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El rincón secreto del cementerio de Torrero de Zaragoza: un jardín de la paz alemán

El camposanto de la capital aragonesa cuenta con una zona en la que se han enterrado los descendientes del país germánico que han fallecido en suelo aragonés desde hace más de un siglo

Iván Trigo

Iván Trigo

Zaragoza

Es un rincón del gigantesco cementerio de Torrero. Una puerta cerrada siempre con llave en el muro exterior del camposanto, cerca de la entrada principal, da acceso a un lugar que es vestigio de un pedacito muy curioso de la historia de Zaragoza que, no por repetido, deja de ser desconocido. Este lugar es el cementerio alemán, donde se han enterrado los descendientes del país germánico que han fallecido en suelo aragonés desde hace más de un siglo.

Las palabras Deutscher Friedhof vigilan la puerta del recinto. Significan cementerio alemán –friedhof literalmente es jardín de la paz–, pero la literalidad de la traducción se pierde para los locales, poco acostumbrados al idioma del país centroeuropeo, lo que añade misterio a este lugar que algunos relacionan directamente con la guerra civil española y la llegada de soldados germanos del ejército nazi para ayudar al bando sublevado. Sin embargo, la historia de este lugar se remonta a algunos años antes y su presente, como advierte la propia realidad de los alemanes (o hijos de) que viven en la capital aragonesa, está bastante desligado de aquel oscuro pasado.

Lo sabe bien Alberto Haering, quien es actualmente el presidente de la Asociación para la Conservación y el Mantenimiento del Cementerio Alemán de Zaragoza. No obstante, y paradójicamente, su apellido y sus orígenes no son alemanes, sino suizos. «Mi abuelo llegó en 1919 para instalar unas bovinas en una central y se quedó aquí con sus dos hijos. En 1944 mi abuela murió y la enterraron aquí. Desde entonces mi tía Gertrud fue la encargada de cuidar el cementerio y cuando faltaron pues me tocó a mí», ríe.

Hoy, Haering, arquitecto de profesión, es el encargado de un cementerio que le da bastante faena. La asociación no cobra nada por enterrarse ahí pero tampoco cuentan con servicio de limpieza ni enterramiento. Él se encarga cuando le requieren, aunque no son muchas las inhumaciones que tienen lugar en este pequeño camposanto, que se inauguró en esta parcela en 1941, si bien en 1937 ya existía un lugar de enterramiento dedicado a los hijos del país germano. «Con mi hija pequeña antes venía y quitábamos la maleza pero ahora no la engaño tan fácil», ríe. El camposanto, por cierto, está divido en dos: a un lado se entierra a los protestantes y al otro a los católicos.

Le escucha entre las lápidas Katia Fach, que es profesora de Derecho internacional de la Universidad de Zaragoza. Su padre es alemán y su madre española. «Hace unos años vino un representante del consulado de Barcelona y reunió a la colonia alemana en Zaragoza. Recuerdo que preguntó que si podía hacer algo por nosotros y entonces me acordé. Mi padre siempre se quejaba de que faltaba una de las dos placas que señalizan la entrada el cementerio –unos años antes alguien la había robado- y se lo dije. Y lo cierto es que nos ayudó», comenta. En 2024, Haering repuso la losa con la palabra Deutscher.

Los primeros alemanes que se enterraron en Zaragoza, aunque no en este mismo emplazamiento, fueron los colonos que huyeron de Camerún en 1916 cuando los ejércitos francés, británico y belga se apoderaron del hasta entonces protectorado alemán. Muchos de estos refugiados salieron del continente a través de la Guinea española hacia la península y unos 350 llegaron hasta la capital aragonesa.

Aquel 1916 se enterraron ya cuatro de aquellos refugiados alemanes y hasta 1919 se sumaron siete más, explica el arquitecto del Ayuntamiento de Zaragoza, Ramón Betrán, autor de varias publicaciones dedicadas al cementerio de Torrero. A aquellos primeros alemanes se sumaron algunos técnicos y operarios que fueron llegando en los años 20 y 30, huyendo de la crisis inflacionista que se desató en la república de Weimar tras el crack del 29. Más tarde se sumaron soldados de la Luftwaffe, la fuerza aérea de la Alemania nazi que vino a España para asistir a Franco.

No obstante, los militares que en el pasado se enterraron allí fueron exhumados para llevarlos al cementerio castrense de Cuacos de Yuste en Extremadura, donde Alemania centralizó sus enterramientos de soldados muertos en la península. Pero después fueron muchos los descendientes de todos aquellos alemanes que fueron llegando en la primera mitad del siglo XX los que se comenzaron a inhumarse en este sitio. Aquí yacen los restos mortales de Paul Recknagel, el fundador de El Tinte de los Alemanes, una empresa que todavía existe en la ciudad; parte de la familia Scheinder, cerveceros; y el señor Kurtz, quien fundó un imperio cárnico en Zaragoza dedicándose a las salchichas y otros embutidos de origen alemán. Aquí descansa también, junto a toda su familia, el cantante Mauricio Aznar, hijo de una alemana; y Carmen Sevilla, aunque no esa Carmen Sevilla que todos ustedes conocen. El último enterramiento ha tenido lugar este año y fue el de una profesora del Colegio Alemán. En total no llegan a un centenar de cuerpos.

Todas estas historias que fueron recogidas por el escritor y periodista Sergio del Molino en Soldados en el jardín de la paz las conoce también muy bien Alfonso Kurtz, hijo del ilustre carnicero. «Los primeros que llegaron no triunfaron», explica, y es que a pesar de la creencia la colonia alemana en Zaragoza nunca fue un grupo homogéneo de personas. Hoy ya no quedan tantos vestigios de aquel grupo humano que nutrió a Zaragoza de negocios que perviven, costumbres centroeuropeas y apellidos impronunciables. Pero siempre serán parte de la historia de Zaragoza.

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