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Los ladrones de Sijena

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Juan Bolea

Juan Bolea

Una de las últimas pruebas de la muy falsa interpretación de la historia llevada a cabo por la Generalitat de Cataluña, desde épocas del salpimentado Jordi Pujol hasta la del actual e insulso Salvador Illa, es su pertinaz latrocinio de símbolos ajenos, como la urraca que profana otros nidos para apoderarse de sus huevos.

Al carecer de suficientes «pruebas» culturales o artísticas como para que se les considere una potencia independiente, estos catalanes de la peor laya, los fanáticos, los sectarios, los corruptos, se han visto obligados a recurrir al robo de imágenes, a la apropiación de documentos, a la falsificación de hechos y datos con vistas a presentar ante los demás una historia milenaria de su «nación» que los homologue con Europa. Así de narcisistas y necios pueden llegar a ser.

Uno de esos clamorosos robos suyos fueron, por supuesto, las pinturas de Sijena. Que ni son catalanas ni tienen nada que ver con el Museo Nacional de Cataluña, donde, para escándalo general, permanecen ilícitamente, y en penoso estado de conservación. Quien quiera verlas tiene que pagar una entrada, cuyos retrospectivos ingresos haría bien en reclamar el Gobierno de Aragón.

El Tribunal Supremo, en cualquier caso, ha dictaminado la devolución de esos preciosos bienes a su legítimo propietario, que no es otro que el monasterio aragonés, oscense, de Sijena. Pero los responsables del museo catalán, de la Generalitat, así como unos cuantos fanáticos de los partidos independentistas se oponen al obligatorio retorno de las pinturas aragonesas a su lugar de origen, manifestándose dispuestos a luchar, a encadenarse, a ponerse en huelga de hambre, si hace falta, para evitar que dichos frescos retornen a Aragón.

¿Por qué? Porque, inconcebiblemente, sin la menor prueba, los consideran plenamente suyos, parte de una Cataluña románica capaz de asombrar al mundo con un arte que floreció en Aragón. Así, el grado de patetismo de estos pícaros, carentes de la menor ética, y bien capaces de vender a su madre a cambio de una entrada, de un arancel, llega al extremo de refugiarse políticamente en símbolos de otros que les son tan extraños como la decoración mural del monasterio sijenense.

Sinvergüenzas.

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