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VERANO NEGRO EN ARAGÓN

Así han sido los primeros regresos tras el incendio de Las Peñas de Riglos: "Estaba loca por volver a casa"

Después de ocho días evacuados y con "incertidumbre", los vecinos de Bailo y Arbués vuelven a sus pueblos rodeados por un paisaje calcinado que les deja sensación de "tristeza". También retornan las poblaciones de otros once municipios

Así han sido los primeros regresos tras el incendio de Las Peñas de Riglos.

Rubén Ruiz

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Bailo / Arbués

Caminos calcinados a tramos marcan el camino de vuelta a casa de los vecinos de 13 de los 19 pueblos evacuados por el incendio de Las Peñas de Riglos. Caminos calcinados a tramos que duelen en las poblaciones de Santa María de la Peña, Villalangua, Larués, Alastuey, Arbués, Bailo,Triste, La Peña Estación, Yeste, Anzánigo, Osia y Bernués, que lamentan lo vivido al tiempo que celebran el regreso. Hace ocho noches que no duermen en sus camas y ansiaban “volver a la normalidad”.

En voz alta lo cuenta Eva Dieste, una vecina de Bailo que mientras carga con una garrafa de agua dice: “Acabamos de aterrizar”. Al llegar ha ido a recoger una de las garrafas de agua que están repartiendo entre los empadronados porque la del grifo no es apta para el consumo por el momento.

Pero es un mal menor después de haber estado fuera de casa más de una semana, días y días que han sido de “incertidumbre” para Eva. “A veces estar fuera es peor que estar en el sitio, todo el rato buscando noticias”, apunta. Este tiempo ha estado realojada en Huesca, donde tiene su primera residencia, y muy pendiente de las noticias. Ahora respira aliviada al confirmar que su casa de Arbués está en buenas condiciones y no ha sufrido daños

En Bailo está también su panadero, Lesmes Andreu, que trata de averiguar si puede emplear el agua del grifo, que por ahora no es apta para el consumo, para elaborar pan. Porque aunque esta semana ha subido cada día al pueblo para mantener el negocio que regenta desde hace más de 40 años, el desalojo en la semana punta del año le ha dejado pérdidas.

Por eso, Lesmes Andreu reclama con insistencia ayudas para su panadería, que se ha visto afectada por el fuego aunque este no se la haya llevado por delante. Se trata de un incendio voraz que también ha afectado “moralmente” al panadero de Bailo. “Es criminal”, sostiene, y añade: “A peor ya no se puede ir”.

El regreso a Arbués

También la catalana Alicia Laín ha vuelto este miércoles a su pueblo, Arbués. “Estaba loca por volver ya a casa”, comparte sentada en el muro que rodea su casa. La vista a su izquierda muestra monte negro, monte quemado que deja en ella una sensación de tristeza. Los pinos que su padre plantó están calcinados, pero el pueblo ha sobrevivido a las llamas. En casa se ha encontrado con un fuerte olor a humo, y aunque tiene que revisar la nevera y otros electrodomésticos, pues durante el incendio se perdió la luz y electricidad, sabe que no tiene daños que lamentar, ni materiales ni humanos.

Alicia subió a Arbués a rescatar a su gata negra, que fija su mirada verde en lugareños y forasteros y se mantiene vigilante desde la puerta. Las dos han pasado estos días en Jaca, y aunque el resto de sus familiares ha optado por aplazar a más tarde la vuelta al pueblo, ella se ha puesto en ruta nada más conocer que podía regresar. “Ver esas llamaradas es muy duro, muy triste. Y San Juan de la Peña, y Santa Cruz de la Serós… Es que es un patrimonio tan bonito, que ver que se está quemando…”, expresa.

Laín es también el apellido que lleva Luis, otro vecino de Arbués que este miércoles ha vuelto a casa. Comparte que el regreso ha sido “normal”, y centra sus críticas en lo que para él es la causa del incendio: “Los montes están abandonados”. El fuego ha calcinado 3 hectáreas de su finca de robles, que acaba de visitar. “La sensación es mala, malísima. Es lo que no quería ver”, expone.

Luis es nacido en Arbués y su familia vive en el pueblo desde 1960. Tiene propiedades en la zona y la fina afectada era “muy apreciada”, dice. “Es dramático”, sentencia. Después de muchos días en Jaca, este miércoles ha podido por fin puede volver a asomarse desde la puerta-establo de su casa natal.

Cerca de las 13.00 horas del miércoles, son pocos los vecinos que han vuelto al pueblo. Las llegadas son paulatinas, y cada uno se centra en las tareas del hogar que son consecuencia de la evacuación. Jesús Arto friega el suelo de su terraza en la que vive su madre y hermano, la misma desde la que ahora no se ve monte verde sino laderas quemadas. “Se fue la luz y se ha descongelado todo. Ahora estoy limpiando la ceniza que ha caído”, indica.

Pero todo demás está “intacto”, dice. El miedo de Jesús era que el fuego se adentrara en el pueblo, y celebra que los profesionales que luchan contra el fuego lo hayan defendido. Las llamas han calcinado una parte de sus campos, en los que explica que “no había nada” porque estaban sin cultivar, y ha tenido que labrar una parte.

Todo ello lo considera Jesús “un mal menor para lo que ha pasado alrededor”: miles y miles hectáreas de la que es su tierra. “Da tristeza, era todo verde”, expresa, y añade: “No pensábamos que iba a llegar a tanto”. Desde la terraza señala la balsa que abastece de agua al pueblo, en terreno quemado. “Cuando llueva, arrastrará todo. Vamos a estar bastante tiempo sin poder beber agua”, indica. Por eso agradece que se haya organizado un dispositivo para repartirla embotellada.

Los vecinos realojados dedican palabras de agradecimiento a los profesionales que han luchado, y siguen haciéndolo, contra el fuego de las Peñas de Riglos. Ese fuego que se ha frenado a las puertas de sus pueblos pero ha calcinado los caminos que los rodean. Ahora solo quieren volver a la normalidad.

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