La urbanización más 'fresca' de Zaragoza que demuestra que no todo se hizo mal en los 60: "No queda un piso libre"
El grupo residencial Salduba, un oasis en Zaragoza, ofrece pisos de 50 metros cuadrados con zonas comunes ajardinadas y un sistema de recogida de basuras muy particular

LAURA TRIVES

Se trata de uno de los conjuntos urbanos más característicos de Zaragoza. En mitad del asfalto y el ruido de la ciudad, esta urbanización emerge como un oasis verde de paz. Son 200 pisos en total los que se esconden en este rinconcito de la capital aragonesa, un rincón muy bien situado cerca del parque José Antonio Labordeta, el Canal y el parque Pignatelli y muy próximo a una de las zonas más caras de la ciudad, el paseo Ruiseñores. Aquí, sin embargo, los pisos tienen 50 metros cuadrados. Pero eso no le quita ni un ápice de encanto. «Esto es una gozada, una barbaridad. No queda ni un piso libre. El último que se quedó vacío fue por un fallecimiento y a las dos horas los herederos ya tenían ofertas por la casa», explican los vecinos.
Estamos en el Grupo Residencial Salduba. Abren las puertas de esta curiosa urbanización Juan Luis Inisterra y Belinda Paricio. Él nació aquí en el año 63, en la casa de sus padres y 25 años después se compró un piso. Nada más entrar al recinto, al que se accede por la calle Fernando de Antequera, la sombra de los numerosos árboles y el aroma de las flores que adornan las zonas comunes provocan una extraña sensación de confort, como si uno viajara fuera de la ciudad de repente y se instalara en una suerte de comunidad utópica de estética sesentera ahora que está tan denostada -con motivo muchas veces- la arquitectura y el urbanismo de aquella época. «Aquí dentro hay cuatro grados menos que en el resto de la ciudad. Hay quien dice que cinco, pero yo tengo comprobado los cuatro. En cuanto giras la esquina de la calle ya se nota. Y eso es por la vegetación», cuenta él.
El grupo residencial Salduba fue promovido por Luis Madre, quien le encargó el proyecto al ilustre arquitecto José de Yarza García. Se comenzó a construir en 1958 y los primeros vecinos, de alquiler, llegaron en 1960. La urbanización consta de 10 bloques de cinco alturas, con 20 pisos en cada uno. Todos son iguales: miden 50 metros cuadrados. Las viviendas comparten unas frondosas y cuidadas zonas comunes en las que yerguen más de 150 árboles y 200 rosales, además de otras especies de plantas y arbustos.

Las zonas verdes están cuidadas com mimo y el olor de las flores. / LAURA TRIVES
Un sendero central comunica ambos extremos de la urbanización. A un lado, el agua discurre por un canal ornamental al que acuden los patos; al otro se disponen cuatro plazas cuadradas en las que se levantan unos chalés, alguno de los cuáles hoy está habitado, mientras que otros son utilizados como sede social de distintas entidades, como los Scouts de Aragón. Dentro de este vergel se conservaba además hasta hace no tanto una de las cabinas de teléfono mejor conservadas de la ciudad ya que al estar dentro de una urbanización privada apenas sufrió vandalismo. «Funcionaba perfectamente», dice Juan Luis.
Esos cuatro chalés, no obstante, no se pensaron como vivienda. O no todos. Uno se planteó como local social; otro como colegio; y otro como supermercado, un economato que estuvo funcionando durante «muchísimos años» dentro de la propia urbanización. «Abajo estaba la tienda y arriba vivían ellos. Luego se salieron fuera», explica Juan Luis, que es uno de los habitantes más antiguos del recinto, que no de los más mayores. «Estaba todo pensado para la comodidad de los vecinos, para que pudieran hacer vida aquí dentro. Solo se dejaron la piscina, que no hay, pero entonces no se llevaba», ríe el hombre, que lleva toda la vida entre estos bloques que cuentan ya con 66 años y que agradan mucho más que cualquier edificio blanco y negro de los que se levantan hoy en día.

Uno de los cuatro chalés del grupo residencial Salduba. / Laura Trives
Aunque no existen fuentes documentales que lo atestigüen, quienes conocieron al promotor de estas viviendas cuentan que se pensaron para acoger a los militares americanos que iban a venir a la base aérea de Zaragoza. Sin embargo, las instalaciones estadounidenses contaron finalmente con espacio de sobra para levantar viviendas, así que hubo que pensar un nuevo destino para los pisos del grupo Salduba. Así que se alquilaron y, más tarde, en los 80, se vendieron. Los padres de Juan Luis fueron de los primeros en llegar juntos cuando se inauguraron los pisos.
Cuando uno recorre esta urbanización, que en su día contó hasta con campo de fútbol y baloncesto en unos terrenos anexos cedidos por la CHE, la pregunta no tarda en aparecer. ¿Cuánto cuesta venirse a vivir aquí? «Se ha revalorizado de una forma brutal», explica Juan Luis. «Nosotros vendimos hace cuatro años el piso de mis padres, que era justo el de debajo nuestro. Lo vendimos por 110.000 euros. Hace poco se vendió uno, que era igual, porque son todos los pisos iguales, por 180.000 euros», dice.

Los pisos son todos iguales y tienen 50 metros cuadrados. / Laura Trives
En su momento, Juan Luis y Belinda compraron su piso en el grupo residencial Salduba por 1,5 millones de pesetas. Era 1987. Dos años antes, cuando comenzaron a venderse los pisos, los inquilinos pudieron hacerse con las escrituras por unas 650.000 pesetas, unos 14.000 euros al cambio teniendo en cuenta la inflación. «El garaje lo compramos cinco o seis años después y nos costó más caro, 2,5 millones de pesetas. Justo fue el boom entonces. Los precios han subido muchísimo», dice. Y el alquiler no se libra. Hace dos años los pisos de esta urbanización se alquilaban por «500 o 600 euros». Ahora no bajan de 800. «Como estamos cerca de la universidad interesa mucho a los estudiantes. Eso ha hecho que se revaloricen mucho», insiste.
Este grupo residencial vive por tanto su particular proceso de gentrificación a pequeña escala, lo que ha hecho también que se pierda la identidad y el sentimiento de pertenencia de una urbanización que en su día llegó a contar con sus propias fiestas. «Había barras y el ayuntamiento nos dejaba un escenario. Aquí ha actuado Marianico el Corto», recuerda él. «Yo no vivía en el grupo pero venía de joven cuando ni siquiera le conocía a él. Eran unas fiestas conocidas en la zona», añade Belinda.

Belinda y Juan Luis. / LAURA TRIVES
Por dentro, los pisos están muy aprovechados. Son dos habitaciones, una cocina, un baño y el salón, bastante amplio. Pero son 50 metros cuadrados. «Y no tenemos ni ascensor ni garajes», dice. Lo que sí que tienen es un sistema que permite tirar la basura sin salir de casa. Un conducto conecta todos los hogares. «Mira. Abres esta puerta, tiras la bolsa y cae a un pequeño vertedero donde el portero recoge la basura. Es comodísimo», zanjan orgullosos.
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