Creperie Flor, la primera crepería que abrió en Zaragoza mantiene la esencia parisina desde hace 45 años: “El único secreto es trabajar con calidad y tradición”
El establecimiento tuvo éxito desde el primer momento, sobre todo gracias a los militares estadounidenses de la base aérea, que incluyeron el restaurante en sus guías de Zaragoza

En imágenes | Así es Creperie Flor, la primera crepería que abrió en Zaragoza / Josema Molina

Quizá por su relativa proximidad a los Pirineos, Zaragoza es una ciudad con reminiscencias francesas. Desde el Mercado Central, que Félix Navarro concibió a imagen y semejanza de Les Halles de París, hasta el bulevar de estilo parisino que un día fue el Paseo Sagasta. Pero la capital aragonesa no solo incorpora en su callejero elementos clásicos de la arquitectura gala: la gastronomía francesa también encontró su lugar en un rincón del centro.
Creperie Flor nació en 1981 en una esquina de la plaza San Felipe, en la calle Temple, 1. Pepe Rebollo, José Pérez y Claudie Molinie fundaron la primera crepería de la ciudad, que buscaba emular los salones de té de estilo francés. “Mi tía era francesa y su familia se dedicaba a la hostelería en Francia. Cuando vino a Zaragoza, le recomendaron que creara un crepería, un negocio nuevo en la ciudad”, explica Jaime Rebollo, actual propietario.

Creperie Flor, un restaurante ubicado en la calle Temple, 1 / Josema Molina
Este modelo de negocio fue todo un acierto. El establecimiento tuvo éxito desde el primer momento, sobre todo gracias a los militares estadounidenses de la base aérea, que incluyeron el restaurante en sus guías de Zaragoza. Pero la crepería también llamó la atención de muchos zaragozanos de “pura cepa” que llevan cuatro décadas degustando sus elaboraciones. “Somos unos clientes casi tan antiguos como el restaurante”, afirma un cliente habitual.
Jaime Rebollo tomó el relevo del negocio hace 23 años. “Mis padres dejaron el listón muy alto”, asegura. Por ese motivo, desde joven tuvo que someterse a un entrenamiento casi espartano para manejar con soltura las riendas del negocio. “Cuando empecé de aprendiz, estuve tres meses que mis padres no me dejaban sacar ni un crepe. Si la masa no era perfecta, estaba prohibido servirlos. Si las escaleras de mi casa hablaran, dirían todo lo que he llorado”, recuerda el propietario, ahora entre risas.
Sus platos más emblemáticos: crepes saladas fuera de lo común
Pero todo este bagaje le ha permitido mantener intacta la esencia del negocio. “Los clientes de toda la vida me dicen que rejuvenecen cuando comen los crepes porque saben igual que hace 20 años”, sostiene Rebollo. Sus crepes se diferencian por la originalidad de sus ingredientes, que van más allá de los típicos sabores dulces. “La Crepe Gratinada la trajo mi tía de Francia porque la cocinaban allí”, explica el dueño. Rellena con jamón, champiñones, queso y salsa casera, se ha convertido en uno de los platos más vendidos. La Fabián, con solomillo de cerdo, pimientos verdes, salsa de Ciruela es otro de sus emblemas. “Su nombre es en honor a mi primo fabián, el hijo de Pepe, que falleció hace 28 años”, detalla Rebollo.

Las crepes saladas de Creperie Flor. / Josema Molina
Además, en su carta encontramos crepes con pescado, como la Marinera, con lenguado, cebolla y nata y la de salmón, con setas, cebolla y pepinillo. Como entrantes, ofrecen ensaladas como la Ensalada Roble, con hoja de Roble, bacon, piñones, pasas y queso parmesano pero tampoco faltan otros platos icónicos de la cocina francesa, como la quiche lorraine, con queso, nata y bacon.
El paraíso de los golosos
Hasta los amantes del dulce pueden elegir entre multitud de opciones, como la crepe de crema de castañas, de dulce de leche o de chocolate con helado de vainilla y nata. Otros postres exitosos son la tarta de queso Idiazabal con membrillo y nueces y la tarta Marianella, un bizcocho de chocolate con o sin nueces y nata.

Los postres de Creperie Flor. / Josema Molina
Creperie Flor también conquista con su menú del día que incluye entrante, crepe, postre y bebida por solo 16 euros. Además, su romántico local acoge iniciativas que enriquecen la experiencia de los clientes. En los últimos meses, por ejemplo, las pinturas al óleo de la artista Zelmira Bukor han adornado las paredes del restaurante. El amor por el negocio consigue que Creperie Flor levante la persiana cada día desde hace 45 años. “El único secreto es hacer las cosas como al principio, mantener la calidad y la tradición”, concluye Jaime Rebollo.
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