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El convento que se construyó sobre una necrópolis islámica desconocida, resistió contra Napoleón y que Zaragoza resaltará junto al Huerva

Los muros recuperados durante las obras se incorporarán a las riberas, como vestigios de un edificio clave en varios acontecimientos históricos

Zaragoza integrará los restos del convento de San José en las nuevas riberas del Huerva.

Ruiz / G. A. Z. A.

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Alberto Arilla

Alberto Arilla

Zaragoza

Pocos lugares han vivido tantos episodios de la historia de Zaragoza como el que yace junto al río Huerva, a su paso por el Camino las Torres. Sobre esa ribera se erigió a finales del siglo XVI, en 1594, el convento de los Carmelitos Descalzos, con la advocación de San José. Hasta su derribo, en los 70 de la centuria pasada, el edificio pasó por distintas etapas. Ahora, las obras de renaturalización del entorno del Huerva han sacado a la luz sus muros, que el ayuntamiento ha decidido conservar e integrar en las nuevas sendas del río, para poner en valor un enclave emblemático por varios motivos.

Primero, porque en esos mismos terrenos han aparecido diversos cuerpos correspondientes a una necrópolis islámica que, en principio, nadie esperaba. Un cementerio que ha obligado a los historiadores a repensar los límites de Saraqusta, que pudo ser una ciudad mucho más extensa de lo que se creía hasta ahora. Pero, más allá de este descubrimiento, lo que las catas arqueológicas sí esperaban encontrar eran los últimos vestigios del convento de San José.

El edificio religioso se construyó durante la última etapa del siglo XVI, inaugurándose a finales de 1594 junto a otros dos elementos que hoy tampoco están en pie en Zaragoza. Por un lado, el puente de San José, que cruzaba el Huerva desde lo que hoy es la calle Aznar Molina, del que las obras de renaturalización han sacado parte de sus basamentos. Por otro, la puerta Quemada, uno de los accesos a la ciudad que quedó destruida durante la guerra de Independencia. Precisamente, la resistencia zaragozana contra el ejército napoleónico marcó un antes y un después para el convento, por el que pasaron más de 2.000 novicios a lo largo de su vida religiosa.

Dibujo del convento de San José, junto al puente homónimo y la puerta Quemada, del pintor francés Louis-François Lejeune (1806).

Dibujo del convento de San José, junto al puente homónimo y la puerta Quemada, del pintor francés Louis-François Lejeune (1806). / G. A. Z. A.

Durante los Sitios, el edificio fue uno de los bastiones de la resistencia borbónica, quedando gravemente dañado. Los frailes no pudieron regresar hasta 1815, aunque no fue hasta una década después cuando el convento estuvo completamente restaurado.

En cambio, la desamortización de Mendizábal de 1835 provocó un nuevo cambio sustancial en sus usos, ya que los terrenos fueron expropiados a la Iglesia y el convento se reconvirtió primero en un penal y, desde 1908, en un cuartel de Intendencia, siempre manteniendo el apellido de San José.

Operación Cuarteles

Ya en los años 70, la Operación Cuarteles fue el principio del fin de este inmueble. Al igual que otros 15 edificios militares, el Ayuntamiento de Zaragoza pasó a ser el titular del cuartel de San José. Así, mientras el palacio de La Aljafería se reinventaba como sede de las futuras Cortes de Aragón, el Parque de Artillería permitía construir el IES Ramón y Cajal o Pontoneros comenzaba un largo recorrido hasta su transformación en una residencia universitaria, el antiguo convento de San José era demolido. Esta última decisión se tomó en base a una operación urbanística que permitió aprovechar sus hectáreas para prolongar el actual Camino las Torres hasta el río Ebro y habilitar otros viales y zonas verdes.

Muros de cimentación del convento de San José hallados junto al Huerva.

Muros de cimentación del convento de San José hallados junto al Huerva. / Rubén Ruiz

Del viejo convento tan solo quedan ahora, en mal estado, parte de sus muros de cimentación. Y eso que, tal y como recogen algunos blogs especializados, el inmueble tenía capacidad para acoger a un centenar de frailes y contaba con una iglesia barroca, un claustro de dos pisos, una fábrica de paños y sayales y tres pequeñas ermitas en la zona de la huerta. Todo ello, rodeado de cuatro hectáreas de cultivo.

Así las cosas, los muros quedan como el único recuerdo de un suelo que ha soportado algunos de los principales episodios que han marcado el carácter de la ciudad y que, ahora, los ciudadanos podrán visitar.

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