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Concentración en el Goya contra el profesor condenado por maltrato: "Vamos a ir hasta el final"

Un numeroso grupo de alumnos, familias y profesores han vuelto a protestar por el hecho de que un docente condenado por maltrato imparta clases de Ética

Un grito para una reivindicación: "Maltratadores, fuera de los coles". Es el sonido que llegaba este lunes a las 14.00 horas desde la puerta del instituto Goya de Zaragoza, donde se han concentrado alumnos, profesores y familiares para condenar la continuidad de Luis Antonio Irzo, exconcejal del Partido Popular de Huesca que fue condenado a siete años de prisión por maltrato continuado a su mujer y a sus tres hijos, como profesor del centro. La concentración la han convocado las madres de los alumnos y han asegurado que, si es necesario, habrá más.

«Estamos aquí porque no nos gusta que un profesor que estuvo condenado a maltrato pueda darnos clase a las niñas», reivindica una estudiante de Bachillerato del Goya. A su lado, por encima de la pitada general que llevan a cabo los manifestantes, alza la voz su amiga y compañera: «Es un señor que está dando clase a niños de la ESO, que no comprenden la magnitud de la situación. Por eso hemos venido aquí, para mostrar nuestra indignación y que se haga notar».

Son las dos alumnas que en octubre organizaron una sentada de protesta en el patio del instituto para condenar que este profesor impartiera, entre otras, la asignatura de Ética. El mayor apoyo lo recibieron por parte de un grupo de madres, las mismas que convocaron la concentración. «Volvemos otra vez a reivindicar porque no nos dan solución a esta situación por la que un profesor condenado a maltrato, tanto físico como psicológico, a su expareja y a sus tres hijos, está dando clase a los nuestros», apunta una de ellas. Y, en nombre de las demás, añade: «Queremos una solución». 

Conforme habla, antiguos alumnos, padres y otros profesores, todos mayores de edad, se acercan a firmar la petición para cambiar la situación. Antes de la concentración, y según informa la convocante, habían recopilado 35.000 firmas. Todavía no son suficientes, pero rendirse no entra en sus planes. «Vamos a intentar seguir hasta el final, hasta llegar a las más altas instancias y conseguir cambiar la ley», agrega.

Pasadas las 14.15 horas cada vez hay más gente en la puerta del Goya. Los alumnos que salen de clase cogen un silbato y se suman a la causa. Una de ellas lanza una mirada de complicidad a sus amigas y expresalo que todas opinan: «No nos parece bien que este profesor esté en contacto con menores». 

Mientras tanto, las alumnas y las madres convocantes se hacen con un megáfono y leen un manifiesto. Desde un lateral, un grupo de profesoras del centro les lanza miradas de apoyo.

De repente, las conversaciones paralelas, los gritos reivindicativos y las firmas se paran. Todos los manifestantes se giraron hacia el profesor Irzo, que en ese momento sale del centro. Y, de nuevo, pitidos, gritos e indignación. 

Pasados cuarenta minutos, cada vez son menos los manifestantes. Entre las todavía presentes está Paula Ramiro, antigua alumna del Goya. «Me imagino tener a un profesor así cuando yo estudiaba y creo que me resultaría complicado acudir a clase», afirma. La acompaña una alumna de Trabajo Social, donde también a comienzos de mes se conoció que impartía clases un profesor condenado por abusos. «Un maltratador no puede ser un buen educador», indica.

También algunas alumnas del Goya siguen en la protesta. «La gente se queda petrificada cada vez que lo ve por los pasillos. Un día vino a hacer una guardia y yo siempre pensaba, cuando lo vea, le miraré con un desprecio. Cuando lo tuve delante no fui capaz ni de mirarle a la cara», apunta una de ellas. Por detrás asoma su madre, muy comprometida con la causa, y su abuela, en una muestra de apoyo familiar necesario para una menor que está indignada. «Lo que más me fastidia de todo esto es que encima los que nos tengamos que callar delante de él seamos nosotros», sostiene.

Pasan los minutos pero no cesan las voces ni los pitidos. De lejos todavía se escucha un grito y una reivindicación: «Maltratadores, fuera de los coles». 

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