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Ángel Pastor, el último limpiabotas de Zaragoza: "He limpiado los zapatos del rey y de carboneros"

«El secreto de un limpiabotas es no escatimar ni en betún ni en la energía», asegura el último representante del oficio en la capital aragonesa, Ángel Casas. Antiguo rockabilly, conoció un Tubo desaparecido de barberías y cabarets

Ángel Pastor con sus herramientas de limpiabotas, esta semana en Zaragoza.

Ángel Pastor con sus herramientas de limpiabotas, esta semana en Zaragoza. / Josema Molina

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David Chic

David Chic

Zaragoza

Existe una Zaragoza desaparecida que va más allá de los edificios demolidos en las últimas décadas. Una ciudad de oficios perdidos en la que se pregonaban bloques de hielo, en la que las ortopedias ocultaban productos eróticos y en las que el sereno conocía los hábitos de todo el vecindario. Una ciudad en la que en el entorno de la calle Libertad había hasta siete salones de limpieza de calzado, barberías y cabarets. En ese mundo el último limpiabotas conoció su oficio como heredero de una saga familiar iniciada por su padre y su abuelo. La historia de Ángel Pastor siempre ha estado ligada al betún y los cepillos, aportando «reposo y conversación» a las personas que aún apuestan por llevar zapatos lustrosos.

«Le he limpiado los zapatos al rey, pero también a los carboneros que terminaban su jornada y querían acicalarse para pasar un buen rato por el Tubo», recuerda. En sus palabras siempre se cuela el pasado y los usos y costumbres que se han perdido con la llegada del Aliexpress y las zapatillas deportivas de 20 euros. «La gente ahora calza cualquier cosa, no les importa llevar petróleo en los pies», lamenta.

Esta semana ha recibido a uno de sus viejos clientes, el enólogo Balbino Lacosta, en el bar El Limpia que regenta su hermano José. Los dos ejercen como guardianes de una memoria oculta zaragozana que va desde las fiestas de swing en los años noventa en las que despuntaba Mauricio Aznar hasta los salones de baile en el Pilar. «El secreto de un limpiabotas es no escatimar ni en betún ni en la energía», señala.

Hasta los años 70 era habitual ver a un limpiador apostado en cada una de las columnas del paseo de la Independencia, así como en cada uno de los grandes cafés de postín de la ciudad. «Era un ambiente muy ordenado en el que había tiempo para todo», reconoce su clientela. Se conversaba de toros, de fútbol y algo menos de política. Se compartían copas de vino y se le daba una nueva vida a los zapatos, entonces símbolo de estatus social que todo el mundo quería lleva bien cuidados. «Independientemente de lo que cueste el par lo importante es tratarlos bien, alimentarlos y darles lustre porque forman parte de la imagen de cada persona», señala Pastor.

Ángel Pastor lustra el calzado de un cliente mientras se relaja con una copa de vino.

Ángel Pastor lustra el calzado de un cliente mientras se relaja con una copa de vino. / Josema Molina

Con muy pocos clientes, el bar San Siro es uno de los lugares fijos en los que el último limpiabotas de Zaragoza deposita su caja de betunes y cepillos. «Es una reliquia que lleva en la familia desde que Colón salió del puerto de Palos», bromea. Con las esquinas gastadas y ennegrecidas lamenta que en épocas festivas aparezcan «buscavidas» que llegan «a pedir veinte euros por sacudir el trapo» cuando todo el mundo sabe que un limpia solo cobra la voluntad. Así ha sido desde los días buenos en los que entre la calle Cuatro de Agosto y la calle Estébanes se podía «hacer mucho dinero». Comenzó con catorce años.

Ahora el oficio permanece de forma anecdótica en algunos barrios de Madrid y con algo más de arraigo en las grandes capitales andaluzas. Asume con naturalidad el ocaso de una profesión, sabiendo que también han desaparecido los telefonistas o los lecheros. «No es una pena que estos trabajos se acaben, lo cierto es que son muy duros y apenas dan para pagar la cuota de autónomo», reconoce. Por eso compagina su labor con otros oficios de verano como ejercer como guarda en el parque nacional de Ordesa.

Una vieja foto en blanco y negro en el bar en limpia lo refleja a sus dieciséis años, trapo en mano, lustrando un zapato con un firme tupé engominado. «Aquí seguiremos mientras encuentre pies», confirma.

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