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Zaragozeando

Aquí había una tienda centenaria: así pierden su identidad los locales protegidos de Zaragoza

Mientras algunos negocios emblemáticos resisten el paso del tiempo, los cierres y el abandono favorecen la pérdida de elementos pratrimoniales

Los locales protegidos de Zaragoza bajan la persiana

Miguel Ángel Gracia

David Chic

David Chic

ZARAGOZA

El tramo inicial de la calle Alfonso, junto al Coso, acumula un amplio número de locales comerciales protegidos por su interés histórico y artístico. Sin embargo, en muchos casos como sucede con el número 8 (el que se encuentra haciendo esquina con la calle Cuatro de Agosto, que en su origen era pastelería Tupinamba y su actividad real hace tiempo que cesó) el paseante lo único que puede observar es su fachada con pintadas y rejas. De llamativo estilo neoclásico el local, que también acogió una tienda de regalos pero cesó su actividad definitiva a mediados de los dosmiles, convive con fachadas estandarizadas de franquicias de ropa, comida rápida y bazares de juguetes.

El ejemplo del viejo Tupinamba es significativo y evidencia cómo quince años después de la publicación de un esperado Catálogo de locales comerciales de interés histórico artístico de Zaragoza este compromiso de conservación sobrevive desactualizado y con errores significativos en sus 42 inclusiones, no tanto porque los locales se encuentran abandonados (que eso no es un problema si caen en manos de propietarios con voluntad de respetar su pasado) si no por las modificaciones que han sufrido tras rehabilitaciones muy agresivas o con poca sensibilidad respecto a la memoria que atesoran.

La zona noble de la ciudad, en el eje entre el Coso y la plaza de España, se mantienen algunos de los ejemplos más destacados de la vitalidad comercial zaragozana en el siglo XIX. En líneas generales, el grado de conservación de las fachadas protegidas es alto debido a la normativa urbanística de Zaragoza, aunque el uso interior ha cambiado drásticamente en muchos casos, pasando de negocios centenarios a franquicias o cafeterías.

Puerta cerrada del antiguo local neoclásico de la pastelería Tupinamba.

Puerta cerrada del antiguo local neoclásico de la pastelería Tupinamba. / Miguel Ángel Gracia / MIGUEL ANGEL GRACIA

Un paseo por el entorno de la Calle Alfonso I, Don Jaime I o San Vicente de Paúl permite descubrir viejos locales que reflejan usos y costumbres del pasado, como es el caso de las farmacias como la García, con una rotunda fachada de mármol, o la Mestre, en la plaza San Pedro Nolasco con una regia portada de madera y un interior en el que se conservan botámenes y mobiliario de hace dos siglos.

Entre las decoraciones significativas, de entre las que se mantiene abiertas, también destacan negocios como NovedadesParís, en la calle Torrenueva. Llama la atención su elegancia puesta al servicio de los complementos de costura, la ropa interior y las colecciones de botones.

La hostelería y la alimentación también conservan ejemplos de fachadas centenarias, artesonados trabajados y nobleza acumulada. Así se observa en espacios emblemáticos como la antigua Casa Lac (uno de los restaurantes más antiguos de España) o en la muy turística y fotografiada pastelería La Flor de Almíbar en plena calle Don Jaime.

Es notable el número de negocios que siguen manteniendo la esencia y la estética con los que el mundo les vio nacer. Es el caso, por ejemplo, de la entrañable tienda de caramelos Clemente Alcaine, en la avenida César Augusto o la casa Gavín, frente al Mercado Central, una tienda de semillas que abrió sus puertas en 2023 pasado después de cuatro años cerrada.

También como ejemplo de buenas prácticas se puede citar la evolución de la joyería Aladrén, el único negocio de todo el conjunto que figura oficialmente declarado como catalogado más allá del interés histórico artístico. La tienda fue construida en 1885 en el número 25 de la calle Alfonso, apenas veinte años después de la apertura de esta vía en el casco antiguo de la ciudad, siguiendo el estilo ecléctico e historicista propio de finales del siglo XIX y en la actualidad mantiene su imponente apariencia a pesar de haberse convertido en una cafetería. Toda la fachada está protegida por una gran marquesina metálica compuesta por piezas de fundición y cristales, que sostiene un reloj.

Aunque no cuenten con figuras de protección superior, el hecho de figurar en este catálogo implica que los propietarios tienen restricciones legales para realizar obras que puedan alterar los elementos protegidos (fachadas, rótulos de cristal pintado o los mostradores de madera tallada). A cambio, desde el consistorio se suelen ofrecer líneas de subvenciones para su mantenimiento y restauración.

Las farmacias del centro de la ciudad han sabido conservar su solera y decoración.

