La historia de Manolo, el conserje del Auditorio de Zaragoza que conoce todos sus secretos: "Conocí a Michael Jackson y a la infanta la misma noche"
El conserje Manuel Aguaviva Nápoles, de 60 años, relata sus casi tres décadas de servicio en el emblemático edificio zaragozano, desde sus inicios en la seguridad de las obras

Josema Molina

La historia del Auditorio de Zaragoza, ahora renombrado con el nombre de la princesa Leonor, está y estará ligada por siempre a la de su director artístico, Miguel Ángel Tapia, quien fue también el impulsor de la iniciativa que empujó a la construcción de este equipamiento municipal. Pero en la historia de este emblemático edificio sobresalen multitud de protagonistas sin los cuales la historia del auditorio no hubiera sido posible. O por lo menos igual. Uno de estos personajes es Manolo, el conserje. "Hala, ya me han dejado las puertas abiertas de par en par", dice con un gracejo que le caracteriza enfundado en su traje negro y con corbata naranja.
Manolo se llama Manuel Aguaviva Nápoles y tiene 60 años. Comenzó a trabajar en el Auditorio antes siquiera de que existiese como edificio, puesto que su primer trabajo aquí, cuando tenía "26 o 27 años" fue como guarda de seguridad en las obras de construcción del edificio. Su primer día, recuerda sin dudar, fue el 10 de junio de 92, cuando quedaban todavía dos años para la inauguración de las instalaciones. Y hasta ahora. "Trabajaba 12 horas de lunes a miércoles de la semana siguiente. Llegaba por la tarde y empezaba a dar vueltas cuando los obreros se marchaban de las garitas. Entonces empezaba a pasear de arriba para abajo todo el rato", recuerda. Nunca tuvo problemas ni robos a pesar de estar solo. Y nunca tuvo miedo. "Hay veces que me ponía a hablar con los gatos, eso es verdad. A mi madre le contaba que se me estaba yendo la cabeza. Pero era que me aburría", ríe.

Manolo, atendiendo el teléfono en la conserjería del Auditorio. / JOSEMA MOLINA
Cuando el Auditorio estaba todavía en obras fue cuando conoció, sin saberlo, al que sería después su jefe, "el señor Tapia". "Venía a las tres de la mañana cuando la obra paraba y estaba ya casi a punto de caramelo para comprobar que todo iba bien y para ver cómo estaba quedando todo", explica Manolo, que siguió siendo guarda de seguridad cuando se inauguró el edificio y durante "16 o 17 años" en total, recuerda. Después fue cuando se convirtió en conserje el 1 de febrero de 2009. "Mi familia me chincha porque dicen que es un trabajo muy fácil: estar sentado y responder el teléfono diciendo 'Auditorio Princesa Leonor, dígame', pero me lo dicen para que les responda alguna grosería de las mías. Hago muchas cosas, aunque callos en las manos no tengo, tampoco vamos a engañar a nadie", cuenta.
En todo este tiempo ha cosechado multitud de anécdotas aunque si se tiene que quedar con alguna es cuando vio en persona a Michael Jackson. "Estuvo aquí en 1996, en el camerino número 5, cuando vino a dar un concierto a La Romareda. Entonces vi también a la infanta Cristina que vino por el concierto aquí con sus primas, aunque no me preguntes de qué lado de la familia, pero me hizo mucha ilusión conocer a un miembro de la Casa Real", reconoce Manolo.

Manolo, en un momento de la entrevista con este diario. / JOSEMA MOLINA
Este conserje que la mayor parte de la gente que ha conocido ha sido muy simpática, como Monserrat Caballé o Alfredo Kraus. Otros, sin embargo, le han mirado por encima del hombro. "Y con eso no puedo", dice. Y en ocasiones también le ha ocurrido que ha entrado al vestíbulo del Auditorio, donde él tiene su despacho, algún famoso y él no le ha reconocido. "Me pasó con Vicky Larraz, la de Olé Olé. Entró y yo le di el alto, como a todo el mundo. Ese es mi trabajo. Y le sentó mal, claro", recuerda en tono jocoso. Su desparpajo y risa contagian.
Pero si Manolo se tiene que quedar con alguien, es con sus compañeros de trabajo. "Somos una familia. Nunca tenemos una mala palabra con el otro y si un día decimos algo que no toca no tenemos ningún problema en pedirnos perdón. He conocido aquí gente muy buena y de todos los gremios", explica. Por la mañana, cuando él llega a las 7.15 horas, con quien comparte el rato son con las mujeres que forman parte del servicio de limpieza. "Ellas me dan dulce por la mañana", ríe.
Famoso en todo el barrio
A Manolo, no obstante, le conocen no solo de puertas para adentro, sino "en todo el barrio de La Romareda". Le quedan cinco años para jubilarse y reconoce que echará de menos su trabajo porque para él es un orgullo trabajar en el auditorio. Desde su despacho atiende llamadas, resuelve dudas sobre la programación cultural y musical, recoge paquetería y resuelve problemas. "El otro día se hizo daño una mujer en un congreso y fui a por ella para llevármela a tomar algo en silla de ruedas", explica.
"Por aquí pasa mucha gente. Yo les digo de broma si no tienen otro lado al que ir y se ríen, y es que como este edificio no hay otro para celebrar conciertos y congresos", dice. "Se agradece mucho cuando termina un evento la gente manda un correo diciendo que han estado muy a gusto. Nos felicitan a todos, también a la persona que está en la puerta, ponen, refiriéndose a mí. Eso a mí me llena más que la nómina", zanja.
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