¿Por qué tengo una fábrica frente a mi salón? Cuando el crecimiento de las ciudades propició el reparto desigual de la calidad de vida en Zaragoza
El crecimiento de las ciudades en la época de la industrialización moldeó las ciudades. Las consecuencias de aquel modelo de crecimiento de las urbes siguen vigentes hoy en día

Vista del Arrabal en los años 30 con La Azucarera y la Estación del Norte. / GRAN ARCHIVO ZARAGOZA ANTIGUA

El incendio en la fábrica de Saica de la avenida San Juan de la Peña ha reavivado el debate en Zaragoza sobre la idoneidad de que la industria se sitúe tan próxima a los barrios y viviendas. Desde la asociación de vecinos del Picarral lo tienen claro: no, no conviene. Mientras tanto, en el Arrabal son algo más comprensivos. Sea como fuere, más allá del qué conviene entender el por qué y en cómo estas grandes industrias acabaron rodeadas por pisos, pisos que no de forma casual habitan las clases trabajadoras de las ciudades.
Para ahondar en las causas hay que hacer primero una pequeña recapitulación. Zaragoza comienza a crecer más allá de los límites de la muralla romana en época musulmana y durante la Edad Media se crea un segundo recinto cerrado que incluyó los dos nuevos barrios que surgieron en el entorno de las parroquias de San Miguel y San Pablo, que hoy en día siguen en pie. Durante el Renacimiento, la ciudad crece y da el salto también al otro lado del Ebro, cuando comienza a asentarse población en el Arrabal. Pero es después de los sitios, en la segunda mitad del siglo XIX, cuando la ciudad comienza a ensanchar sus límites de forma significativa.
Primero fue alrededor a los conventos del extrarradio, donde prosperaron las torres y las huertas, pero fue con la llegada del ferrocarril cuando la industrialización y sus efectos comenzaron a manifestarse en el urbanismo de la ciudad. Entonces se construyen las primeras estaciones de ferrocarril y es en torno a ellas donde empiezan a instalarse las fábricas, que buscaban poder dar salida a sus productos por tren mientras se asentaban cerca de los núcleos de población, de donde extraían la mano de obra.

Imagen aérea del año 1954 en la que se observa el crecimiento de la ciudad en torno a la fábrica de Giesa. / GRAN ARCHIVO ZARAGOZA ANTIGUA
Un ejemplo perfecto que permite entender este fenómeno de crecimiento urbano en Zaragoza es el Arrabal, donde sobrevive todavía el edificio de la antigua Estación del Norte. Ahí cerca está La Azucarera, antaño una de las industrias más potentes de la margen izquierda del Ebro. Y entre ambas surgió un barrio que abastecía de mano de obra a las factorías que llegaron a la zona.
Según detalla Daniel Sorando, sociólogo experto en urbanismo y profesor de la Universidad de Zaragoza, «en la época de la industralización», con el capitalismo dando codazos, «todo proceso urbanístico supuso la acumulación de fuerza de trabajo en torno a las fábricas procedente del campo». «Eso definió la fisionomía de las ciudades y eso explica las ciudades que tenemos hoy en día», detalla.
Esos asentamientos alrededor de las fábricas primero fueron más precarios, «chabolas» hablando en el lenguaje del siglo XXI. Aunque más tarde hubo industrias que promovieron la construcción de viviendas para sus empleados como una forma de asegurarse su dependencia y cercanía. «Aquello que parece tan lejano en el tiempo ha implicado que hoy en día fábricas como Saica estén situadas frente a las viviendas», explica Sorando.
Así, entre finales del siglo XIX y principios del XX comenzó a configurarse un cinturón industrial formado por fábricas de harinas, aguardientes, cerveza y chocolate, papel, jabón y vidrio cerca de esas estaciones de tren situadas en lo que hoy es el Portillo, la plaza Utrillas, la Estación del Norte... Al mismo tiempo, en estas zonas comienzan a surgir barrios obreros mientras que la burguesía se quedó en el centro de la ciudad, abriendo ensanches y avenidas en las que vivir con espacio y cómodamente en las zonas que hoy quedan en torno al paseo Independencia, Sagasta y la plaza de Los Sitios.

Plano de la ciudad de hace más de 100 años. / GRAN ARCHIVO ZARAGOZA ANTIGUA
Fue ya después de la guerra civil cuando el fenómeno de la industrialización de las ciudades despegó, vaciando el medio rural y llenando las ciudades de nuevos pobladores. Zaragoza comenzó a crecer entonces por su periferia, tal y como explica el propio ayuntamiento en su página web. Así comenzaron a crecer asentamientos en ese cinturón, siempre ligados a industrias concretas: La Azucarera del Gállego (avenida Cataluña); Agreda Automóvil (avenida de Valencia); Tudor (carretera de Logroño), Giesa (Miguel Servet); Caitasa (Picarral); Criado y Lorenzo (avenida de Madrid); y Tranvías de Zaragoza (Las Fuentes).
Esta forma de agrupar a los trabajadores cerca de los centros de producción distribuyó las ciudades en función de la clase social, lo que al mismo tiempo contribuyó y contribuye al ensanchamiento de las diferencias entre clases, apunta Sorando. «Es decir, las ciudades no corrigen las desigualdades, sino que las agravan».
Inconvenientes
Y es que aunque muchas de las situaciones más perniciosas se han corregido, en parte por la marcha de muchas industrias, «nadie quiere vivir junto a una fábrica». «Hay inconvenientes directamente ligados con la cercanía como el olor, la peligrosidad de algunas fábricas... pero también existen otras carencias ligadas con la forma en la que nacieron esos barrios como es la falta de servicios públicos y zonas verdes», cuenta este experto. «Todo esto implica que se distribuya de forma desigual la calidad de vida urbana y así determinadas molestias vinculadas con la industria solo afectan a ciertos barrios. Esos problemas se viven en unos sitios y no en otros y no es casual que coincida con los sitios en los que vive la clase trabajadora. Si las molestias afectaran a los barrios ricos, seguramente ya se hubiera la corregido la situación o se hubiera corregido antes», menciona Sorando.
Como curiosidad: este fenómeno del asentamiento de las clases populares en la periferia de los núcleos urbanos se dio solo en Europa. En el mundo anglosajón ocurrió lo contrario: la industria se insertó en el centro de las urbes, y con ellas los obreros. Mientras tanto, los burgueses huyeron al campo, aislados de la suciedad y la contaminación. «Por eso los procesos de gentrificación, con la vuelta de las clases medias al centro de las ciudades, se han dejado sentir más en las ciudades anglosajonas», detalla.
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