Reciclar ropa usada, un hábito todavía presente en Zaragoza: "Lo hago esperando que se pueda reutilizar"
Los contenedores naranjas se llenan año a año con toneladas de prendas que buscan una segunda vida en otros hogares de la capital aragonesa

Una persona abriendo un contenedor naranja en el barrio del Arrabal, Zaragoza / Jaime Galindo
Zaragoza se ha ido llenando de contenedores naranjas que ya forman parte del paisaje urbano a lo largo de los años. En ellos, miles de prendas usadas encuentran una oportunidad para no acabar en la basura. Dar una segunda vida a la ropa se ha convertido en un gesto cotidiano, aunque muchos ciudadanos aún se preguntan desde cuándo están estos cubos y qué ocurre realmente con lo que depositan en su interior.
Las opiniones sobre estos contenedores son tan diversas como los armarios de la ciudad: hay quienes donan ropa con frecuencia y tienen muy asumido el hábito, y quienes apenas los utilizan o desconfían de su utilidad real. Entre la conciencia medioambiental, la falta de información y la costumbre, las voces recogidas reflejan distintas formas de entender el reciclaje textil y el papel que estos cubos llevan años desempeñando en las calles de la ciudad.
M. N. tiene muy interiorizado este concepto del reciclaje de prendas de ropa o complementos de moda, asegurando que hace limpieza de armario «un par de veces al año» en etapas o, en este caso, estaciones muy marcadas. «En total igual puedo donar entre 8 y 10 kilos de ropa al año. No siempre la misma cantidad, por ejemplo en invierno por el grosor de las prendas pesan más», explica a este diario, y añade el dato de que «por supuesto que sólo da prendas superiores, ropa interior cero», diferenciando la que se encuentre en mejor estado.

Un contenedor naranja para reciclar ropa en el barrio del Arrabal, Zaragoza / Jaime Galindo
«Me gusta dar ropa en buen uso, al igual que bolsos o zapatos que no estén tan destrozados. Siempre lo hago esperando que haya gente que lo pueda reutilizar», subraya M. N., aclarando que es ropa de «gama media» y no prendas de comercio ‘low-cost’, unos gigantes comerciales que le producen mucho rechazo tanto por sus materiales, como por su proceso de producción. «Me niego en rotundo a consumir ese tipo de marcas».
Por otra parte, a pie de calle y a escasos metros de uno de los contenedores de reciclaje, una vecina del barrio del Gancho admite que es una costumbre que ha perdido con el tiempo, por unas razones u otras. «Cuando renovaba mi armario más frecuentemente igual daba ropa dos o tres veces al año. Ahora con hijas en casa, trato de que la hereden para ahorrarnos algunas compras», apunta, poniendo ejemplos como las parkas, las bufandas o los jerséis, más aún cuando «ahora está llegando el frío». «De lo que reciclo ahora la mayoría es prendas de mis niñas que se les quedan pequeñas, la mayoría casi como nuevas», concreta la mujer.
Otro hombre que paseaba por la zona, Emilio Pérez, menciona que reciclar ropa es una iniciativa que lleva con él muchos años, ya sea ‘alimentando’ estos contenedores de la capital o, precisamente, dejándola de herencia a sus familiares. «Al ser muchos en casa tres o cuatro bolsas al año metemos. Botas de fútbol, sudaderas, camisetas o pantalones cortos, no falta de nada», concreta a este diario, eso sí, lo hace con una sola condición. «Que no tengan marcas imposibles de quitar, agujeros o lo que sea. Lo que está desgastado va a la basura directamente, ya que lo más seguro es que no sea reutilizable. Preferiría no hacerlo, pero es lo que toca», concluye Pérez.

Una zaragozana deposita una bolsa con ropa usada en un contenedor naranja / JAIME GALINDO
Más allá de las experiencias personales, el uso de estos contenedores se ha consolidado como una pieza más del sistema de reciclaje urbano, aunque se haya desapegado de ciertos sectores de la ciudadanía. La falta de recursos, de voluntad u otras filosofías más consumistas en ocasiones dejan el reciclaje en un segundo plano.
Con estas declaraciones de varios vecinos de Zaragoza queda en claro que estos valores perduran con el tiempo sea de la forma que sea. Pese a que muchos estén acostumbrados a darla a sus prójimos, deshacerse de ella o incluso «usarla como trapos», los contenedores naranjas siguen cumpliendo con esta labor social.
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