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ZARAGOZEANDO

Nuevas huellas de castores en Zaragoza: el “escultor” más escurridizo conquista las riberas

Los naturalistas urbanos pueden encontrar muchas pistas de la presencia de castores a orillas del Ebro, que en los últimos días ha dejado de nuevo la huella de sus dientes ente el puente de Piedra y el de Hierro

Un árbol tallado de forma cónica entre el puente de Piedra y el de Hierro, esta semana en Zaragoza.

Un árbol tallado de forma cónica entre el puente de Piedra y el de Hierro, esta semana en Zaragoza. / Pablo Ibáñez

David Chic

David Chic

Zaragoza

En medio de estos días invernales, lluviosos y algo desapacibles. En medio de la campaña electoral, con mucho reproche por las políticas activas del medio ambiente, en pleno centro de Zaragoza, uno de los habitantes más sorprendentes de la ciudad ha vuelto a dar señales de vida. Ahí están los troncos cónicos que como intervenciones de land art se pueden ver junto al río Ebro. Son obra de los castores que llegaron a la cuenca en la década de los 2.000 y que cada cierto tiempo dejan intuirse en el entorno urbano mostrando sus creaciones en madera.

El naturalista Ismael Sanz, experto en ríos, riberas y fauna acuática, además de una de las primeras personas en documentar la presencia del castor en el tramo urbano de la capital aragonesa, destaca que su presencia es beneficiosa para la salud del río, sobre todo por la biodiversidad que aporta y por su incansable labor royendo, horadando y cambiando el paisaje.

Sanz evidencia que el castor ya habita prácticamente en todo el valle del Ebro y que en el tramo urbano de Zaragoza llevan años presentes e incluso han remontado por riberas como la Huerva, el Gállego o el Canal Imperial. «Está muy repartido y deja constantes pistas de su presencia, solo hay que estar algo atentos para encontrarlas», señala.

Un castor asoma el hocico en las aguas del Ebro a su paso por Zaragoza.

Un castor asoma el hocico en las aguas del Ebro a su paso por Zaragoza. / Pablo Ibáñez

De hecho, explica que en zonas como el tramo entre el puente de Piedra y el puente de Hierro la falta de vegetación natural todavía hace más evidente su presencia. «Al ser orillas ajardinadas y encajonadas por muros el espacio fluvial es mínimo y esto obliga al castor a desplazarse constantemente en cuanto agota la poca comida disponible», destaca. Además se ve obligado a atacar a ejemplares de sauce o chopo de mayor envergadura, dejando sus peculiares intervenciones artísticas a la vista de todos los paseantes.

«Si pueden, los ejemplares se mueven hacia zonas como el Soto de Cantalobos o Ranillas donde hay más recursos», precisa. Su regreso a las aguas zaragozanas se debe a una reintroducción ilegal realizada hace unos 20 años en los Sotos de Alfaro. En aquel momento se soltaron una veintena de ejemplares traídos de Alemania sin autorización haciendo que nadaran de nuevo por el Ebro, el Tajo o el Duero unos animales que se extinguieron de la península Ibérica hace unos 300 años. La presión de la caza acabó con todos los ejemplares. «Del castor se aprovecha todo, su piel, su carne y el castóreo, una glándula con supuestas propiedades medicinales y un aroma similar a la vainilla que aún hoy tiene ciertos usos», bromea.

Los naturalistas urbanos llevan años siguiéndole la pista, aunque sea mucho más fácil seguir su rastro que verlos en actividad. Este roedor es un animal fundamentalmente nocturno, esquivo, bohemio y bastante pachón aunque en los entornos urbanos «se vuelven algo más atrevidos» al estar acostumbrados al ruido humano y las luces. Sanz recomienda para verlos «apostarse con prismáticos cerca de sus madrigueras en zonas iluminadas por farolas o puentes».

Árboles que han servido de alimento a los castores.

Árboles que han servido de alimento a los castores. / Pablo Ibáñez

En los últimos años, cada ciertos tiempo, se alimenta alguna polémica sobre la presencia de árboles dañados en la ciudad, un aspecto que no preocupa a los naturalistas el entender que existen «soluciones sencillas y nada agresivas» para proteger las zonas que requieran más atención. Entre ellas consideran muy útil rodear la base de los troncos con mejor porte con medio metro de malla conejera o untar con barro y arena ejemplares emblemáticos que no pueden ser heridos por el roedor.

Entre los naturalistas sí que existe la inquietud de que por no existir depredadores naturales como los lobos, las águilas o los búhos su proliferación pueda convertirse en un problema como pasa con los conejos en algunas zonas rurales. Con todo, confían en su capacidad de autorregular su población como se ha visto en los últimos años. «Cuando agota la comida de una zona, el núcleo familiar se desplaza unos kilómetros para permitir que la vegetación se regenere en un ciclo lógico y sostenible», celebra Sanz.

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