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De las galerías de arte al Tarot pasando por la hostelería: "Mi principal dedicación diaria es la búsqueda de libertad"

Gestor y agitador cultural, hostelero, vividor y personaje indescriptible que habita las calles del Casco Histórico de Zaragoza. Todo eso y mucho más es una persona instalada en la «no definición»

Manu Azcona, a las puertas de la floristería El Jardín de Paula, en la calle Torrenueva, en pleno Casco Histórico de la ciudad.

Manu Azcona, a las puertas de la floristería El Jardín de Paula, en la calle Torrenueva, en pleno Casco Histórico de la ciudad. / Jaime Galindo

Iván Trigo

Iván Trigo

Zaragoza

Si son de los que deambulan habitualmente por el centro de la ciudad se lo habrán cruzado. Manu Azcona es uno de esos personajes urbanos que dan color a las ciudades, un actor omnipresente que se desempeña con soltura en el escenario que es un barrio, en este caso el Casco Histórico. Azcona es una de esas personas que está en todos sitios pero que uno nunca sabe dónde ubicar. La sensación de muchos al verle es que le conocen de algo, pero al mismo su aura es misteriosa. Y conversar con él no ayuda a resolver las dudas. «Estoy instalado en la no-definición por los múltiples yoes que nos conforman. Me veo como un monitor de fragilidad y coach de resistencia», dice. Aha.

Sobre el papel, si uno se fija en su vida laboral, Azcona ha sido gestor cultural y, cuando la crisis apretó y puso coto al arte como forma de ganarse la vida, se dedicó a la hostelería. Si se le pregunta a él, la respuesta vuelve a ser de nuevo imprecisa a la par que reveladora. «En realidad siempre me he dedicado a las relaciones humanas. Me apasiona el ser en su sentido extenso, como un domador de egos en el circo de la vanidad». Ahí queda. Azcona se hizo un nombre en el mundo del arte gestionando, montando y comisionando y después se hizo conocido en otros estratos por fundar el Café Botánico, en el pasaje del Ciclón, un negocio que pronto se hizo un hueco en el corazón de los zaragozanos.

Aquello pasó y hoy Azcona se dedica a muchas cosas y ninguna en concreto. Una cosa en la que invierte su tiempo es en un programa de mentoría social de la Fundación para la Atención del Menor en el que acompaña a jóvenes migrantes en su proceso de conocer la ciudad. «Intento generar auxilio y confianza en las lagunas de la vulnerabilidad. Compenso mi parte más vanidosa con esta toma de tierra humana ayudando a los que lo piden», responde.

Manuel Azcona, antes de la entrevista con este diario.

Manuel Azcona, antes de la entrevista con este diario. / Jaime Galindo

«Mi principal dedicación diaria es la búsqueda de libertad, aún siendo prisionero de mis temores», cuenta cuando le preguntan sobre qué hace una persona como él en un sitio como este un día normal, un martes cualquiera. Los miércoles, sin embargo, tiene una cita semanal con sus fieles en el bar El Chiringuito de Yibril, en la calle San Lorenzo, y es que entre otras muchas cosas Azcona se dedica a echar las cartas. «Las sesiones de tarot son una manera más de ayuda y dar consejos. Cada uno tenemos una energía en constante cambio a la que es interesante escuchar. Está espiritualidad complementa en conocimiento de uno mismo y de su momento presente. Mis consultantes lo agradecen», menciona.

A modo de anécdota añade que últimamente le llaman «mucho» para hacer mesa de tarot en el aperitivo de las bodas, y es que imaginarán ustedes a estas alturas que más allá de sus dotes adivinatorias conversar con Azcona es una experiencia de por sí mucho mejor que otras mamarrachadas que se han puesto de moda en las fiestas nupciales. «A la última madrina le vi una doble relación: ahora tiene mellizos», desvela.

Para terminar, un consejo. «La frivolidad relativiza la adicción al drama; ejercicios contra la natural tendencia al victimismo», zanja. «Hay muchos modos de vivir dentro de la tragedia», cita para terminar, una sentencia que se escucha en La habitación de al lado (Almodóvar, 2024), un final perfecto para una conversación con una persona-personaje, revulsivo callejero, dinamizador urbano y «socializador de espíritus inquietos».

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