Toldos y poliespán en el asentamiento del parque Bruil: "En el invierno se pasa mal, pero la vida no es una línea recta para nadie"
El plan contra el frío del Ayuntamiento de Zaragoza ofrece más plazas en el albergue, 40 en dos barracones

Un joven de Senegal en el asentamiento de personas sin hogar del parque Bruil de Zaragoza, este martes. / Miguel Ángel Gracia

"Es un recurso temporal y yo no puedo abandonar mis cosas, ¿cuándo acabe el invierno qué hago? ¿Empezar de cero?". Esta es la opinión de Manuel Santamaría, un bilbaíno que lleva un año viviendo en las calles de Zaragoza. Ahora está asentado en el parque Bruil y en este tiempo ha logrado reunir colchones, toldos y placas de poliespán que le garantizarán aislamiento durante los meses de frío. La opción de acudir al albergue no la contempla. "No puedo renunciar a lo poco que tengo", asegura.
El ayuntamiento, que ha activado el dispositivo del frío en el albergue este mismo martes, destaca que se van a ampliar sus recursos en 65 plazas entre las 40 extra en el recurso municipal y las 25 conveniadas con Cruz Roja. Unas soluciones que no son suficientes para las personas que viven en la calle, pues no se adaptan a sus necesidades y exigen unas condiciones que muchos no están dispuestos a cumplir. Por eso en las últimas semanas han realizado acopio de mantas y telas impermeables para pasar las noches al raso.
"El albergue es como un calabozo, yo estaré aquí hasta que pueda ir a otro sitio mejor con mi trabajo", asegura el senegalés Seydeina Niang, apuntado a la escuela de segunda oportunidad de la fundación Ozanam y con la confianza de entrar a trabajar como ayudante de albañil en pocas semanas.
También tiene confianza en acceder a un puesto de trabajo el próximo mes Itziar, una catalana que lleva cinco meses en Zaragoza. Este será su primer invierno en la calle. "Se pasa mal, pero es una baja que tengo que superar, la vida no es una línea recta para nadie", afirma.
Tras una ruptura con su familia escapó de su ciudad de origen. "Aunque estoy en situación de calle me ha venido bien cambiar de vida", explica. En este tiempo ha conocido a una pareja y los dos comparten una precaria construcción de tablas, lona azul y colchones. "Mi compañero sale todos los días a las cuatro y media de la mañana para trabajar en el campo", indica.

Una de las construcciones precarias en el parque Bruil para evitar el frío del invierno. / Miguel Ángel Gracia
Itziar está trabajando con los servicios sociales para acceder a un puesto de trabajo y a una vivienda en la que poder reencontrarse con el hijo que se quedó en Cataluña. "Aquí algunos duermen sin tener una cubierta y lo pasan mal, pero todos tratamos de ayudarnos, pues para algo nos hemos conocido en la calle", explica.
El asentamiento del parque Bruil, con casi medio centenar de personas durmiendo de forma precaria, es uno de los más grandes de Zaragoza junto con el del puente de La Almozara. La solidaridad es fundamental para salir adelante. "Esta noche a las ocho unos vecinos nos bajarán sopa, vienen bastantes veces", explica Sandra Disantos, una zaragozana que lleva cuatro meses sin un techo bajo el que guarecerse.
La vida sin hogar obliga a aferrarse a unas pocas pertenencias. Todos los que viven en el parque Bruil son conscientes del riesgo de su situación y temen cada una de las intervenciones de limpieza del consistorio. Además, tratan de esquivar en lo posible las ordenanzas para asegurar su bienestar. Por eso rechazan que no puedan fijar ningún elemento al suelo, algo que les acarrea multas y el veto en los comedores sociales, cuando sí que se permite vivir en precarias chabolas de tablas y mantas. "La Policía Nacional me expulsó una noche que estaba a cuarenta de fiebre por haberme refugiado en una tienda de campaña", explica Itziar.
Kalidou es otro de los senegaleses que usa el parque Bruil para pernoctar, también preocupado por la llegada del frío. Lleva encima un ligero abrigo de plumas. "Hace poco unos vecinos nos trajeron unas mantas de pelo", explica. También rechaza acudir al albergue por los problemas de convivencia que existen en su interior. "Mira, ahí tengo mi cama, con sábanas, como si fuera la de casa", señala a otra de las precarias construcciones de colchones que se arraciman junto a uno de los pinos.
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