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Feli se jubila y Zaragoza se queda sin su "mejor tortilla de patata": "Llevamos desde el 91 al pie del cañón"

El Bar Lisboa, en el barrio Oliver, cierra hoy sus puertas después de décadas al servicio de los zaragozanos

Feli, en la barra del Bar Lisboa, con un pincho de su afamada tortilla de patata.

Feli, en la barra del Bar Lisboa, con un pincho de su afamada tortilla de patata. / PABLO IBÁÑEZ

Iván Trigo

Iván Trigo

Zaragoza

Aquí nadie pedía té macha. Ni gyozas. Ni las gildas valían 4 euros. En el Bar Lisboa se pedían croquetas, empanadillas y tortilla de patata, "una de las mejores sino la mejor de toda Zaragoza", dicho por su autora y por muchos de los clientes de este establecimiento que hoy, 31 de diciembre de 2025, abrirá por última vez su persiana para atender a los parroquianos que quieran acercarse para despedirse de Feliciana Badorrey, quien ha manejado las riendas de esta barra en los últimos tiempos y que, a sus 67 años, se jubila con la llegada del nuevo año. "Siento una mezcla de alegría y nostalgia anticipada, son muchos años", explica nerviosa.

Es martes y a Feli, como la conocen todos, le queda un día y medio para jubilarse. Fue su marido el que cogió el bar en 1991, pero el Bar Lisboa abrió como poco allá por los años 60. "Antonio trabajaba en la Opel y junto con un compañero decidieron cogerlo a medias con tan buena suerte que el compañero, a los tres meses de empezar, se cansó. Así que entré yo para trabajar cuando él se iba a la Opel. Hacía 8 horas en la fábrica y otra jornada en el bar. Entonces abríamos desde las 6.30 de la mañana hasta las 23.00 horas de la noche", explica la mujer mientras atiende a sus clientes habituales.

Feli, detrás de la barra con una foto de su marido.

Feli, detrás de la barra con una foto de su marido. / PABLO IBÁÑEZ

La historia de Feli al frente del bar es la de una hostelera que ha comprometido su vida por su negocio y que ha tenido que sortear a muchas piedras en el camino. El peor momento fue cuando su marido, con el que compartía la barra, cayó enfermo en 2013. Entonces esta mujer tuvo que multiplicarse para poder pasar tiempo en el hospital y en su bar, hasta que Antonio falleció tres años más tarde y ella se quedó sola al frente del Bar Lisboa. Y es él, reconoce ahora emocionada, de quien se acordará cuando eche la llave a la persiana por última vez este mismo miércoles.

Pero esta no es una historia trágica y es que Feli es una mujer alegre. "Tengo sentimientos encontrados. Es como si me fuera a ir de vacaciones pero claro, no voy a volver. Es raro. Estoy muy contenta pero también siento nostalgia, llevamos desde el 91 al pie del cañón", cuenta.

El Bar Lisboa está (estaba) situado en la calle Mosen José Bosqued, a la altura del número 6, cerca de Los Enlaces, en el barrio Oliver. Su aspecto es el de un establecimiento de los de siempre, con torreznos detrás de una vitrina, grifo de Ambar, un teléfono fijo sobre la barra y tragaperras junto a la puerta de la cocina. En las paredes los posters del Club Atlético Escalerillas, el equipo del barrio, el calendario de un taller mecánico dan pistas de que esto es mucho más que un bar, es un centro social: "Aquí la gente se reúne, se invita, pasan el rato con los vecinos antes de ir a casa".

Feli con sus hijos frente a la barra del Bar Lisboa, en el Oliver.

Feli con sus hijos frente a la barra del Bar Lisboa, en el Oliver. / PABLO IBÁÑEZ

Con el cierre del bar de Feli cierra "un negocio más" en un barrio en el que el comercio hace años que está de capa caída pero pierde, en realidad, toda la ciudad, ya que las tortillas de patata del Bar Lisboa eran conocidas más allá del Oliver. "Me enseñó Mari -una familiar- que estuvo trabajando con nosotros y era la que las hacía entonces", dice. "Pero las empanadillas también están muy buenas. Y las croquetas. Mira hoy, me han limpiado ya la barra y no son ni las 13.00", añade mientras señala a un solitario chorizo, lo único casi que le queda por vender.

Los dos hijos de Feli se han criado en el bar. La familia ha vivido toda la vida en el edificio de encima y las jornadas eran interminables. "Durante muchos años no cerrábamos. Cuando lo cogí ya comenzamos a cerrar una tarde, luego un día y luego un día y medio", explica. Cuando cerró el centro de especialidades Inocencio Jiménez, que caía justo frente al bar, el número de clientes cayó en picado. Hasta entonces a su negocio acudían "mucha gente de los pueblos que venían al médico". Pero aquello terminó, como también cerraron otros negocios que le llevaban a Feli clientela, como concesionarios y fábricas. "Hoy no queda nada", cuenta. Ahora, es el Bar Lisboa el que cierra la persiana y, aunque el barrio pierda un negocio, Feli va a ganar una nueva vida.

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