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De marino mercante a dueño de Casa Pascualillo: "Me encanta que se expanda el Tubo"

El hostelero jubilado Guillermo Vela (75 años) ha sido un referente de Zaragoza tras la barra de su bar en el corazón del Tubo, pero previamente había recorrido medio mundo, de Canadá a la URSS, como marino mercante

El hostelero jubilado Guillermo Vela (75 años) ha sido un referente de Zaragoza tras la barra de su bar en el corazón del Tubo.

El hostelero jubilado Guillermo Vela (75 años) ha sido un referente de Zaragoza tras la barra de su bar en el corazón del Tubo. / Jaime Galindo / Jaime Galindo

David Chic

David Chic

Zaragoza

"No sé de dónde me salió aquel espíritu marino". Guillermo Vela ha surcado mares por todo el mundo a pesar de haber nacido en Zaragoza y formar parte de una estirpe de hosteleros que en 1939 puso en marcha el restaurante Casa Pascualillo en el corazón del Tubo de Zaragoza. Pero con un carácter curioso, don de gentes y ganas de romper con la línea de su destino se embarcó en los grandes buques que realizaban las grandes rutas comerciales de un lado a otro del mundo. La muerte de Franco le pilló en las costas de Sudáfrica. Ha cruzado el Atlántico cargado con 16.000 toneladas de grano argentino tras cargar en Buenos Aires. Y concluye que en la URSS "no se podía ni reír" según la experiencia que tuvo remontando en la oscuridad el río Dniéper. "Allí solo había edificios grises... no podías comprar, no había ninguna tienda abierta", evoca.

Con sus padres al frente de Casa Pascualillo y él siendo joven "y algo revoltoso" decidió matricularse en el año 69 en la Escuela Técnica Superior de Náutica y Máquinas de La Coruña. Una decisión que tomó casi por impulso, con ganas de abandonar Zaragoza para conocer otros paisajes y la leve indicación de un conocido que ya era navegante. La llegada a la ciudad costera fue algo traumática por la falta de diversidad respecto a lo que ya conocía. Pero pronto cambió todo: comenzaron los viajes, las primeras navegaciones. Exámenes en Cádiz y una vida despreocupada de puerto en puerto. "Estudiaba poco a poco, sin prisa", bromea.

Su faceta como marino mercante, cuando tras 700 días de travesías se convirtió en primer oficial, le permitió ser testigo excepcional de la caída de la dictadura portuguesa. Vela explica con seguridad su llegada a los muelles de Lisboa justo el día anterior al estallido de la Revolución de los Claveles en mayo de 1974. "Fue un momento muy bonito para vivirlo por la calle", evoca con el recuerdo de los barcos de la OTAN que ya aguardaban el conflicto frente a las costas portuguesas.

Ha pilotado barcos desde Sevilla a Dinamarca, recorriendo costas durante varios meses de travesías. Eran rutas de carga general, con sogas, chásis de autobuses, alimentación. "Los viajes eran maravillosos, en una navegación casi como en los tiempos de Colón, con unas tripulaciones de una veintena de personas y dos guardias de cuatro horas al día", recuerda. Su pasión por el mar era una rareza. "Casi no había marineros de interior", bromea. Y en este momento de jubilación encuentra mucho a faltar los amaneceres y los atardeceres desde la cubierta de un buque. "El mar ofrece cada día un paisaje nuevo", señala al evocar temporales y cambios en los oleajes.

"Un momento de cachondeo"

Su carrera lo llevó también a las costas de África durante el agónico final del franquismo. En 1975, mientras se encontraba en el cono sur, entre Sudáfrica y Namibia, la noticia de la muerte de Franco le llegó por radio en un carguero congelador cargado de solomillos: "Fue un momento de cachondeo, aunque yo nunca me he metido en política", recuerda. Aquella etapa africana también le permitió ser testigo del apartheid en Ciudad del Cabo, cuando "todo era o para negros o para blancos", y de situaciones extremas como los colapsos portuarios en Nigeria, donde llegó a estar fondeado dos meses junto a otros 400 barcos por la crisis del Golfo.

A pesar de obtener el título de capitán de la marina mercante en 1982, la crisis del sector naval y la jubilación de su padre, pusieron fin a su biografía de marino errante. El dilema, que tampoco era malo, era diáfano: paro o Casa Pascualillo. Así, el oficial de marina cambió el puente de mando por la barra del negocio familiar en la calle Libertad, fundado por su abuelo navarro en 1939.

La evolución del viejo Tubo

Vela volvió a un territorio mítico de pensiones, aficionados al boxeo, antros minúsculos, salas de baile y cambio de época. "De los que existen ahora no me acuerdo de los nombres, pero los viejos bares del Tubo los recuerdo todos", asegura. En los años 80 y 90, el barrio sufrió un fuerte declive, quedándose vacío y marginado. Sin embargo, la familia tomó la arriesgada decisión de comprar el edificio de la calle Libertad 6 en el que estaban de alquiler para finalmente, a finales de los 90, derribar la vieja estructura para levantar una nueva. "Nosotros empezamos, de alguna manera, a resurgir el nuevo Tubo", afirma. La reapertura en 2001 coincidió con la llegada del euro y el renacimiento de la zona como epicentro del tapeo zaragozano.

Bajo su mando, el Pascualillo acabó convertido en un refugio de un mundo intelectual y bohemio, en mucho más que un bar de raciones como lo recuerdan casi todos los zaragozanos. Por sus mesas han pasado figuras como Fernando Fernán Gómez, Ana Belén, Nuria Espert, Joan Manuel Serrat o Emma Penella. El viejo marino recuerda con especial cariño a las compañías de teatro que, tras actuar en el teatro Principal o en algunos de los cabarets de la ciudad, terminaban la noche en su casa.

La jubilación le llegó con la pandemia, cerrando un ciclo de tres generaciones en una zona privilegiada de la ciudda. "Me encanta que ahora se expanda el Tubo", celebra. Tras 75 años de vida y muchas millas navegadas, Guillermo descansa ahora repartiendo su tiempo entre Zaragoza, el Pirineo y Cádiz. Ha dejado Casa Pascualillo en nuevas manos con una gerencia renovada y está detrás del impulso de otros negocios con solera como el Blasón del Tubo. Piensa mucho en navegar, aunque el hecho de que su mujer se maree en cubierta complica las cosas. Pero no descarta volver cruzar el Atlántico en cubierta cuanto se presente la oportunidad.

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