El desaparecido edificio de Zaragoza que fue diseñado por un discípulo de Gaudí que llegó a dirigir las obras de la Sagrada Familia
El colegio Jesús y María fue construido en la posguerra y funcionó hasta finales del siglo pasado, cuando fue abandonado, situación en la que estuvo hasta su derribo en 2025

EL PERIÓDICO

La piqueta llegó en febrero de 2025. Con recursos de las asociaciones patrimonialistas mediante, finalizó su trabajo a mediados de año. Y, a partir de 2027, el suelo que ocupaba se reurbanizará para construir 169 viviendas libres, un equipamiento público y un nuevo viario peatonal que conectará la avenida Goya con la calle Cortes de Aragón. Es la historia más reciente del colegio Jesús y María de Zaragoza, que cerró sus puertas a finales de los 90 tras una etapa educativa que comenzó en la posguerra.
El diseño del edificio corrió a cargo del arquitecto catalán Isidre Puig i Boada, discípulo de Antoni Gaudí y con un papel relevante, en los 60 y en los 70, en la construcción de la Sagrada Familia de Barcelona, muy de actualidad tras la visita del papa León XIV, quien inauguró y bendijo la Torre de Jesucristo este mismo mes, convirtiendo el templo en la iglesia más alta del mundo, con 172,5 metros de altura que no alcanzan, de forma intencionada, los 173 de Montjuic.
Puig i Boada codirigió esta obra faraónica ya desde los 50 y se convirtió en su principal referente a partir de 1966, liderando así la construcción de la Fachada de la Pasión. Pero, en su trayectoria previa, este arquitecto catalán ya había recibido un encargo desde Zaragoza para proyectar el Jesús y María, un inmueble que tuvo usos que fueron desde un colegio de día hasta un internado, una residencia para religiosas o una iglesia.

Diseño del colegio Jesús y María de Zaragoza, por el arquitecto catalán Isidre Puig i Boada. / Cuadernos de Arquitectura
Todas estas vicisitudes las recoge un artículo reciente de Javier Martínez Molina, doctor en Historia del Arte y profesor de la Universidad de Zaragoza, quien describe el edificio como una "obra destacada de la arquitectura escolar de la inmediata posguerra en Aragón". Y es que la contienda civil tuvo mucho que ver con el primer uso que se le dio a esta céntrica pastilla de la capital aragonesa, cuando la avenida Goya ni siquiera estaba integrada en la escena urbana de la ciudad.
Una obra de posguerra
El encargo le llegó a Puig i Boada en 1939, coincidiendo con el final de la Guerra Civil, de parte de una comunidad de religiosas de origen catalán que se habían trasladado a Zaragoza durante el conflicto. Estaban lideradas por la madre superiora Amparo Roglá Altet. Del diseño, Martínez Molina destaca que el arquitecto barcelonés "supo aunar sabiamente el despojamiento formal de las nuevas corrientes arquitectónicas modernas", destacando además como se adaptó a la "tradición constructiva aragonesa del ladrillo visto sin renunciar al ladrillo rojo", una de sus señas de identidad.
El presupuesto para su construcción fue superior al millón de pesetas y la licencia de obras fue concedida por el Ayuntamiento de Zaragoza en marzo de 1940 con algunas prescripciones, como la construcción de un refugio antiaéreo (la guerra había acabado en España pero se recrudecía cada vez más en Europa) o una sala de infecciosas. Las obras finalizaron en 1947, aunque el colegio funcionó parcialmente desde un par de años antes.

Laura Trives
El Jesús y María fue ampliado en dos ocasiones, en 1956 y en 1967, y luego se adaptó a la legislación educativa con una nueva reforma en 1987, como explica Martínez Molina en su artículo universitario, publicado en un número de Artigrama. La vida útil del mismo concluyó a finales del pasado siglo, cuando fue abandonado. Después comenzó un largo periplo, ya convertido en vacío urbano y su actual propiedad, Bilbao Patrimonial (Wilcox) trabajó con sucesivos gobiernos municipales para desbloquearlo.
Fue a finales de 2024 cuando se alcanzó un acuerdo para un convenio que fue rubricado este pasado viernes, con el objetivo de comenzar la urbanización el próximo 2027. En el terreno ya no queda ni rastro del antiguo colegio, pese a la resistencia que presentó Apudepa, que al menos intentó salvar, sin éxito, el edificio escolar fundacional, argumentando además que podía aprovecharse para el futuro equipamiento público.
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