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La evolución de Zaragoza a lo largo de los siglos: "Una ciudad no es solo un conjunto de edificios"

La reciente polémica ante el posible derribo del edificio de Correos en el futuro parque del Portillo ha despertado una ola de simpatía por la historia urbanística de la capital aragonesa en la que conviven inmuebles de gran valor arquitectónico con conjuntos urbanos residenciales más anodinos

Construcciones en el barrio de la Romareda.

Construcciones en el barrio de la Romareda. / Pablo Ibáñez

David Chic

David Chic

Zaragoza

La reciente polémica ante el posible derribo del edificio de Correos en el futuro parque del Portillo ha despertado una ola de simpatía por la historia urbanística de la capital aragonesa en la que conviven inmuebles de gran valor arquitectónico con conjuntos urbanos residenciales mucho más anodinos fruto de una época con menos recursos y necesitados de vivienda rápida. Como señalan los expertos, todos ellos merecen un trato respetuoso, pues una ciudad es algo más que un territorio caracterizado por el asentamiento humano: es el escenario el que se representan las historias de sus vecinos y en el que se mantiene la esencia del pasado.

«Da mucha rabia conocer la historia y descubrir los motivos por los que se ha perdido el patrimonio arquitectónico, tendría que haber razones de mucho peso para demoler algo», señala el arquitecto y experto en urbanismo, Miguel Ángel Jiménez. En una ciudad como la capital aragonesa, que se caracteriza por su gran extensión territorial y que goza del sobrenombre de bimilenaria, los huecos en su trama urbana son incontables. «No todo a lo largo de la historia ha tenido valor arquitectónico o estético, pero las formas más pobres y modestas aportan contexto y permiten una lectura simbólica de las épocas», expresa.

La academia ha estado muy pendiente a esta visión de la arquitectura, en muchas ocasiones enfrentada a las decisiones de los gobernantes. La serie Regeneración urbana editada por la Universidad de Zaragoza y que este año ha publicado su séptimo tomo lleva una década dedicada y comprometida con la exploración de los barrios y paisajes zaragozanos de distinta naturaleza.

Más allá de los inmuebles de tipo monumental, los datos del censo de 2021 señalan que Zaragoza tiene un parque residencial muy envejecido. Un 60% (194.780 viviendas) se construyó antes de 1980 y un 46,6% (183.480) entre 1940 y 1979, pendientes muchos de ellos de una intervención de rehabilitación. «La arquitectura pobre y modesta de esas décadas utiliza mucho ladrillo caravista que les da cierto un carácter de arquitectura tradicional aragonesa», explica Jiménez.

Convivencia de diferentes estilos en Independencia.

Convivencia de diferentes estilos en Independencia. / Pablo Ibáñez

De esos años data el edifico de Correos y otras muestras de arquitectura industrial que siempre ha sido poco valorada por lo que se han pedido «ejemplos maravillosos» en el entorno de la avenida de Cataluña o en la zona Este de la ciudad. «En muchos países se ha protegido esta tipología, pero realmente todavía necesitan más antigüedad para calar como otros conjuntos urbanos», explica.

Los edificios más antiguos y de más solera de Zaragoza se encuentran zonas consolidadas como el entorno de la Gran Vía o el paseo de la Constitución, aunque en ellas también se localicen rehabilitaciones y construcciones que fechan de 2001 en adelante.

Atendiendo a las fechas del catastro, los edificios más longevos de la urbe se concentran, lógicamente, en el Casco Histórico, especialmente en las calles del sector de San Pablo (el Gancho) y el entorno de la Magdalena. Zaragoza conserva una herencia relevante de viviendas construidas antes de 1900, muchas de ellas catalogadas. En ellas se ha producido, sin embargo, el fenómeno del fachadismo, con intervenciones que solo han respetado su aspecto interior sin atender a la distribución interna y otros valores asociados.

A partir de los años 20, la ciudad comenzó su expansión por el eje del paseo de la Independencia favoreciendo entre 1921 y 1940 la construcción de miles de nuevas viviendas que conforman la arquitectura burguesa de la ciudad. En estos años se mezclaba lo historicista con los nuevos movimientos racionalistas (ejemplificados, por ejemplo, en el gran edificio que acoge a la Confederación Hidrográfica del Ebro). Muchos proyectos de renovación urbana quedaron truncados por la guerra civil, como sucedió con la calle San Vicente de Paúl nacida de la destrucción de centenares de hogares y palacios.

Arquitectura sencilla

En la posguerra, hasta los años 50, el crecimiento se vuelve más contenido y se asienta el barrio de Las Fuentes y las primeras manzanas de Delicias, ya completamente alejadas del centro histórico. Los tranvías recorrían las calles de lado a lado y las fachadas comienzan a reflejar una arquitectura sencilla, de pisos pequeños y gran despreocupación estética.

Pese a la mala fama de estas construcciones, los arquitectos destacan que hasta muy avanzada la década de los 60 los edificios presentan buenas calidades, apostando por técnicas modernas mientras se conservaba una labor artesanal en encofrados y acabados que se ha perdido en favor de la uniformidad.

El bum definitivo de la vivienda ocurre con la llegada de los años 70, coincidiendo con el desarrollo industrial de la ciudad. Según los datos del INE, este fue el periodo de mayor expansión: Zaragoza creció definitivamente hacia el Actur (en sus fases iniciales), San José y la consolidación total de Delicias. En estos años de desarrollismo, la ciudad adquiere su escala metropolitana actual. Gran parte del parque de viviendas que define el perfil de los barrios tradicionales proviene de esta época.

Una de las fachadas protegidas en el barrio de la Magdalena.

Una de las fachadas protegidas en el barrio de la Magdalena. / Pablo Ibáñez

Desde la Escuela de Ingeniería y Arquitectura, su coordinador, Javier Monclús, destaca en la serie Regeneración urbana que resulta evidente que el impulso a los nuevos conjuntos residenciales en las nuevas periferias (como Valdespartera o Parque Venecia) o las extensiones de promoción privada (Miralbueno) «han conllevado un vaciamiento de familias jóvenes» en los antiguos barrios de Torrero, Arrabal o Las fuentes.

Esta situación se ha visto agudizada por la crisis sufrida a partir de 2008 cuando todas las ciudades se han enfrentado a la pérdida del comercio tradicional, envejecimiento progresivo, concentración de grupos sociales vulnerables, espacio público dominado por los vehículos con escasez de espacios de encuentro, problemas de accesibilidad vertical en un parque de viviendas envejecido o falta de renovación interior, advierten.

Las últimas décadas los nuevos desarrollos (entorno de la estación Delicias o Parque Venecia) apuestan de lleno por la serialidad, con las denostadas construcciones cebra que muchos expertos rechazas por su pasotismo estético.

Conservación de edificios

La academia reclama en este contexto asumir los planes de ordenación urbana como «hojas de ruta que se pueden ir revisando» de forma que se conserven los edificios como representantes únicos de cada una de las épocas de la ciudad.

«La ciudad no es solo un conjunto de construcciones», explican a la hora de valorar que su avance debe contemplar la conservación de edificios, arbolado o incluso el ambiente de las calles. Allí es donde los vecinos conviven, ocupan espacios y aportan singularidades. Es lo que se llama «la protección del paisaje urbano» según las últimas corrientes teóricas.

Un ejemplo concreto es el que se ha vivido en el barrio del Actur, un distrito que nació desolado y con pocos servicios pero que con el paso de los años cuenta con un arbolado maduro y frondoso que aportan andadores, parques y perspectivas urbanas «con una personalidad única» que no se replican en otras partes de la ciudad.

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