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Carlos Izquierdo, educador jubilado de las prisiones de Torrero y Zuera: «He tratado que la cárcel sea más transparente al exterior»
El educador social Carlos Izquierdo ha puesto en marcha programas de voluntariado en varias prisiones, desde la antigua cárcel de Torrero a la actual macroinstalación de Zuera

El educador social zaragozano ya jubilado, Carlos Izquierdo. / Jaime Galindo / Jaime Galindo

Pasó más de media mili en el calabozo por su «rebeldía intrínseca». Ya en esos años 70 mostraba una acusada sensibilidad social que le llevó a embarcarse en los movimientos sociales de la época. Una razón que con el tiempo le llevó a convertirse en educador social y a promover programas de voluntariado en diversas cárceles españolas. El zaragozano Carlos Izquierdo, ahora jubilado, sigue manteniendo una «profunda vocación de transformación» al considerar que si estamos aquí es para «mejorar las cosas».
Tras el accidentado servicio militar Izquierdo pasó el resto de su vida laboral entre rejas. Siempre tratando de intervenir en el bienestar de la población reclusa, a la que considera «el reflejo del país». Por eso lamenta la imagen que se da del interior de las cárceles, a pesar de las duras etapas que se han vidido en los últimos años.
El ahora jubilado, residente en Santa Isabel, recuerda que su interés por la mejora penitenciaria le llevó a entrar en el sistema como funcionario de vigilancia en la cárcel Modelo de Barcelona en 1984 para conocer la realidad del sistema «desde sus entrañas», de forma que tras completar su formación en Trabajo Social ya pudo promocionar a un puesto de educador. A lo largo de su carrera, que también ha discurrido por centros como Lérida, la antigua cárcel de Torrero en Zaragoza y finalmente la macrocárcel de Zuera, Izquierdo ha sido testigo y protagonista de la evolución del sistema penitenciario español.
Reconoce que las mejoras en el interior de las prisiones, sobre todo en el ámbito asistencial han sido evidentes. Aunque en los últimos años surjan voces que claman por una vuelta atrás. El educador social ha sido testigo en primera persona de la evolución que va desde unos años 80 marcados por la falta de recursos y los estragos de la heroína hasta la variedad de programas de intervención que se ofrecen en la actualidad. «Cuando estábamos en Torrero no existían programas de tratamiento estructurados y la labor de los profesionales se limitaba a entrevistas individuales y a una lucha constante por conseguir ayuda externa», asegura.
Izquierdo relata cómo los propios trabajadores tuvieron que salir a la calle para buscar la colaboración de entidades como Proyecto Hombre o el Ayuntamiento de Zaragoza, ante la incapacidad del sistema para gestionar las adicciones y su ruina aparejada. También fueron tiempos de gran conflictividad física, donde las agresiones con armas blancas y la tensión en los patios eran riesgos cotidianos que el personal asumía como parte del oficio. «No podemos olvidar que trabajamos en una cárcel», asegura con resignación.
Módulos de respeto
Uno de los momentos de giro en la política penitenciaria fue la implantación de los «módulos de respeto» con los que ahora cuentan todas las prisiones. Estos espacios, impulsados bajo el mandato de la también aragonesa Mercedes Gallizo, han mejorado la dinámica carcelaria al ofrecer condiciones de vida mucho más dignas, similares a las de una residencia, para aquellos internos que aceptan cumplir normas de convivencia estrictas y participar en su propia rehabilitación. «Se logró que la gente no sufriera más de lo debido», señala Izquierdo.
Como activista político, el educador social participó en los años del fin del milenio en las protestas contra la creación de la macrocárcel de Zuera, recinto al que fue trasladado tras el cierre de la vieja cárcel de Torrero. Coincidió además, con una época de traslado a Aragón de presos de perfiles conflictivos procedentes del Levante, lo que tensionó todavía más la situación.
Con el paso del tiempo reconoce que la actual instalación ofrece ventajas para la separación de los internos por perfiles, mejorando la convivencia, pero deplora las consecuencias sociales que ha provocado. «Fue una decisión irracional que dificulta el contacto de los presos con sus familias y complica el trabajo de los agentes sociales, aumentando la invisibilidad de la población reclusa», destaca.
Aparato represivo
Como coordinador de los programas culturales y de acción social, Izquierdo se ha mostrado siempre partidario de normalizar la realidad penitenciaria. «Siempre he tratado que la cárcel sea más transparente al exterior», considera. Por esta razón ha trabajado para abrir las puertas al voluntariado y a las entidades sociales, como Cruz Roja o Bienestar Emocional. «Los internos confían más en quienes vienen de la calle que en los propios funcionarios, a quienes a menudo ven como parte del aparato represivo», asegura. Por ello, considera que el voluntariado es el verdadero «termómetro del clima social en la cárcel» al denunciar que sin actividades, cultura y apoyo emocional externo «una prisión se vuelve ingobernable basándose únicamente en el ordeno y mando».
Cuando se ocupaba de la actividad cultural se recuerda recorriendo los bares de Zaragoza para contactar con músicos que quisieran ir a dar recitales al salón de actos. Siempre gratis, eso sí. Por ahí pasaron, por ejemplo, cantantes como Carmen París.
Tras su jubilación anticipada por motivos de salud, Izquierdo traslada en la actualidad su experiencia a la población migrante, ayudándoles en su integración lingüística y social. Al observar la situación actual del sistema de prisiones evidencia que faltan funcionarios, algo que también sucede en otros ámbitos como la educación y la medicina. «Los avances en las cárceles siempre han llegado desde los movimientos de izquierda», considera.
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