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ZARAGOZEANDO

Las manos que reparan las vidrieras más hermosas de Zaragoza: "La artesanía es dura, requiere muchas horas de trabajo"

En el taller de Cristacolor se mezclan faroles del Rosario de Cristal, puertas de cocina, escenas religiosas y retratos del Mandaloriano con Grogu. El arte del vidrio puede con todo.

Antonio Navarro es el responsable del taller de vidrieras Cristacolor.

Javier Río

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David Chic

David Chic

Zaragoza

Miguel de Cervantes le hizo pensar a uno de sus personajes que era un ser formado por decenas de cristales engarzados. Y lo sacó a pasear por las calles opinando sin filtros sobre boticarios, sastres, titiriteros o cornudos. Entrar en el taller de Cristacolor también implica multiplicar los puntos de vista. Así, en sus rincones se mezclan faroles del Rosario de Cristal, puertas de cocina o retratos del Mandaloriano con Grogu. Quién lo diría para un negocio con casi noventa años de historia.

La mayor parte de las vidrieras de Zaragoza se han construido o han pasado por este taller, en la actualidad abigarrado en la calle Toledo. El negocio con el nombre de Artes Decorativas Navarro llegó a tener un taller de 30 personas en los años cuarenta cuando afrontaron algunos de los vitrales decorativos más emblemáticos de la ciudad, como los de la propia casa consistorial.

Así lo explica Antonio Navarro, la tercera generación al frente del espacio. En aquella primera época, con sus almacenes situados en la calle Sepulcro, llegaron a ocuparse de retablos completos con sus correspondientes tallas, pinturas, esculturas o restauraciones. Algunos de aquellos elementos decorativos todavía ocupan el taller actual, que también ha pasado por la calle Almagro, dedicado exclusivamente a la realización y restauración de vidrieras.

Uno de los faroles del taller de vidrieras de Zaragoza.

Uno de los faroles del taller de vidrieras de Zaragoza. / Javier Río

Lo grande y lo pequeño. Lo colorido y lo opaco. La luz y los cristales como forma. Como silueta, como método para cambiar de estado de ánimo. Un reto de paciencia, precisión y conocimiento. "La artesanía es dura, requiere muchas horas de trabajo", reconoce Navarro. Por ejemplo, en este momento se encuentra trabajando en la iglesia del Perpetuo Socorro. Allí repara, fragmento a fragmento, catorce grandes ventanales que desbordan la iluminación del interior del templo.

No es el único encargo sacro que ha abordado en los últimos años, pues por sus manos también han pasado ventanas del Pilar, los faroles del Rosario de Cristal o decoraciones de capillas. En la obra civil han restaurado los 24 ventanales de gran tamaño de la Cámara de Comercio, o la Audiencia Provincial o el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza, entre otros muchos.

Un detalle del taller de vidrieras de Zaragoza.

Un detalle del taller de vidrieras de Zaragoza. / Javier Río

"Siempre que se pueda tratamos de mantener los elementos originales", señala sobre mesas llenas de hilos de plomo, siluetas de vidrio y herramientas. Hasta hace poco todos los trabajos han sido manuales, pues el crear estos rompecabezas de colores no permitía ningún tipo de automatización. Ahora, únicamente funcionan con luz eléctrica algunos hornos para secar los esmaltes de color que se aplican a los vidrios y las máquinas de soldar. Poco más.

Riesgo de extinción

Navarro asume que los artesanos en su campo están en riesgo de extinción. Ya no existen licenciados en vidriera. Cada vez hay menos obras nuevas que crear, aunque en el taller no faltan encargos. "La gente no elige esta decoración porque no la conoce, todavía se asocia mucho a lo religioso, aunque a veces se pueden diseñar hasta modelos que no tienen color", manifiesta. La presencia de estos elementos decorativos en la ciudad es más elevada de lo que pueda parecer a simple vista. Geométricas, modernistas, abstractas. Es cuestión de fijarse. En una farmacia, en alguna taberna. En comunidades de vecinos. En mercados o en hoteles.

Por el momento en su propia familia no se ha generado una vocación que garantice el relevo, algo que al artesano tampoco le preocupa demasiado. "Yo he entrado en esto desde pequeño, viendo a mi abuelo y a mi padre, cuando bajaba al taller a dibujar y a pintar, poco a poco lo vas viendo y lo vas mamando, porque si no es complicado", explica. Ahi llegan los trucos, el aprender el oficio. La formación constante. "Pasa en muchos sectores, también son difíciles de encontrar los ebanistas", indica.

El diseño de cada una de estas obras de arte va "de lo más sencillo a lo más complicado". Se comienza con un boceto que recoge la idea del cliente. Una virgen o un Super Mario. Tanto da. Luego se eligen cristales y colores. Todos los materiales llegan de Alemania o Estados Unidos, pues en España la industria del vidrio ya se ha perdido. "Muchas de estas piezas se han soplado a mano y son verdaderas joyas por sí mismas, son carísimas", señala. El resto del trabajo es diseñar la estructura con el estaño y el plomo (pensadas para que sean capaces de aguantar el peso y ofrecer una superficie con fuerza, algo que requiere técnica, conocimiento y pericia) al tiempo que se cortan y se engarzan cada una de las piezas. «Lo hacemos todo a mano, nadie que ha visto este taller se queda indiferente», resume.

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