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Las 'malas' influencias que han afectado al comercio de barrio de Zaragoza

Las tendencias americanas y francesas han marcado a la ciudad, que copió sus modelos de crear grandes superficies y galerías comerciales a las afueras

Un señor, con su carrito de la compra, en una calle del barrio de Las Fuentes.

Un señor, con su carrito de la compra, en una calle del barrio de Las Fuentes. / LAURA TRIVES

Carlota Gomar

Carlota Gomar

ZARAGOZA

No son buenos tiempos para el comercio de barrio. Ni en Zaragoza, ni en la mayoría de las ciudades, amenazado por las grandes superficies comerciales, marcas y franquicias que producen calidades cuestionadas pero a precios demasiado golosos, fomentando lo que ahora se conoce como fast fashion, un fenómeno de producción y consumo masivo que se incrementa a la misma velocidad a la que van cambiando las tendencias. 

Las tiendas de toda la vida, las de barrio, viven amenazadas constantemente. A la competencia hay que sumarle los impuestos, los elevados alquileres y, para más inri, una política urbanística que ha limitado su expansión y crecimiento en favor de las grandes superficies comerciales.

Es lo que ha sucedido en Zaragoza, según denuncian desde ECOS, donde los gobiernos, de todos los colores y corrientes, fomentaron los anillos comerciales –primero– y las viviendas sin locales –segundo–. Por partes.

Según explican desde la patronal, en la capital han influido distintas corrientes que se han mezclado con la ciudad mediterránea, que vive al calor de sus calles. 

Desde EEUU a París pasando por Zaragoza

Los aires norteamericanos llegaron a la capital a finales del siglo pasado, cuando empezaron a abrirse grandes almacenes, como los extintos Galerías Primero y Sepu (Sociedad Española de Precios Únicos) o El Corte Inglés. Por aquel entonces, estas superficies –gigantescas para la época–, se abrían en la ciudad consolidada, principalmente en el centro, pero al poco una nueva corriente se coló en la capital, la francesa. 

Los ecos de París, además de en sus elegantes edificios, también se notaron en esa costumbre francesa de sacar de la ciudad consolidada estas galerías. Sucedió, por ejemplo, con el Alcampo de Utrillas o el Centro Comercial Augusta, que ahora languidece. 

Edificios sin locales

La construcción del barrio del Actur marcó un antes y un después, con urbanizaciones y bloques de viviendas sin locales en los que abrir tiendas de proximidad. Unos primeros coletazos de un modelo que más tarde se exportó a otros barrios de nueva creación, como Valdespartera, Arcosur o Rosales del Canal, donde sus edificios carecen de locales. «Este modelo, además de que impide la apertura de nuevos negocios, dificulta mucho la vida de barrio», explican desde ECOS. 

En el Actur, la carencia de negocios se salvó con el centro comercial Grancasa. Como también sucedió en el entorno de La Romareda, donde también se recurrió a una gran superficie, Aragonia. «Este caso es paradigmático porque en la plaza Emperador Carlos V se produce un corte abrupto, con una zona con una densidad de locales y negocios de proximidad muy baja, que se recupera otra vez en Casablanca», explican desde la patronal. «La política urbanística no está pensada para fomentar el comercio de proximidad porque la ciudad ha crecido de espaldas a las pymes», insisten. 

La eclosión de los centros comerciales

El modelo americano también se aprecia en la «eclosión» de grandes superficies comerciales en el anillo que rodea a la capital. Plaza Imperial, Puerto Venecia o la Torre Outlet son claros ejemplos de cómo se ha fomentado este consumo que, insisten desde ECOS, perjudica directamente al pequeño comercio. 

Más allá del urbanismo, la flexibilidad para poder abrir en festivos o domingos también está pensada, según ECOS, para beneficiar a las grandes superficies, con cadenas fuertes que pueden permitirse abrir un día más a la semana. «Está todo pensado, así lo que se consigue es un deslizamiento del usuario, un cambio de hábito que perjudica a esa tienda de tu barrio que no puede abrir un domingo», explican. 

El goteo de cierres en las calles tiene una consecuencia clara y directa: la degradación de los entornos, insisten desde ECOS, que exige medidas reales para ayudar a los autónomos y micropymes a sobrevivir más allá del programa Volveremos.

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