El bombero que rescató a los pasajeros del autobús caído en el pozo de San Lázaro en 1971: "No teníamos formación, pero era lo que había que hacer"
Los equipos de emergencia utilizaron unas precarias barcas para acceder al vehículo en el que fallecieron diez de sus 52 viajeros, todos ellos emigrantes que volvían de Suiza para pasar las navidades con su famila

Jaime Galindo

Una noche de niebla, de mucho frío y una gran riada en el Ebro. Esa madrugada, un 20 de diciembre, un autobús de pasajeros que hacía el recorrido entre Barcelona y Zaragoza perdió el control en la entrada del puente de Piedra. Golpeó contra el lado derecho y finalmente se precipitó sobre el cauce, justo al lado del famoso pozo de San Lázaro, tras derribar la barandilla del lado izquierdo. "Era el peor momento para que pasara", recuerda el bombero jubilado Jesús Díaz al evocar aquella noche de 1971.
"El primer aviso nos llegó por los jóvenes que rondaban por el cuartel de Bomberos, el de la calle Ramón y Cajal, pero no se le dio importancia porque la zona era frecuentada por mucha gente que estaba de fiesta. Sin embargo, pocos minutos después sonó el teléfono 22 22 22, la línea directa con los bomberos para la que no había que marcar prefijo, y nos llegó la comunicación en serio: ha caído un autobús al río", recuerda. En aquel momento tenía 23 años y solo llevaba unos meses en el cuerpo de bomberos. Fue el más joven dentro del primer destacamento que con un coche ligero, dos barcas y un camión se acercaron al lugar del suceso.
La niebla y la noche impedían hacerse una composición del lugar. Pero todos se temían lo peor, pues las leyendas sobre el pozo de San Lázaro ya circulaban de boca en boca en aquellos años. "Vimos un autobús volcado de costado, todavía no sumergido del todo, con mucha gente encima, serían unos treinta pero no lo recuerdo", explica. En ese momento lanzaron desde el embarcadero de Helios una precaria barca de los recientemente creados grupos de rescate acuáticos. "No teníamos formación, pero era lo que había que hacer", señala. De hecho, el propio servicio de buceadores que llegaría unas horas más tarde se había puesto en marcha en el 67.
"Vimos un autobús volcado de costado, todavía no sumergido del todo, con mucha gente encima, serían unos treinta pero no lo recuerdo"
El acceso al autobús se realizó por el segundo ojo del puesto y gracias a una pértiga pudieron comenzar el rescate de las personas que se encontraban en el lateral del bus, que emergía poco más de un metro. El agua sucia y oscura entraba por la parte trasera del vehículo y salía por la destrozada parte delantera atravesando su interior a gran velocidad. En esas horas ya había arrastrado gran parte de los equipajes y al menos nueve pasajeros (cinco de ellos niños) que no pudieron ser localizados. "No se veían nada en absoluto", lamenta el bombero, que participaba en uno de sus primeros rescates en envergadura.

La promoción de bomberos de Jesús Díaz. / El Periódico de Aragón
"Ellos se sentaban sobre el chasis destrozado del autobús cuando yo les cogía de debajo de los hombros y los acercaba a la barca para que pudieran ser evacuados a un vado cerca de la calle Jesús", evoca. El motor de las zódiacs apenas podía remontar la corriente y tenían que ser ayudados por las pértigas y cuerdas. Díaz describe que los rescatados estaban "asustados y muertos de frío". En los primeros compases del rescate solo la luz de los focos del camión facilitaba la operación. "Acabaron llegando el resto de los compañeros que estaban en el parque de Bomberos y tampoco se daba abasto", afirma.
En total salieron con vida 42 viajeros, emigrantes, la mayoría españoles que trabajaban en Suiza y que volvían a España para pasar la Navidad en familia pues el destino final del vehículo siniestrado era Badajoz. "Fueron más de dos horas de trabajo hasta cerca de las cinco de la mañana", completa la historia el bombero jubilado en 2009. Con el amanecer los buzos pudieron sacar el cuerpo del conductor, que quedó atrapado dentro del vehículo enganchado a los pedales. Las pertenencias fueron apareciendo en los días posteriores a la tragedia en las orillas.
La expectación en la ciudad era enorme y durante días los zaragozanos se acercaban a la baranda rota para ver de cerca el lugar de la tragedia. Además, se intentaron los primeros movimientos para sacar del cauce la chatarra, algo que costó más de diez años después de que este cayera definitivamente al pozo de San Lázaro tras uno de los torpes intentos iniciales por la dificultad de instalar máquinas y grúas de gran tamaño.
Díaz recuerda este suceso como el primero al que asistió y uno de los más complicados. En sus años de servicio, en todo caso, también acudió al incendio del hotel Corona de Aragón o al accidente de tren de Gallur. "He pasado por momentos muy complicados, pero siempre he tenido la satisfacción de haberlo hecho lo mejor que he podido", relata. Llegado a Zaragoza desde Guadalajara en el año 65 para hacer el servicio militar, por influjo de unos primos que ya habían aprobado la oposición a bomberos decidió entrar en el cuerpo "Me costó dejar el servicio activo", reconoce con el paso de los años.
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