Oliver, el barrio con mil caras que avanza contra el estigma: "Aquí viven los vecinos más vulnerables de la ciudad y algunos de los más ricos"
EL PERIÓDICO se sumerge en las calles de un rincón de Zaragoza que, según cuentan los que lo habitan, está evolucionando pero a dos velocidades y de forma desigual

Iván Trigo

No es fácil medir la evolución de un barrio ni decir que un distrito como es Oliver, en Zaragoza, está mejor ahora o peor que hace diez o veinte años. Y en caso de que esté mejor, también es difícil cuantificar cuánto mejor. Y lo mismo si esta peor. Lo que sí que resulta obvio es que Oliver está ahora más alejado del foco mediático, quizá en parte, apuntan algunas fuentes consultadas para realizar este reportaje, porque hay otras zonas de la ciudad acaparando titulares negativos, como es el caso de Zamoray-Pignatelli. Los que pisan el terreno a diario explican que el barrio, su barrio, tiene cosas buenas y malas y, sobre todo, es un distrito en el que conviven dos mundos: «Aquí te puedes encontrar las viviendas más deterioradas de la ciudad y cuatro calles más allá toparte con un chalé de diseño», cuenta Manuel Clavero, presidente de la asociación vecinal de Oliver Aragón.
Él es uno de los actores que en los últimos años ha lidiado con la realidad y la complejidad de un barrio con un alto porcentaje de población migrante y gitana, una realidad que Clavero describe sin un ápice de valoración por su parte. Esa es la realidad con la que hay que contar para, a partir de ahí, «buscar espacios de convivencia y relación». Ante la pregunta de si el barrio está mejor o peor que hace unos años, este histórico líder del movimiento vecinal explica lo que uno ya podía sospechar: que medir escenarios tan complejos como el formado por un grupo humano residiendo en un espacio concreto es complejo sino imposible y quizá también inútil. «El barrio ha mejorado mucho en su periferia. Se ha construido mucho y han llegado nuevos vecinos con más poder adquisitivo. Pero el núcleo original padece un proceso de abandono», sentencia.
Los indicadores permiten hacerse a la idea de cómo ha evolucionado el barrio en ciertos aspectos, aunque el hecho de que compartan distritos calles con una población con un nivel de recursos tan variado distorsiona la estadística. Según los informes de Ebrópolis, la renta media del distrito Oliver-Valdefierro era en 2017 de 11.620 euros por persona, exactamente la misma cifra que daba aquel año Zaragoza en su conjunto. En 2023, último ejercicio del que se disponen datos, esa cuantía ascendió hasta los 13.187 euros por persona, mil euros menos que la media de la ciudad. Es decir, la renta del barrio ha crecido, pero se ha descolgado del aumento producido en el resto de la capital aragonesa.

Una pintada a favor del civismo. / JOSEMA MOLINA
Y es que las desigualdades en esta zona de la ciudad son extremas y así lo demuestra el atlas de distribución de renta de los hogares que elabora el Instituto Nacional de Estadística (INE). Según los datos de 2023, el entorno que rodea a la plaza de Lolita Parra en Oliver es el rincón más pobre de la ciudad. La renta mediana allí no superaba hace dos años los 8.800 euros, a mucha distancia de otros barrios obreros y entornos similares en zonas como Las Fuentes (12.250 euros), Delicias (12.950) y Torrero (15.050). Incluso muy por debajo del que en estos momentos se considera el principal foco de degradación en la ciudad como es Zamoray-Pignatelli (12.250 euros).
Pero esos 8.750 euros de las calles que rodean la plaza Lolita Parra, conformado por el grupo de viviendas sindicales Gabriela Mistral, contrastan todavía más con la renta mediana de las calles que rodean ese entorno del Oliver. A tan solo dos manzanas hay urbanizaciones en las que la cifra escala hasta los 26.250 euros, el triple.
El estigma
El paseo de la mano de Clavero hace patentes estas diferencias. En el grupo Gabriela Mistral se evidencian las dificultades de algunas familias para salir adelante. Hay pisos sin ventanas y, al asomarse, hay viviendas que tienen mucho más de chabola que de piso. A 15 minutos de allí, en la calle Espronceda, hay chalés de diseño en una calle pacificada y limpia. «Esto también es el barrio Oliver, aunque ellos digan que viven en Vía Hispanidad», dice con sorna el líder vecinal. Y es que el estigma del barrio persiste. Lo sabe Clavero, que opina que se debe al desconocimiento – «tenemos problemas y zonas muy degradadas pero también zonas muy arregladas»– como Mari Martínez, una de las integrantes de la cooperativa de iniciativa social La Bezindalla, que ha impulsado numerosos proyectos de intervención en el barrio.
«Impartimos charlas y talleres en la universidad y cuando pregunto a los alumnos que me digan qué es lo que les llega a la cabeza cuando les hablo del barrio Oliver, siempre todo es negativo. Y eso tiene un fondo de realidad, pero en el barrio también pasan cosas buenas y eso nunca sale», explica Martínez.

