavía más un círculo familiar y social prácticamente inexistente. Vivían solos y sin apoyos cercanos.

Durante la investigación y el posterior juicio salió a la luz que los problemas económicos iban más allá de una pensión insuficiente. Los peritos explicaron que Julián había desarrollado una relación obsesiva con el juego. Compraba boletos de lotería y frecuentaba máquinas recreativas buscando un golpe de suerte que nunca llegaba. Las deudas crecían y, según sostuvieron la Fiscalía y los peritos que lo evaluaron, una de sus mayores preocupaciones era que su mujer descubriera el verdadero origen de aquellos problemas.

Los expertos describieron a un hombre orgulloso, muy pendiente de su imagen y poco dispuesto a reconocer sus errores. Para ellos, el acusado vivía atrapado entre la presión económica, el deterioro de la salud de su esposa y el miedo a que saliera a la luz una situación que consideraba humillante.

La mañana del crimen bajó primero a tomar un café y comprobar uno de los boletos en los que había depositado sus esperanzas. No estaba premiado. Regresó a casa y, según quedó acreditado en la sentencia, cogió una llave inglesa de tamaño mediano. María estaba durmiendo y no pudo defenderse. Le asestó cinco golpes en la cabeza y falleció prácticamente en el acto.

Después, el agresor trató de suicidarse. Se cortó las muñecas con un cuchillo de cocina, tomó varios medicamentos que encontró por la casa y se tumbó junto al cuerpo de su mujer. La Policía encontraría después abundante sangre en la vivienda, varios cuchillos y una navaja de afeitar junto a la cama.

Pasó la noche al lado del cadáver. Según trascendió durante el proceso judicial, ambos permanecieron cogidos de la mano. A la mañana siguiente, cuando vio que seguía vivo, salió de casa y se dirigió a la comisaría para entregarse.

El acusado llega al juzgado escoltado por la Guardia Civil.

El acusado llega al juzgado escoltado por la Guardia Civil, en una imagen de archivo de El Periódico de Aragón. / Rogelio Allepuz

En un primer momento aseguró que había matado a María para evitarle sufrimiento. Dijo que estaban desesperados, que la enfermedad había acabado con sus fuerzas y que el dinero no llegaba para vivir. En el juicio insistió en que su mujer le había manifestado en varias ocasiones que no merecía la pena seguir viviendo en aquellas condiciones.

Sin embargo, la investigación dibujó un escenario diferente. La acusación sostuvo que el crimen estaba estrechamente relacionado con las deudas derivadas del juego y con el temor del acusado a que su esposa descubriera la situación real en la que se encontraban.

El juicio se celebró en noviembre de 2006 ante un jurado popular. Fueron cuatro días en los que se analizaron tanto los hechos como la personalidad del acusado. Los psiquiatras hablaron de una llamativa frialdad emocional. El propio tribunal reflejó después en la sentencia que durante las sesiones no había apreciado sentimientos de culpa o arrepentimiento.

La Audiencia Provincial de Zaragoza concluyó que Julián actuó con una clara intención de matar. Los magistrados destacaron la contundencia de los golpes, el arma utilizada y, sobre todo, la absoluta indefensión de la víctima. María estaba enferma, acostada y dormida cuando fue atacada.

«Pocas veces», llegó a señalar el tribunal, se habían encontrado ante un caso tan evidente de alevosía. La condena fue de 15 años de prisión por asesinato. La sentencia tuvo en cuenta la agravante de parentesco y la atenuante de confesión, ya que fue el propio acusado quien acudió a la Policía y reconoció el crimen.

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