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El Portillo, la historia de la cicatriz que abrieron las vías de tren en Zaragoza y que está costando suturar

El proyecto para reurbanizar los antiguos terrenos ferroviarios del Portillo en Zaragoza avanza, cosiendo una herida urbana que se abrió hace décadas.

La historia de la cicatriz del Portillo, en Zaragoza

GRAN ARCHIVO ZARAGOZA ANTIGUA

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Iván Trigo

Iván Trigo

Zaragoza

Las máquinas trabajan a destajo en el Portillo, en Zaragoza, sobre unos suelos que un día fueron una playa de vías férreas sobre las que circulaban los trenes que traían y se llevaban a miles de pasajeros hacia y desde la capital aragonesa. Esta gigantesca parcela, de más de 100.000 metros cuadrados, fue en su día el principal nodo ferroviario de la ciudad, pero con la construcción de la estación Delicias se convirtió en un enorme hueco que llenar en el corazón de la urbe. 20 años después por fin han empezado las obras para su reurbanización, pero ya son varios los inconvenientes surgidos a lo largo del camino para coser una cicatriz que comenzó a abrirse hace décadas.

Y es que lo que hoy son los suelos del Portillo, frontera entre los distritos de Delicias y Centro, un día fue el extrarradio de la capital aragonesa, de ahí que se decidiera construir allí una estación. Y es que no fue la del Portillo, que todavía sigue en pie a la espera de que sea demolida si los vecinos no lo impiden, la primera terminal que habitó la zona. Ya en el siglo XIX se levantó un edificio que servía para recibir a los pasajeros de la línea que unía la capital aragonesa con Cariñena en unos terrenos que eran propiedad de una orden militar y que se conocían con el nombre de Campo Sepulcro, una zona en la que durante la guerra de la Independencia tuvo lugar la batalla de las Eras en 1808.

Y fue ese nombre, el de Campo Sepulcro, el que adquirió la primera gran estación que se construyó sobre estos suelos para dar servicio a la línea que unió Zaragoza con Madrid. El trayecto se inauguró en los años 60 del siglo XIX, pero se sirvió de un edificio provisional hasta que se construyó la terminal definitiva a finales de aquella centuria.

Construcción de la estación del Campo Sepulcro en 1895.

Construcción de la estación del Campo Sepulcro en 1895. / GRAN ARCHIVO ZARAGOZA ANTIGUA

La estación, también conocida como de los "Directos" o de la línea MZA, se emplazó como quien dice en medio de la nada pero pronto le surgieron vecinos. Dada la facilidad que proporcionaban los trenes para movilizar mercancía la industria comenzó a crecer en el entorno del Campo Sepulcro. Así nacieron la fábrica de chocolates Casa Orús y la fundición Averly, que ya existía anteriormente pero que se mudó a esta zona al calor de la estación. Lo mismo ocurrió con los enormes talleres de la fábrica de Carde y Escoriaza, que permaneció ayer entre los años 20 y los años 70, donde se fabricaban precisamente ferrocarriles y tranvías. Y conforme la ciudad comenzó a crecer se rodearon también de otro tipo de equipamientos como el colegio Joaquín Costa y la sede de la Hermandad del Refugio, edificios que se levantaron hacia los años 30 del siglo pasado.

Así, pronto, la estación del Campo Sepulcro se convirtió en uno de los principales nodos de comunicaciones para los zaragozanos. Desde allí partían trenes hacia Madrid y llegaban desde la capital española con cientos de pasajeros. Dada la localización de la ciudad aragonesa, asimismo, la terminal sirvió también como un importante punto de llegada de tropas durante la segunda guerra mundial. Hasta Zaragoza llegaban para encontrarse los voluntarios de toda España para después dirigirse al frente ruso para luchar con los nazis bajo la bandera de la División Azul. Y era el Campo Sepulcro el punto de llegada de todos esos soldados.

Estación del Campo Sepulcro en 1941, plagada de falangistas.

Estación del Campo Sepulcro en 1941, plagada de falangistas. / GRAN ARCHIVO ZARAGOZA ANTIGUA

Con el crecimiento de la ciudad se hizo evidente la necesidad de ampliar las instalaciones y de centralizar las conexiones ferroviarias en una única estación y así se construyó en la misma parcela del Campo Sepulcro la terminal del Portillo, que se levantó en los años 70 para modernizar también el servicio. La playa de vías comenzó a ampliarse con el tiempo hasta llegar a haber una decena de andenes que ya no solo comunicaban Zaragoza con Madrid sino con toda la red ferroviaria española y aragonesa.

Y ahí siguió la estación mientras la ciudad comenzó a evolucionar y los límites del Centro y Delicias cercaron los terrenos ferroviarios. La terminal quedó encajonada y las vías férreas que conectaban con los andenes comenzaban a estorbar en una ciudad en la que el tráfico crecía y que pretendía modernizarse mientras se acercaba el siglo XXI. Así, con el diseño de la línea de alta velocidad y su llegada a Zaragoza, se decidió volver a sacar a la estación fuera de la ciudad, donde antaño estaba hasta que la urbe la engulló.

Vista aérea de la estación del Portillo a pleno rendimiento.

Vista aérea de la estación del Portillo a pleno rendimiento. / GRAN ARCHIVO ZARAGOZA ANTIGUA

Se construyó e inauguró la estación Delicias en 2003 y se creó la sociedad Zaragoza Alta Velocidad para darle salida a todos los suelos que habían quedado afectados por las antiguas infraestructuras ferroviarias, muchas de las cuales se eliminaron. Así el Portillo quedó convertido en un erial en el que sobrevivió la propia estación, que ya no servía para recibir viajeros, y la antigua oficina de Correos.

Al poco, aquella enorme cicatriz comenzó a recibir puntos de sutura. El primero fue la nueva estación del Portillo para Cercanías que se inauguró al calor de la Expo 2008. Más tarde llegó el CaixaForum, en 2014, y por el camino quedaron ideas que nunca llegaron a materializarse como el teatro de la SGAE, un enorme complejo cultural que incluía auditorio, un teatro de ópera y hasta un museo del rock. Todo estaba valorado en 40 millones y, por lo que sea, nunca se hizo.

Así llegó el Portillo hasta nuestros días cuando por fin el Ayuntamiento de Zaragoza ha conseguido convencer a Zaragoza Alta Velocidad para ejecutar unas obras que van con retraso y que tienen sobrecoste pero que coserán una cicatriz que todavía tendrá un punto de sutura por dar: la apertura del túnel carretero.

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