Las farmacias del centro de la ciudad han sabido conservar su solera y decoración. / Miguel Ángel Gracia

Por este motivo, las entidades de protección lamentan que la herramienta de control no se encuentre lo suficientemente actualizada. La Asociación de Acción Pública para la Defensa del Patrimonio Aragonés (Apudepa) denuncia que el equipo de gobierno «no ha querido actualizar recientemente un nuevo plan director para el patrimonio de Zaragoza», solicitado recientemente. «Evidentemente a nivel general la situación del patrimonio arquitectónico es cada vez es más grave en Zaragoza, bien por ruina o bien por demolición, teniendo un conjunto histórico que se deteriora especialmente en el núcleo más antiguo de la fundación romana», alertan.

Así, se pueden localizar bastantes locales protegidos de la ciudad que han tenido muy mala suerte a la hora de mantener su esencia como la tienda Libros, situada en los bajos del palacio de Fuenclara, prácticamente en ruinas a pesar de haber sido uno de los lugares emblemáticos de la transición en la comunidad.

O el número 18 de la calle Alfonso, que a pesar de mantener su aire y composición de local clásico, la invasiva marca comercial de El Rincón ha desvirtuado completamente su esencia. Ahí en tiempos estaba situada la papelería y librería Aperte, y aunque con su cierre en 1993 se conservó buena parte de la fachada y algo de la decoración interior en uno de los locales, posteriormente desapareció todo el mobiliario interior (un notable conjunto de mesas, mostradores, estanterías y lámparas de estilo racionalista con decoraciones de inspiración art-deco), que constituían un rico patrimonio «completo y de carácter singular».

En la calle Coso, a la altura del número 110, hay otro local cuya fachada está protegida y que ha sido repintada por sus actuales inquilinos, que son una cadena de papelerías. Allí estaba antes Casa Ortega, con un escaparate realizado a comienzos de 1915, destinado a ensalzar los productos de ultramarinos que se ofrecían en su interior. Hoy el establecimiento está irreconocible por fuera y a ningún paseante le saltará a la vista como uno de los lugares con más solera y memoria de la ciudad.

Fachada protegida de la mítica libreria Libros.

Fachada protegida de la mítica libreria Libros. / Miguel Ángel Gracia / MIGUEL ANGEL GRACIA

Estos ejemplos de negligencia se repiten en otras decenas de inmuebles, tanto en la calle Alfonso como con el Gran Café Niké desaparecido tras la reforma de número 16 de la calle Manifestación. En el momento de la catalogación la fachada todavía reflejaba su esencia de la primera década de 1900. El espacio en origen estaba destinado a venta de tejidos y fue convertido en la década de los años 80 en café, como heredero del mítico espacio de tertulias en la gusanera zaragozana de la calle Cinco de Marzo.

«No hay ni orden ni concierto en la conservación. La calle Alfonso máximo exponente del comercio tradicional está perdiendo a pasos agigantados su personalidad porque ya prácticamente no le quedan sino una pocas tiendas tradicionales contadas con los dedos de una mano. Y no digamos de los soportales de las casas y de las tiendas con sus anuncios de plástico de colorines chirriones y baratijas a gogó», lamenta la presidenta de Apudepa, Belén Boloqui.

Más allá de las viejas tiendas centenarias, con sus cambios de propietarios, aperturas y cierres resignados, desde la entidad de conservación también alertan del peligro de desaparición de los grandes portalones de los edificios del centro, ejemplos de otro tipo de patrimonio cultural que forma parte de la esencia de una población. «No hay contención sino un todo vale para el actual equipo de gobierno, sin embargo debería de aplicar una política activa de impulso a la conservación de todos los elementos que son identitarios con la evolución comercial de la ciudad», alertan. Estos cambios se han visto en muchos de los edificios intervenidos en los últimos años, con una protección para las fachadas pero un abandono general del resto de características constructivas que los hace especiales.

«No nos valen los catálogos obsoletos en contenido y criterios de conservación, ni tampoco aquellos catálogos de tapadera que se cambian y desdibujan a conveniencia del partido de turno que gobierne», alertan.

Oportunidad perdida

Y en este sentido recuerdan por ejemplo la oportunidad perdida que supuso la destrucción de Averly cuando sus talleres podría ser «un excelente escaparate de la industrialización en Zaragoza» durante los últimos doscientos años. «¿Por qué no se está llevando a cabo el museo a pesar de que el edificio está protegido como bien catalogado y también están catalogadas más de 150 piezas industriales de la propia metalúrgica?», expresan desde la entidad.

Las entidades piden recuperar la sensibilidad a la hora de diseñar el entorno urbano. «La educación es clave para reconocer y, en consecuencia, defender los valores inherentes a la evolución de la ciudad», inciden en una semana en la que han visto como el propio Gobierno de Aragón se ha desentendido de la catalogación de un edificio singular como es el viejo edificio de Correos del Portillo.

Volviendo a los locales comerciales, destacan por su buena conservación aquellos que han pasado a manos públicas, como es el caso de los bajos de la plaza de España reconvertidos en espacios de la Diputación Provincial de Zaragoza. O la antigua Casa Fortea, que hoy es sede del servicio de Cultura del Ayuntamiento de Zaragoza, y que forma parte del conjunto histórico de plaza San Felipe.

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