En el Oliver hay aceras donde apenas cabe un peatón. / JOSEMA MOLINA
En la actualidad, la actividad de La Bezindalla en el barrio se basa en la militancia de sus integrantes ya que todos los proyectos que han iniciado se han acabado quedando sin financiación por unas causas o por otras, aunque en 2020, con el PP recién llegado al consistorio, la causa no fue otra que una decisión política. Entonces esta cooperativa se quedó sin convenio, pero no sin ganas de luchar, y eso que en algunos momentos no lo tuvieron fácil puesto que incluso una parte de los vecinos se puso en su contra alentados por aquellos que pedían mano dura y más policía para solucionar los problemas de convivencia, unos problemas que desde La Bezindalla trabajaron integrando a la comunidad en procesos participativos con el objetivo de hacerles sentir parte del conjunto. «Hay grupos que han buscado reforzar la imagen negativa del barrio para alimentar una narrativa que, al mismo tiempo, alimenta unas políticas públicas concretas», explica esta profesional del ámbito social, que junto con sus colegas de la cooperativa han iniciado multitud de iniciativas para tratar de revertir esa imagen, logrando la implicación del vecindario y la mejora de los espacios físicos pero también de los marcos mentales de la población.
A la pregunta de cómo está hoy el barrio, si mejor o peor, Martínez responde que «Oliver evoluciona porque el mundo evoluciona». «Este es un barrio que va a dos velocidades: el sector de viviendas nuevas ha evolucionado de forma positiva, pero la zona más vulnerable sigue siendo la más vulnerable de toda la ciudad», apunta.
El colegio
Pero si hay un actor en el barrio que ha conseguido repercusión por su buen hacer es el colegio Ramiro Solans, un centro educativo con mayoría de alumnos de familias migrantes y gitanas que ha conseguido mirar de tú a tú a escuelas de todo el país hasta el punto de ser galardonado con el premio Princesa de Girona Escuela 2024. Su directora es Rosa Llorente y explica las claves de su éxito: «Hemos cultivado la ética de los cuidados. Cada persona debe ser cuidada y dignificada. Los alumnos y las familias toman decisiones. Aquí todos somos importantes y eso genera sentimiento de pertenencia y eso yo creo que ha generado un cambio significativo en el barrio y que se nota en un mayor cuidado de los espacios comunes. Yo sí percibo una evolución».
Entre sus innumerables proyectos, que van mucho más allá del currículo escolar, hay programas de alfabetización y empleabilidad de las familias de los alumnos, sobre todo de las mujeres, muchas de ellas migrantes. «El hecho de que compartan espacio mamás gitanas con mamás magrebís y subsaharianas les ha permitido conocerse. Antes no se hablaban y ahora se apoyan y se quieren a rabiar», dice Llorente.
Como el resto de protagonistas del reportaje, el colegio forma parte de la mesa de agentes del barrio, una suerte de asamblea en la que se debaten y tratan de forma periódica los asuntos que afectan a los vecinos de la zona. Están también el centro de salud o el centro comunitario de Oliver, viviendas sociales del ayuntamiento gestionadas por la Fundación Adunare.
Fronteras
El barrio Oliver siempre ha sido un barrio de fronteras. Lo que hoy es el corredor verde antaño fueron unas vías de tren que ejercían de «trinchera» y separador social entre la zona más próxima a Vía Hispanidad, «donde todo está más arreglado», dice Clavero, y el resto del barrio. Su desaparición y la ejecución del parque lineal favoreció la mezcla social, pero después llegaron otras brechas que todavía hoy sangran, como el cierre del Inocencio Jiménez hace ahora once años. «Pedimos que se mantuviera con usos sociosanitarios, pero no nos hicieron ni caso», lamenta el líder vecinal. Aquello acabó con muchos bares y comercios que dependían de los pacientes del centro e hizo que cesara un flujo de visitantes que fomentaba, por parte de los foranos, que la gente conociera y se acercara al barrio. Hoy eso ya no pasa.
En el barrio, un «dodecaedro con muchas caras», hay problemas pero también ausencia de ellos. Hay muchos días en los que no pasa nada, como en el resto de barrios de la ciudad. Las aceras son estrechas en algunas calles y a veces hay robos, aunque Clavero opina que la situación «se magnifica». A diferencia del Casco Histórico, es un barrio con mucha luz en el que cerró, contra la opinión de la asociación vecinal, la comisaría de la Policía Local y la Zona Joven, «privando a los adolescentes de un espacio de encuentro y actividades diarias». «Luego nos quejamos de que los chavales se pasan el día en la calle», dice Clavero. Con un siglo de historia, el barrio que comenzó a levantar un cura mantiene calles con parcelas de adobe construidas por los primeros habitantes en los años 20 del siglo pasado, bloques de viviendas sindicales y ahora pisos blancos y negros que cuestan cientos de miles. «Tenemos focos problemáticos, eso no lo podemos negar porque sería tirarnos piedras contra nuestro propio tejado. Pero también es un barrio muy agradable», zanja.
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