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Sin techo viviendo a la orilla del río Ebro en Zaragoza: “¿Miedo a la crecida? ¿Adónde voy a ir?”

Varias personas sin hogar siguen pasando las noches en la ribera a pesar de que la policía les pidió que abandonaran el lugar por seguridad. Aseguran que no tienen alternativa

Zaragoza

La crecida del Ebro ha vuelto a poner en evidencia que cuando el río sube, no todos parten del mismo punto de seguridad. El agua baja turbia y constante bajo el puente de La Almozara, casi debajo de la plaza Europa de Zaragoza. A pocos metros del cauce, entre colchones protegidos con plásticos, cajas y alguna que otra tienda de campaña, varios hombres observan de reojo el nivel del río. La crecida del Ebro no es una imagen de ningún informativo para quienes viven ahí. Es una amenaza directa.

En los últimos días, el aumento del caudal ha activado avisos y recomendaciones de precaución en la ciudad. Desde el ayuntamiento se ha trasladado a las personas que duermen en este y otros asentamientos de Zaragoza la conveniencia de abandonar la zona por seguridad ante la posibilidad de que el nivel del agua siga subiendo.

La ribera, que en circunstancias normales es un espacio de paso y ocio, es un escenario de riesgo cuando el río sube. “¿Miedo por la crecida? ¿Adónde voy a ir?”, resume un senegalés de 35 años que se ha despertado junto a varios compañeros que tampoco han abandonado el lugar. “Sí, la policía vino y nos pidió que dejáramos el campamento, pero no nos hemos ido casi nadie”, añade.

Este joven, el único que ha querido hablar abiertamente, ha perdido además su lugar de descanso: “Mira, mira, ahí es dónde duermo”, añade señalando una casa improvisada parcialmente cubierta por el agua del río Ebro. Algunos de sus compañeros asienten con la cabeza, sin aventurarse a dar muchas más explicaciones.

Cuando vives bajo un puente, la decisión de irse no resulta tan sencilla. Marcharse implica recogerlo todo, cargar con lo imprescindible y confiar en que habrá una alternativa estable al otro lado. Para quienes han hecho de este espacio su refugio habitual, aunque sea precario, cada crecida supone el mismo dilema: protegerse del agua o aferrarse al único lugar que sienten propio.

El protagonista de esta historia es inmigrante en situación irregular. No tiene papeles. Tampoco alternativa. La Policía Local pasó y les pidió que desalojaran la zona ante el riesgo de la subida del río. “Hemos pasado la noche aquí”, explica. Sin dramatismo. Sin apenas palabras. El agua ha obligado a mover las pocas pertenencias que conservaba. Bolsas con ropa, mantas y poco más. Todo lo ha trasladado unos metros más arriba, buscando un respiro provisional frente a la crecida.

En su caso, dice que no hubo oferta de albergue. “No tengo papeles. La policía vino y tomó nota de todas las personas que había en ese momento”, relata. Tampoco tuvo problemas por no tener la documentación en regla. Sin papeles, cuenta, no trabaja y no tiene acceso a un alojamiento estable. “No tengo casa. No tengo barrio”, resume con frases cortas, en un castellano fragmentado que deja más silencios que explicaciones.

Apunta que la noche la han pasado “tranquilos”, aunque el río avanzaba a escasos metros. No se planteó marcharse más lejos. ¿A dónde? La pregunta vuelve a quedar suspendida en el aire.

A su alrededor, el paisaje es el de una ribera desbordada. El Ebro ocupa ahora el espacio que hasta hace poco era refugio precario. Donde extendía la manta solo queda agua turbia. El río no entiende de papeles, pero su crecida golpea con más fuerza a quienes no tienen nada.

Mientras las instituciones vigilan la evolución del caudal y activan protocolos ante la avenida, en la orilla quedan historias invisibles. Personas que viven al día, fuera del sistema, para quienes una crecida no es solo un fenómeno hidrológico, sino la pérdida inmediata del único lugar donde podían tumbarse a dormir.

El Ebro seguirá su curso. Cuando baje el nivel, quizá vuelva a quedar al descubierto ese pequeño trozo de ribera. Hasta la próxima crecida.

Las administraciones insisten en la importancia de prevenir situaciones de peligro y recuerdan que existen recursos de emergencia para casos de inclemencias meteorológicas o episodios de crecida. Sobre el terreno, sin embargo, la realidad es más compleja. La desconfianza, las experiencias previas en albergues o el temor a perder pertenencias influyen en la decisión de quedarse o marcharse.

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