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La vida de una familia sin hogar en Zaragoza: "Dormíamos en el cuarto de las escobas y luego nos íbamos al instituto"

Dos hermanas jóvenes duermen al raso junto a sus padres en las calles de la capital aragonesa. Han pasado noches en la estación Delicias, en la sala de espera del Servet, en casa de familiares y, ahora, sobre cartones. Todo lo llevan en secreto mientras tratan de entender cuáles pueden ser las soluciones a una situación que no hace más que alargarse

Desde el fondo, los cuatro miembros de la familia junto a una quinta persona sin hogar en Zaragoza.

Desde el fondo, los cuatro miembros de la familia junto a una quinta persona sin hogar en Zaragoza. / Josema Molina

Zaragoza

Estuvieron en casa de su tío. También en la de su abuelo. Pasaron noches en el hospital Miguel Servet de Zaragoza, en la estación Delicias, en el cuartillo de las escobas cuando su padre trabajaba de barrendero. El último paso ya fue la calle. Las hermanas, que rozan los veinte años y quieren mantener el anonimato, agradecen tenerse entre ellas para afrontar la vida al raso en la ciudad. "Esto es una mierda. Te levantas aquí, en un cartón, y es la misma rutina siempre. Encima ves a las personas de tu edad y dices ¡qué vida tienen!.. Y te comparas", admite la más pequeña.

Su hermana mayor la arropa con la mirada. Detrás de ellas, sobre cartones y entre sacos, sus padres dejan que compartan su historia, que se desahoguen. "Hace unos años nos echaron de nuestra casa", relata la primogénita. Entonces se fueron a vivir con su tío, pero una pelea puso punto final a la convivencia. Y empezaron las peripecias: pasaron las noches en la casa de su tía mientras sus padres dormían en la sala de espera del hospital Miguel Servet; se marcharon a la vivienda de una amiga de su madre y, luego, a la de su abuelo. Dicen que todos las acabaron echando.

"Nuestro padre es barrendero y nos fuimos a dormir al cuartillo de las escobas. Allí estuvimos un mes", recuerda la más joven de las dos. Su hermana explica que el miedo a que las pillaran era constante. "Íbamos ahí sobre las 20.00 horas y nos despertábamos a las 4.00 o 5.00 porque venía la gente", cuenta. "A todo esto, nosotras íbamos al instituto, porque estudiábamos", matiza. Las noches en el cuartelillo terminaron cuando se reventó una tubería del mismo y los vecinos dieron el aviso para que se arreglara. "Vinieron y estábamos ahí...", recuerda.

A su padre le quitaron la llave de aquel cuarto, aunque el encargado les permitió dormir allí una noche más. Las siguientes las pasaron en el hotel París gracias a una reducida nómina que cobra él. "Pero yendo a trabajar se desmayó y lo tuvieron que ingresar. Ahora tiene un muelle en el corazón", relata la más pequeña. Él las mira desde el fondo. Y bebe agua. Y las escucha.

Mientras su padre estaba ingresado pasaron las noches en el Servet, pero tras el alta tuvieron que volver a saltar de una casa a otra. "Mi abuelo nos quería, pero sus hijos no. Como es viejo y son gitanos, no puede hacer nada porque es como si fuera la ruina", explica la hermana menor. Llegó entonces su primera noche en la calle, de la que no se olvidan. "Nos intentábamos meter en los baños del hospital a escondidas pero nos pillaron y tuvimos que echar a correr. Una se metía en el baño y aguantaba la puerta mientras la otra se lavaba la cabeza", expone. Y subraya: "La familia, y ya lo siento, una mierda. No han estado ahí".

Las noches posteriores en la estación Delicias tampoco fueron mejores. Allí estaban juntas y también acompañadas de sus padres, pero el miedo no se iba del cuerpo. Una de ellas cuenta que les robaban, y que ella dormía sentada porque "no estaba mentalizada" para tumbarse. "De vez en cuando se me acercaba uno por detrás y me quitaba el gorro...", recuerda con la mirada fijada en su hermana. Y esta añade que hubo hombres que le ofrecieron dinero para irse con ella y que incluso le pidieron matrimonio. "¡Qué grima!", exclama.

Aunque tampoco son buenas, prefieren las noches al raso que pasan ahora. Además de junto a sus padres, duermen acompañadas de un grupo de seis o siete personas. Comen bocadillos y la mayor busca trabajo. Nadie de su entorno -ni sus amigos, ni su familia- conoce su situación de calle. "Cuando íbamos al instituto todo el mundo decía, me voy a casa, me voy a comer, y yo me deprimía... Es que esa es la vida normal de un adolescente", lamenta. Quedan con su prima en el barrio del Actur y cogen el autobús para volver a sus cartones sin contárselo. Para ducharse, acuden a los recursos de las entidades de la capital. La mentira les acompaña porque la verdad no es una opción.

"Y porque nos juzgan mucho. Somos gitanos y hay mucho prejuicio, y si entramos al supermercado nos miran mal, y si vamos a algún lado nos miran mal...", denuncian las jóvenes. Los conflictos entre ellas y sus padres han ido a más en los últimos meses, pues conforme se agrava la situación también lo hace la convivencia. "Hemos discutido muchísimo porque yo les decía, si no nos dan un piso, vamos a buscar otra solución, vamos a dar una patada a una puerta, que sé que es malo, pero es que estoy harta de estar en la calle, de que me bajen las notas cuando yo siempre aprobaba... Eso me frustra y entonces me echan la bronca, y me frustro más", expresa la mayor.

Las hermanas coinciden en que no saben cuál es la salida a la situación de calle. Probaron el albergue pero no se sienten seguras. Dicen que hay demasiados hombres y pocas mujeres. "La única vez que estuve lloré mucho", apunta la mayor. Ahora se acuestan, se levantan y piensan que nada va a cambiar. "Cuando nos echaron por primera vez pensé que sería temporal. Pero fueron dos meses, luego cuatro, luego seis...", reflexiona y, resignada, añade: "Toca tragar y ya está".

La noche es fría y las jóvenes tiemblan. Sus padres se suman a la conversación, quieren lo mejor para ellas. "He pedido mil veces un piso, pero no te ayudan. Vas a la asistenta y te dice que acudas al albergue, pero nos da miedo. Nos ofrecieron una habitación para una hija y para mí, ¿pero crees que me voy a dejar a la otra en la calle? No", expone con rotundidad la madre. Ahora han dejado atrás las casas familiares, la estación, el cuartillo de las escobas, el hospital. Duermen al raso, miran a su alrededor, se comparan. Y en su veintena, piensan... "¡Qué vida tienen los demás!".

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