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Vivir en la calle en Zaragoza con frío extremo: "Me duermo con el saco donde sea"

A. y Babakar duermen en una tienda de campaña bajo un puente. Ambos llevan más de una década sin hogar y cuentan que las noches de frío extremo son duras, que la convivencia es complicada y que necesitan mantas y sacos para pasar la noche

Zaragoza

Viste de negro. Un abrigo ligero sobre una fina sudadera marrón. La capucha, puesta. Un gélido viento azota Zaragoza y mueve la tienda de campaña en la que desde hace una semana duerme A. (1968) junto a su amigo Babakar Ndiaye (1980). Antes pasaban las noches en la zona de El Portillo, pero las obras les han obligado a desplazarse y ahora lo hacen bajo un puente. Con frío, con lluvia y también con nieve.

«Estos días han sido demasiado fríos, peores que otros», cuenta A. En el interior de la tienda de campaña se acumulan varias mantas y alguna colcha vieja. «No tenemos saco», aclara, y recuerda la leve nevada que cayó en Zaragoza durante la noche de este 3 de enero. Ellos pudieron protegerse porque están acampados justo debajo del puente, pero las otras tres personas sin hogar que viven a su lado no pudieron hacerlo. Duermen en colchones, cubiertos por cartones. «Paré a hablar con ellos por si querían venir a la tienda, pero no lo hicieron», comparte.

Hace catorce años que A. vive en la calle y dice estar ya curado de espanto. Pero prefiere conservar el anonimato porque hay gente de su entorno, como sus tres hijos, que no conocen su situación. «Siempre he sido callejero, aunque tenga la casa de mi madre, mi padre, mi hermana...», afirma, y cuenta que su familia vive «al cruzar el puente». «Aguantarme a mí es difícil, yo mismo lo sé. Yo no soy una persona para encerrarme», asegura.

A. recapitula y explica su historia: «Mis padres me trajeron de África (Gambia) a aquí (Zaragoza) porque tenía una beca del colegio, era el número uno de Gambia. Me adoptaron y he estudiado aquí». Hizo la ESO y se marchó a continuar sus estudios «in England». «I speak english very well», dice en un perfecto inglés. Cuenta que también ha vivido en Alemania, Suiza, Noruega e incluso Colombia.

«Al final me metieron en la cárcel», comparte con la cabeza baja mientras su compañero Babakar entra en la tienda. Al salir de prisión decidió vivir solo y por eso ahora, aunque mantiene contacto con sus padres -cuenta que su madre le ha comprado la tienda de campaña y que le da dinero para «compara algo de comer y, a veces, para tabaco»- duerme en la calle.

«Mi hermano está en Canadá viviendo, y mi otro hermano en Alemania. Hay otro en Marsella, que ya está jubilado», detalla. Con sus hijos, de 22, 17 y 9 años, también se ve puntualmente. Con orgullo relata que la mayor está «emancipada», y que los otros dos viven con su madre, que es su expareja y con la que ya no guarda relación. «Con ellos solo me veo en bares. Nunca les he dicho dónde estoy», explica.

La tienda está algo destensada y en el interior se revuelven varias mantas. A. mira a Babakar y cuenta que este martes por la noche llegó bebido y se cayó sobre la lona rompiendo parte del compartimiento interior. La convivencia no es sencilla, pero desliza que a veces toca sobrevivir. «He vivido con las vacas, 24 horas en el bosque... Esto casi es un lujo para mí», comparte.

Eso sí, se sentía más resguardado en El Portillo, donde durmió durante algo más de un año en un campamento chabolista. «Ahí había un chico polaco, dos negros, otro más...», empieza a citar A.

También pasó noches allí Babakar, que recuerda «mucha humedad». «Yo estuve en El Portillo un año, pero él lleva tres o cuatro mínimo», concreta A. Su amigo da fe y afirma estar mejor en la zona actual, aunque también está cerca del río Ebro y el frío no da tregua. «Me duermo por ahí con el saco donde sea», comparte.

Hace veinte años que llegó a Zaragoza y ha pasado la noche en distintos lugares de la ciudad, pues admite tener una adicción al alcohol que le hace difícil ajustarse a las normas sociales o de convivencia. «Siempre he estado en Zaragoza, solo he salido alguna vez por trabajo, pero nada más. Siempre he estado aquí», comparte.

Es poca la familia que tiene en la capital aragonesa. Expresa que la gran mayoría ha terminado por mudarse a otras ciudades o países. «Está mi tío con su hijo, que es pequeño. Porque mi tío se casó con una mujer española», apunta. No tiene contacto con ellos y no sabe de su vida. «No tengo móvil y han cambiado de piso», sostiene.

A diferencia de A., que mientras enseña una pequeño fuego explica que si tiene que cocinar lo hace allí mismo, Babakar acude al comedor de El Carmen. «Yo no quiero ir ahí porque me hace acordarme de la cárcel. Es la misma fila, el mismo plato, la bandeja... Me viene la imagen de ahí y no no no. Cojo el dinero de mi madre y me hago lo que sea aquí», expresa A. Babakar, a su lado, añade: «También yo como a veces en la calle. En la calle se come, la gente nos da comida. Hambre, de verdad, no tengo. Comer, como».

Ninguno de los dos se plantea buscar un recurso habitacional. «¿Con qué dinero?», se pregunta A., a quien tampoco le gusta la idea de dormir en el albergue. «Los horarios... Y, si fallas un día, te tienes que ir... Es una cárcel, libertad condicional», afirma.

Babakar no comparte esta idea y afirma que es un recurso habitacional que «está bien». «Tienes duchas y todo. Comes, tienes médico...-expone-. Pero yo no puedo estar ahí porque a las 20.00 horas no puedo dormir».

Entran y salen de la tienda de campaña que comparten. A. mira desolado la tela rota. Pero tras muchos años conoce a la gente y sabe lo que es vivir entre cartones, bajo telas, sobre sacos. Y soportar, con las condiciones que sea, las inclemencias del tiempo. «Eso es normal, naturaleza. El que pisa la calle tiene que hacerlo con los dos pies, porque si no te mueres», afirma rotundo.

En marzo, ambos cumplirán años. Suponen que pasarán el día al lado de la tienda de campaña y que lo celebrarán con una cerveza y la misma rutina de siempre. Con el abrigo negro, la capucha puesta y la sudadera marrón. Sin saco y sobre mantas. Porque prevén que las cosas seguirán igual y que tampoco entonces tendrán una casa que les proteja del frío, del ruido. De la soledad.

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