La noche zaragozana también pierde al Licenciado Vidriera
El emblemático bar, abierto desde 1987, cierra sus puertas definitivamente tras varias mudanzas y cambios en la oferta de ocio nocturno zaragozano

El Periódico de Aragón
Las noches de la calle del Temple en Zaragoza ya no volverán a ser las mismas. El emblemático bar Licenciado Vidriera ha anunciado que baja la persiana poniendo un fin definitivo a una trayectoria que ha marcado a varias generaciones de noctámbulos y amantes de la música desde finales de los años ochenta. Aunque la intención de los propietarios es negociar un traspaso, su cierre marca un punto final para un estilo bohemio de entender el ocio nocturno.
El popular licenciado, que abrió sus puertas en 1987 con un público fiel de trasnochadores, periodistas, actores, gentes del mundo de la cultura y universitarios, se ha enfrentado en estas décadas a las transformaciones en los hábitos de ocio y a un traslado forzoso tras la venta del edificio en el que se instalaron la primera vez. Los hosteleros Juanjo Hervías y Mario Meneses han sido los rostros detrás de la barra desde su origen, impulsores también de negocios hermanos como La cucaracha o el Manolo La Nuit.
Si en enero de 2017 el cierre de su ubicación original —en el estratégico chaflán de la calle El Temple con la plaza del Justicia— pareció el desenlace de su historia debido a la venta del edificio para apartamentos de calidad, la presión y el cariño de sus clientes propiciaron una resurrección. En octubre de 2018, el Licenciado reabría sus puertas a la altura del número 10 de la misma calle. Sin embargo, esta segunda etapa llega ahora a su término marcando un punto más en el renovación de la oferta de ocio nocturno del Casco Histórico.
El Licenciado Vidriera nació en la Nochevieja de 1987 y en todas sus noches ha apostado fundamentalmente por el pop-rock español de los años 80 y 90, congregando a una clientela fiel de entre 30 y 50 años que fue creciendo y madurando junto al local con nombre de inspiración cervantina. Tras el traslado, el nuevo espacio, más amplio y completamente insonorizado para respetar el descanso vecinal, logró mantener su esencia gracias a sus tonos verdes, sus maderas y el imponente mural de 14 metros pintado por la ilustradora Débora Aguelo con la colaboración de Eduardo Allué. Allí todavía figura el lema que ha presidido sus noches: "Que cuando peor estemos, como ahora".
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