Así iba a ser una plaza del Pilar a la que hubiera llegado el paseo Independencia a costa de enterrar el Tubo
El aspecto actual de la plaza del Pilar cumple 35 años, pero la mayor transformación de este entorno llegó tras la guerra civil, cuando se puso en marcha un proyecto que, de haberse realizado enteramente, hubiera transformado el corazón de Zaragoza de una manera en la que hoy ni imaginamos

Iván Trigo

Fue un 8 de mayo de 1991, hace casi 35 años justos, cuando se inauguró la nueva plaza del Pilar tras una reforma que le confirió el aspecto que tiene en la actualidad, si bien recientemente se han ejecutado algunos cambios relevantes, como la demolición del edificio del Cubo, donde se situaba la oficina de Turismo. En la actualidad, el Ayuntamiento de Zaragoza trabaja en la puesta en marcha de un plan director que tiene el objetivo de realzar todavía más el aspecto monumental del lugar con un objetivo que, según desveló la concejala de Cultura recientemente, se ha pospuesto: la declaración de la plaza como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
Quizá bastaría en realidad por que se resolvieran, de una vez por todas, los problemas de las fuentes. Y más allá del eterno debate sobre las plazas duras, el exceso de granito y la falta de verde, la realidad es que la plaza del Pilar sirve para lo que se concibió: la apertura de un gran espacio libre de coches que resaltara el patrimonio del entorno y que sirviera para acoger grandes eventos.
Pero esa reforma de hace 35 años, capitaneada por el entonces arquitecto municipal Ricardo Usón, hubiera sido totalmente distinta si la plaza se hubiera llegado a transformar tal y como se planteó después de la guerra civil. Y es que estaríamos hablando de que, en caso de que se hubiera llevado a cabo ese plan, Zaragoza no podría disfrutar del Tubo porque este no existiría. A cambio, eso sí, el paseo Independencia se hubiera prolongado hasta dar de frente con el Ayuntamiento de Zaragoza en un plan que a día de hoy cuenta con un vestigio que permite imaginar cómo hubiera quedado: la plaza que queda frente al edificio aporticado de la Delegación del Gobierno. Ese tendría que haber sido el final de la prolongación del paseo Independencia, que hubiera llegado justo hasta la bandeja frente a la casa consistorial, que comenzó a construirse en 1945.

Boceto del diseño de la reforma de la plaza del Pilar. / REVISTA NACIONAL DE ARQUITECTURA
La idea de prolongar el paseo Independencia no surgió entonces. Ya en el siglo XIX, cuando el ejemplo de París cundió en todas las ciudades europeas, se propuso en más de una ocasión. Fue entonces cuando en la capital aragonesa se abrió la calle Alfonso I derribando varias decenas de casas del Casco Histórico. Lo mismo se quiso hacer con Independencia, pero por falta de presupuesto e ideas no se pudo realizar.
El proyecto, no obstante, no se olvidó y se retomó a lo grande. Nada más comenzar la guerra civil española, con Zaragoza comandada desde el inicio por los fascistas, se puso en marcha un plan para poner la arquitectura al servicio del régimen y de aquel nuevo Estado nacionalcatólico que estaba naciendo.
Arquitectura a modo de propaganda
Se encargó entonces al arquitecto Regino Borobio un proyecto de reforma que hiciera realidad la tan ansiada y tantas veces mencionada plaza de las Catedrales, una iniciativa que supondría, por fin, la unión de las plazas de la Seo y el Pilar en un solo espacio, sin manzanas de viviendas por el medio, para realzar la majestuosidad y monumentalidad de los dos templos. Pero la cosa iba mucho más allá del aspecto estético: la plaza debía servir a la ideología del nuevo régimen.
Así, según se puede leer en un ejemplar de la Revista Nacional de Arquitectura de 1941, a los motivos que existían para unir las dos plazas y crear un gran espacio público se unían otros: «Estas razones se han intensificado hoy por el aumento evidente del tráfico y, principalmente, por el renacimiento que visiblemente se observa en la devoción nacional hacia el primer Santuario Mariano y Templo de la Raza, que se traduce en la incesante presencia de grandes masas de peregrinos».

Propuesta que se hizo del monumento a los caídos del bando sublevado. / REVISTA NACIONAL DE ARQUITECTURA
La plaza del Pilar se tenía que convertir en el símbolo del nuevo Estado y de ahí que, además de poner en valor a las dos catedrales, se planteara la «erección de un monumento conmemorativo de la gloriosa gesta nacional», un «Altar de la Patria» que en origen iba a ser mucho más grande de lo que acabó siendo. Hoy está en la entrada del Cementerio de Torrero.
Dentro de este plan se previó también la prolongación del paseo Independencia, motivo por el que se llegaron a derribar varias manzanas de viviendas en la plaza frente a lo que hoy es la sede de la Delegación de Gobierno, un edificio con pórticos en sus bajos, como ocurre en Independencia, alargando así la estética del paseo hasta el frontal de un ayuntamiento que aún no se había construido. Los arquitectos de este, Alberto de Acha, Mariano Nasarre y Ricardo Magdalena Gayán, llegaron a proponer incluso construir un gran arco que recuerda mucho a la arquitectura fascista italiana que sirviera de acceso a la plaza desde el nuevo paseo.
De todo aquello solo se hizo parte. Hoy queda el gran espacio público y los edificios de los antiguos juzgados y la residencia de las hermanas Angélicas, donde está también el colegio de los infanticos del Pilar. Edificios grises de una época gris.
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