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Zaragozeando

El triste adiós al ladrillo zaragozano: así fue la moda madrileña que cambió para siempre el aspecto de la ciudad

La especulación inmobiliaria y la influencia de las capitales europeas transformaron la estética de la capital aragonesa a partir del siglo XIX, ocultando las construcciones tradicionales

Una de las viejas casonas tradicionales aragonesas que se conservan en Zaragoza.

Una de las viejas casonas tradicionales aragonesas que se conservan en Zaragoza. / Laura Trives

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David Chic

David Chic

Zaragoza

Zaragoza se dibuja en ocasiones como una ciudad que se devora a sí misma. Su patrimonio arquitectónico ha sufrido golpes, guerras y derribos favorecidos por la especulación inmobiliaria. Se han planteado nuevos barrios y promociones de viviendas sin tener en cuenta la herencia histórica, sin prestar demasiada atención a los criterios estéticos. Eso la ha convertido en una capital desdibujada, en la que se superponen tramas urbanas sin un criterio común. Los colectivos de defensa del patrimonio lamentan que con el paso de las décadas no se ponga fin al descontrol. Y al mismo tiempo los historiadores tienen claro el momento en el que situare el gran cambio que transformó la capital, cuando la vieja Cesaraugusta dejó de ser una ciudad de ladrillo tradicional y agraria a buscar una estética más «europea».

El arqueólogo e historiador, José Luis Ona defiende el valor simbólico, cultural y estético que tiene la estética de la «verdadera Zaragoza antigua», una que solo puede observarse en viejas caseronas aisladas o en algunas zonas del barrio del Arrabal. «Fue un cambio que tuvo varias causas», señala, poniendo como principal motivo el necesario saneamiento de las estructuras tras la guerra de los Sitios. «Las fachadas quedaron llenas de heridas y balazos», asume, con algunos casos que se han conservado como reliquia, como pasas en las calles Palomar o Viola.

En esa ciudad de ruinas los vecinos comenzaron a enlucir fachadas y se generó una corriente de opinión subterránea y destrucción que cristalizó hacia 1860. En esa fecha, en una guía de viajes de Zaragoza, escrita de forma anónima por alguien de las elites culturales, hay un epígrafe concreto que habla de lo «fea» que era la ciudad antigua con sus viejas construcciones de ladrillo. «Era una opinión compartida por la burguesía que derivó, en la segunda mitad del XIX, en un cambio radical de la piel de la ciudad. Las altas instancias culturales se posicionaron a favor de borrar ese pasado escrito en barro», explica Ona, que ha estudiado a fondo aquella vieja estética tratando de recuperar el rastro de las casas en las que vivió Francisco de Goya.

Un aspecto de la estética que tendría toda Zaragoza en los tiempos de Goya en la actual calle Palomar.

Un aspecto de la estética que tendría toda Zaragoza en los tiempos de Goya en la actual calle Palomar. / Laura Trives

Este desprecio cultural al ladrillo tradicional y a una ciudad de aspecto rural (hogar de dos alturas con grandes portones, granero y bodega, a imagen de las cabeceras de la ribera del Ebro) tiene que ver con la implantación de la España liberal y su nuevo modelo de organización, convirtiendo a Madrid en el gran referente político y social. Esto desencadenó un influjo estético en cadena donde París inspiraba a Madrid y Madrid, a su vez, guiaba a Zaragoza, imitando la tendencia de las ciudades francesas de replicar su propia capital. De este modo, Zaragoza «comenzó a adoptar una estética de corte madrileño completamente ajena a su identidad tradicional», sumándose así a una corriente homogeneizadora que buscaba reflejar la modernidad decimonónica impuesta desde el centro de la península. «En aquellos tiempos el 90% del casco histórico lo conformaban estas casas modestas, que son las que realmente dan personalidad y ambiente a una ciudad», indica el historiador.

El mejor ejemplo sería fijarse en Toulousse, una capital que supo está mucho mejor conservada porque sus habitantes «siempre estuvieron orgullosos de su arquitectura y de su ladrillo rosa». En Francia han sido más conservadores con su patrimonio.

Además de las modas, y como sucede con muchos de los derribos más recientes (que han sido mucho más agresivos con la historia de la ciudad), también hubo razones económicas detrás de esta transformación de los edificios. Ona recuerda que en aquellos años Zaragoza todavía no había dado el salto de superar el límite de sus antiguas murallas medievales y como la población crecía y tenía que ubicarse dentro del casco antiguo fue necesario «renovar las viviendas».

Balcones modernos

Por ese motivo, las viviendas unifamiliares, con sus aires palaciegos, se mantuvieron en pie aunque transmutados en casas de pisos para albergar a cuatro, cinco o seis familias. Algo que tiene su reflejo en nuevas aberturas en las fachadas para dejar entrar la luz en las nuevas residencias. Y por motivos fiscales, para regularizar los nuevos hogares, la fachada antigua quedaba oculta detrás de un muro horadado con balcones modernos, enlucido y pintado «a la madrileña».

La recuperación del ladrillo y el esplendor del siglo XVI (aquella arquitectura que veían los viajeros de la época y los maravillaba, llegando a bautizar a Zaragoza como la Florencia Ibérica) ha sido lenta y costosa y menos valiente de lo que podría parecer, a pesar de las muchas referencias a la misma que quedan en los archivos. Ona pone como modelo la restauración de un palacio en la calle Argensola que vuelve a tener su antigua piel o algunas obras en la calle Manifestación, que se terminaron hace un par de años. «Hay muchos más ejemplos, pero no los vemos porque siguen enterrados bajo la capa del siglo XIX», lamenta.

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