Una mesa con un cartón de leche, unos panecillos y un paquete de cigarrillos medio empezado. Alrededor de cinco tiendas de campaña y dos colchones con cartones sobre un terreno de tierra frente al río Huerva.

Hace calor, treinta grados que el cierzo consigue aliviar levemente. Aunque bajo el puente del río no se está tan mal, salvo por las moscas negras que "pican", asegura Pili, mujer rubia de 47 años que lleva cuatro viviendo en la calle.

Prácticamente en los huesos porque comer muchos días "no apetece", ya sea por evitar el calor del camino o por la gente que prefiere no ver en los comedores sociales.

Entre colchones y tiendas de campaña | La vida bajo el puente del río Huerva en Zaragoza ÁNGEL DE CASTRO

El día a día es tranquilo. Pili se levanta y va al albergue municipal a desayunar, o a la Puerta del Carmen, donde también puede cargar el móvil con el que habla con su familia. Sobre todo con su hijo, de 17 años que actualmente vive con los abuelos. Pilar, por cuestiones de la vida, no puede estar con ellos.

Ahora su familia son las personas que le acompañan día tras día en esta vida. Cuando vuelve del albergue es con ellos con los que habla, si no está descansando por el sofocante calor.

"Nuestra casa"

"Somos 13 personas que buscamos un hogar", menciona Pili entre calada y calada de su cigarro. Pero la realidad es que para ella y su pareja, a pesar de la pensión de 565 euros de la que viven los dos, buscar otro sitio es difícil.

Las habitaciones compartidas están por 350 euros y aunque "gracias a Dios tengo la ayuda, somos dos y con eso no podemos vivir", asegura la mujer. Por ello, se conforman con lo que tienen y pasan los días entre el refugio bajo el puente y el albergue, al que pueden ir "seis días seguidos, hasta que después te echan".

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A pesar de la suciedad y los insectos, Pilar prefiere pasar las noches en este lugar al que se refiere como "casa", aunque "no tenemos tele, ni gran cosa, pero esto es lo que tenemos por ahora". Porque a pesar de las circunstancias, "aquí puedo estar tranquila, fumar... y me siento cómoda con las personas que estamos aquí".

Sin embargo, asegura que vivir en la calle es duro, sobre todo si eres mujer porque "hay mucho bicho suelto".

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Pili sueña con poder volver a dormir bajo un techo de verdad algún día, "yo quiero poder pagar, soy honrada". Pero con la escalada de los precios de alquiler, más que un sueño se ha convertido en una utopía para la gente sin hogar. "Me gustaría tener una parcela, pero son muy caras", continúa imaginando Pilar, "pero bueno, de momento esto es lo que hay".

A la hora de buscar otro lugar, Pili se ha encontrado con situaciones injustas, "sobre todo por parte de los españoles". Poca comprensión ante su historia, miradas por encima del hombro, que se compensa con aquellos que sí que han intentado ayudarles. "Sobre todo la gente extranjera es la que más intenta adaptarse al precio", menciona la mujer, que no sabe explicar muy bien el por qué.

"Sé que no puedo ir por la calle pidiendo, porque me quitarán la ayuda"

A pesar de las dificultades a las que se enfrentan, no están solos del todo porque los más solidarios se acercan a verles y les traen comida. "Hay universitarios que nos dan bocadillos, incluso se han ofrecido a traernos un sofá cuando puedan", menciona Pili. Gracias a eso, las veces que van al comedor social y lo que encuentran por la calle, logran sobrevivir, como una riñonera y un teléfono que se han encontrado al volver a casa.

Las ayudas, para aquellos que las reciben, les permiten comprar comida y agua a duras penas. A Pili no le gusta tener que pedir, pero admite que si se ha visto en situaciones en las que no quedaba de otra. Ahora, aun con la pensión que cobra, "muchos días son duros", explica mientras se recoloca las gafas rojas, "sé que no puedo ir por la calle pidiendo, porque me quitarán la ayuda".

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Apunta que "una vez vino la policía y la gente del ayuntamiento, pero básicamente fue para desalojarnos por la crecida del río". Ante el desalojo, esta peculiar familia se trasladó a un descampado donde pasaron unos días hasta que pudieron volver a su "hogar".

En el mismo asentamiento está Buba, gambiano de unos veinte años al que la vida y los vicios le han llevado hasta aquí. A pesar del calor, lleva pantalones largos y sudadera. Tumbado en su colchón y rodeado de cartones, cuenta que está buscando trabajo, pero que sin los papeles no puede hacer nada. Él lleva en España más de cinco años, llegó a Zaragoza de pequeño y ha pasado días en la Rioja, Tarragona, Bilbao y Teruel.

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Su día a día es muy parecido al de Pili, "no hago mucho" asegura el joven. Para comer también va a la Puerta del Carmen, aunque tiene que pasar a recargar la tarjeta porque "iba a ir hoy pero... al final no he ido". Poca energía, quizás por el calor o por la falta de alimento del día.

En una vida difícil que parece no tener fin... ¿se puede luchar por el cambio? "Me plantaría en la plaza del Pilar a reivindicar, pero no va a servir de nada" menciona Pilar indignada, "en las anteriores elecciones voté a Podemos, ¿De qué me sirvió? Tantas casas vacías y nosotros aquí tirados".

Se termina el cigarro, la conversación y la tarde. Mañana será otro día igual. Calor, hambre y mucho polvo que levanta el aire del suelo, pero con la esperanza de que algún día el cierzo traiga cambios.