Una vida durmiendo entre cartones en Zaragoza: "Estamos aquí porque no tenemos otra solución. Una habitación es muy cara"
EL PERIÓDICO acompaña a Cruz Roja en una de sus rutas semanales en la que conversan con sintecho y atienden un fenómeno, el sinhogarismo, cada vez más extendido. Estas personas ven el proceso de regularización de migrantes una oportunidad

Miguel Ángel Gracia
Cada día de la semana, Cruz Roja carga de comida una o dos furgonetas y recorre una zona de Zaragoza para acompañar a las personas sin hogar. EL PERIÓDICO se une a la entidad en una de sus rutas. La capitanea Beatriz, trabajadora social, y le apoyan dos voluntarios. Entre los tres reparten comida, agua y café y en una sola noche conversan con al menos ocho personas, algunas conocidas y otras no, para atender un fenómeno, el sinhogarismo, cada vez más extendido. Beatriz se asegura de que todos los que iniciaron el proceso de regularización sigan con él y que aquellos que no lo han hecho comiencen de inmediato porque, afirma, «para ellos es tener la oportunidad de trabajar, que es a lo que vienen».
EL PERIÓDICO se une a Cruz Roja en una de sus rutas para acompañar personas sin hogar. / Miguel Ángel Gracia
«Quiero trabajar, porque sin eso... no hay nada. Siempre lo he querido»
Hace tres años que Abdulaziz (1983), de origen marroquí, llegó a Zaragoza. Antes había vivido en otros puntos de España. También de Europa. Porque hace ya quince que salió de su país, donde todavía vive su hija. Ahora, su empadronamiento le registra como residente en una zona del barrio Delicias. Es allí donde se refugia, junto a otras personas sin hogar, entre cartones y mantas. Un colchón le sirve de cama.
«La semana ha ido bien, mitad mitad», cuenta. Recibe clases de español en la fundación San Blas, aunque en los últimos meses ha estado ausente y hace tiempo que no se deja ver por ahí. «¿Por qué dejaste de ir?», le pregunta Beatriz, la trabajadora social de Cruz Roja que para él es ya una vieja conocida. Se encoge de hombros. Unas y otras circunstancias, intuyen las partes.

Abdulaziz, de pie, tiende la mano y conversa con otra persona sin hogar que duerme junto a él después de haber recibido la visita de Cruz Roja / Miguel Angel Gracia
Aunque ha dejado de ir a San Blas, Abdulaziz se organiza para comer algo cada día. También ha gestionado el proceso de regularización con ayuda de una abogada. «¡Ay!», dice Beatriz al conocer este último dato. «¿Cuánto te cobra?» le pregunta. Él no ha pagado nada. Y ella respira aliviada. Explica que realizar la solicitud para tener papeles es un trámite gratuito.
Beatriz repasa con Abdulaziz el proceso. Le pregunta por el informe de vulnerabilidad, por algún documento o certificado que demuestre que hace tres años que vive en Zaragoza, por la fecha del padrón, por el certificado de antecedentes penales. Él responde que sí, que tiene el documento, que sí, que tiene justificantes de entidades como El Carmen y que se empadronó hace dos años y medio. Es la última pregunta la que tiene una respuesta distinta. «Estoy esperando al consulado», desliza. Comparte que su abogada le ha informado de que en 15 días tendrán noticias de extranjería.
El siguiente paso para Abdulaziz será presentar la solicitud para la regularización, algo en lo que también le pueden ayudar desde Cruz Roja al ser entidad colaboradora con el proceso. Ansía que llegue ese momento y que todo salga correcto.
«Yo quiero trabajar porque sin trabajar... no hay nada… la vida…», dice, y reafirma que «siempre» ha querido trabajar. Pero hace tres años que Abdulaziz duerme en la calle.
«Estamos aquí porque no tenemos otra solución. Una habitación es muy cara»
Azizi conversa con otras personas sin hogar ante sus paredes de cartón. La imagen recuerda a la de un verano con abuelas tomando el fresco a las puertas de sus casas. La diferencia es que él no tiene casa. Se ha hecho su hueco entre colchones, somieres, muebles, y sus vistas son a la estación Delicias. Pero no es una casa.
«Llevamos aquí nueve meses», cuenta Azizi. Es de origen marroquí y conoce poco español. «¿Fuiste a la cita?», le pregunta Beatriz, que es trabajadora social de Cruz Roja. Sí, fue. Está en pleno proceso de regularización.

Refugiado entre somieres y cartones, Azizi cena la comida que le han llevado los voluntarios de Cruz Roja. / Miguel Ángel Gracia
Junto a Azizi hay dos personas más, un marroquí y un argelino. Beatriz se pone manos a la obra y les da fecha y hora con la entidad para que ninguno se quede sin la oportunidad de pedir los papeles.
Khaled (1980) también es marroquí, sabe algo de español y tiene un buen dominio del francés y del inglés. Opta por este último idioma para compartir su situación. «No tengo papeles y no tengo derecho a trabajar aquí», expresa. Cuenta que tiene experiencia como fontanero y electricista, pero desde que llegó a España hace dos años la situación le ha resultado «difícil». «Trabajando he estado muy contento. Cuando pasas el día sin trabajar...», expresa.
Khaled se ha encontrado con otra dificultad en Zaragoza, que asocia a estar empadronado en Épila. «No tengo derecho a ir a asociaciones», afirma. Beatriz le explica que no es así, que aunque no puede acudir a los recursos municipales, sí puede recibir ayuda en las entidades. «¿Puedo hacer mi empadronamiento con vosotros? Quiero, quiero. Si puedo hacerlo, bienvenido», expresa. Harán la solicitud y tendrán una respuesta en tres o cuatro meses. «Así es como funciona», apunta Beatriz.
Varios minutos después, Khaled dice: «Espero, después de dos meses, tener mis papeles, trabajar, tener una habitación y participar en la economía española». Lamenta no tener ahora «muchas cosas positivas» que contar. «Estamos aquí porque no tenemos otra solución, porque una habitación es muy muy cara para nosotros», señala. Habla por él y por quienes duermen a su lado.
Por eso, deposita su confianza en el proceso de regularización. «Es muy peligroso para nosotros trabajar de electricistas sin papeles», expone. El grupo vuelve a sus cartones.
«Me robaron el acordeón en la calle»
Sonríe. Sonríe mucho. Hay ilusión en la conversación. Hacía tiempo que los voluntarios de Cruz Roja, que salen todos los días de la semana de ruta, no veían a N. «¿Qué tal va con los vecinos?», le preguntan. «Bien, bien», responde.
N. duerme ha cambiado de sitio en el que pasar la noche en los últimos meses. Durante ese tiempo se ha cortado el pelo y ha echado de menos su acordeón, que siempre ha llevado consigo. «Me lo robaron en la calle....», cuenta. Los voluntarios de Cruz Roja recaudaron dinero y le compraron uno nuevo. Pero se lo volvieron a robar. Aprendió a tocar el acordeón en el colegio. Fue miembro de una orquesta y tocaba en grupo. «Aquí (Zaragoza) he tenido que tocarlo yo solo», dice.
Hace veinte años que N. vive en Zaragoza. Desde hace un tiempo lo hace con la casa a cuestas, entre muchas mantas y sin su fiel instrumento, que espera poder recuperar. N., de origen europeo, no ha tenido que adentrarse en el proceso de regularización. Sus papeles están en orden, pero encontrar trabajo a sus 60 años es un reto. Tampoco tiene familia. Pero sonríe. Sonríe mucho.
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