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Zaragozeando

Así pudo ser La casa del Ebro: estas fueron las opciones descartadas para la sede de la CHE en Zaragoza

El edificio de la Confederación Hidrográfica del Ebro (CHE), un ejemplo de racionalismo en Zaragoza, fue elegido por unanimidad en un concurso de ideas en 1933, superando a García Mercadal

El diseño original de los arquitectos Regino y José Borobio para la sede de la CHE en Zaragoza.

El diseño original de los arquitectos Regino y José Borobio para la sede de la CHE en Zaragoza. / Archivo CHE

David Chic

David Chic

Zaragoza

Moderna, desproporcionada, cúbica, lineal, perturbadora, práctica. Así es La casa del Ebro. El edificio que acoge la sede de la Confederación Hidrográfica del Ebro (CHE) es una de las muestras arquitectónicas más significativas del pasado siglo a pesar de sus detractores. Pero pudo haber sido muy diferente, según quedó patente en el concurso de ideas que lanzó el organismo para diseñar el espacio. Los arquitectos ganadores fueron Regino y José Borobio con una propuesta que se ha convertido en el gran ejemplo del racionalismo en Zaragoza: una arquitectura pensada para organizar el trabajo, con planta en «E», estructura funcional y soluciones seriadas orientadas a la eficiencia y a la flexibilidad.

La nueva construcción comenzó a tomar forma un 13 de abril de 1933, cuando reunidos en la sede de la Delegación de los Servicios Hidráulicos del Ebro un jurado de expertos (presidido por Vicente Núñez Cabanas y compuesto por figuras de la talla de Carlos Gato Soldevila y Luis Blanco Soler) evaluó los nueve proyectos presentados para la nueva sede.

Tras dos jornadas de deliberación, el tribunal otorgó los tres premios principales, dotados con 5.000 pesetas, a las propuestas de Fernando García Mercadal, Pascual Bravo y los hermanos Regino y José Borobio. Finalmente, el jurado seleccionó por unanimidad el diseño de estos últimos para ser el que, con algunas modificaciones, ahora sirve como sede central del organismo de cuenca, inmerso en este momento en la celebración de su centenario.

La propuesta de García Mercadal para la CHE.

La propuesta de García Mercadal para la CHE. / Archivo CHE

Las 5.000 pesetas de premio que recibieron los hermanos Borobio equivaldrían hoy a unos 42.500 euros y en los años esa cantidad permitía comprar un piso de lujo en el centro de Zaragoza o varios coches de gama alta. Las obras se desarrollaron entre 1936 y 1946 con numerosas intervenciones posteriores para compensar las carencias arquitectónicas propias de la época. La memoria que presentaron arquitectos elegidos destacaba la amplitud de la fachada que daba a la entonces conocida como avenida de la República (y actualmente como paseo Sagasta). También destacaba la enorme funcionalidad del diseño, destacando la ausencia de zonas oscuras o de difícil iluminación en las áreas de trabajo. «Ningún local destinado a oficinas, despachos o dependencias tiene ventanas orientadas a poniente, dirección de los vientos fuertes dominantes en la localidad. Esta circunstancia es de suma importancia, por el efecto verdaderamente terrible del viento en los edificios de la avenida», manifiestan los arquitectos, firmes creyentes en la modernidad.

Como en la actualidad, lo que más llamó la atención a la hora de elegir el proyecto de los Borobio fueron el diseño del pórtico, con una entrada emulando los accesos para carruajes de los grandes palacios que da acceso a unas puertas giratorias que todavía se mantienen. Como signo de los tiempos en el vestíbulo se diseñó un local para central telefónica.

Un edificio muy práctico

Según explica el comisario adjunto de Aguas de la CHE, Javier San Román, también coordinador de los actos organizados por la institución para celebrar el centenario del organismo, la elección de Zaragoza como sede central de la confederación nunca fue discutida. Con el tiempo, la ciudad ha aprendido a convivir con el gran edificio y se llegó a reclamar al Ayuntamiento de Zaragoza que creara una calle en lo que ahora es el Residencial Paraíso para despejar la visión de su conjunto. «Desde el principio se quiso contar con un edificio emblemático y, aunque a muchas personas les pueda parecer aburrido, tiene el encanto racionalista de su época y además es tremendamente práctico», explica.

Este racionalismo, buscando la armonía y la funcionalidad, queda claro en numerosos detalles de la construcción. Los muros de fachadas se proyectan «en ladrillo ordinario a cara vista» por su discreta efectividad. «En efecto, no exige revestimiento, que si es de estuco, no puede considerarse cómo definitivo; y si es de piedra natural, resulta de un coste excesivamente elevado. Además, su aspecto es agradable y característico de la región», defendían en su propuesta. Y apuntaban: «No se proyecta decoración de escayola, por creerla impropia de un edificio de uso moderno concebido según normas de sencillez y utilidad».

La sede de la CHE imaginada por Pascual Bravo.

La sede de la CHE imaginada por Pascual Bravo. / Archivo CHE

El edificio está protegido como bien de interés cultural (BIC) y su valor patrimonial se completa con los bajorrelieves del pórtico, obra de Félix Burriel (1942), y con el simbólico monolito-fuente del escultor altoaragonés Ángel Orensanz, instalado en 1984.

Los otros proyectos que entraron en concurso ofrecían opciones similares apostando por un gran edificio de gran rotundidad. Por ejemplo, la planta de la sede imaginada por Pascual Bravo era en forma de hache con una entrada monumental de grandes columnas que ofrecen un aspecto más clásico frente al racionalismo extremo por el que apostaba García Mercadal. El ya prestigioso autor del Rincón del Goya o del hospital Miguel Servet ofreció una visión mucho más austera, con una planta en forma de hache tumbada, centrada en la eficiencia del espacio sin una ornamentación superflua.

Como curiosidad, el edificio de la CHE también cuenta con una zona de oficinas adosadas a una construcción lateral levantadas en 1928 por el propio Pascual Bravo, siendo la primera sede del organismo de cuenca. Se diseñó adosado a la ya existente casa Tomás Hournet, en el número 28 del paseo Sagasta. Un túnel subterráneo lo une al bloque principal.

Además, en la parte trasera cuenta con una significativa ampliación en 1993 a manos de José Manuel Pérez Latorre. En el volumen semicircular se encuentran instalados los modernos servicios de control en tiempo real de todos los cauces. Ocupa el lugar de las viejas casas de los conserjes y para lograr la tonalidad de las fachadas originales los nuevos ladrillos se cubrieron con el polvo resultante de machacar los escombros de las antiguas residencias.

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