La salsa bechamel es una de las clásicas de la cocina. Es la base de las croquetas, ese alimento tan español y que tanto nos gusta, pero también sirve para acompañar carnes, para bañar unos canelones o una lasaña o para muchas cosas más.

Ahora bien, se suele tener miedo a la bechamel por si se quema y se amarga, por la dificultad en ocasiones para cuadrar el punto medio entre líquido y espesura y, sobre todo, por los grumos.

De todos modos, no es difícil hacerla si se siguen unos pequeños trucos y se tiene paciencia y tacto. De primeras es clave tener preparados los tres ingredientes (harina, mantequilla y leche) para evitar que se nos pueda quemar. Además, contar con un globo de cocina.

Los trucos

Los grumos tienen el patrocinio de la harina, así que hay que intentar que sea lo más fina posible y eso solo se consigue tamizándola. No te asegura el éxito total hacer solo eso, pero sí que ayuda muchísimo. Igual que se hace en la repostería, en definitiva.

También es necesario respetar la proporción 50-50 y para eso deberás apoyarte en una báscula. Es imprescindible que la mitad del peso sea de harina y la otra mitad de mantequilla para hacer el roux (una harina mezclada con una grasa). Cocínalo a fuego medio un par de minutos antes de agregar la leche.

La leche debe estar caliente y se tiene que añadir poco a poco. Dos vasos o tazas suele ser la medida estándar para la bechamel, aunque dependerá si la quieres más líquida o más espesa, ya que no es lo mismo acompañar una verdura o una lasaña que preparar croquetas. Despacio y poco a poco, que el roux tiene que ir "chupando" la leche y se puede ver desbordada.

Por último, ten en cuenta que, como el arroz, sigue absorbiendo, por lo que te convendría retirar del fuego un poco antes de lo indicado para que se vaya espesando un poco más. Quizá el paso de controlar hasta qué punto está perfecto es lo más complicado, pero siempre puedes rectificar echando un poco más de leche o dejándola un poco más en el fuego. Cuestión de gustos.