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Miryam Amaya (68 años), artista y pionera del activismo trans en Zaragoza: "Me ha tirado mucho el barro, la noche y el espectáculo"
Referente para la comunidad homosexual aragonesa ha conocido el éxito en las salas de fiesta de la capital aragonesa en los años ochenta y el dolor asociado a las drogas antes de su paso por la cárcel. Ahora derrocha vitalidad colaborando con el tejido vecinal de la ciudad

David Chic

"Lo más importante para una mujer trans es tener el apoyo de la familia". La zaragozana Miryam Amaya es una superviviente que a sus 68 se ha convertido una referente del colectivo LGTB en la capital aragonesa. Activista y, sobre todo artista, estuvo presente con sus 17 años en la primera manifestación del Orgullo que recorrió Barcelona en 1977. "Yo no tuve una transición, porque desde siempre, desde que era pequeña, estaba siempre a las faldas de mi madre y me ponía los zapatos de mis hermanas. Es decir, que en mi casa lo vieron muy normal. Siendo gitanos como somos, no tuve que decir cómo me sentía, fue algo paulatino", recuerda.
Nacida en la calle La Armas, donde todavía reside, desde muy joven sintió interés por el mundo del espectáculo y ha llegado a salir de gira con Sara Montiel al tiempo que ha actuado en ciudades de toda España. Los primeros años no fueron duros, aunque pide que no se cubran "con un manto rosa" a la hora de recuperar la memoria de la Transición. "Cuando salía de casa a trabajar vestía de forma extremada, porque yo era un bomboncito, pero siempre me cubría con un guardapolvo o con algo por encima, no era para que no me mirasen, era por respeto y por educación, porque, bajo mi punto de vista, no podía salir así por la calle", recuerda.
Desde muy joven entró en el circuito de las salas de fiesta de la ciudad. Eran años en los que se comenzaba a experimentar con la libertad y la disidencia sexual buscaba nuevos caminos de expresión. Durante la década de los años 80, el mundo del espectáculo nocturno en Zaragoza contaba con una amplia variedad de cabarés activos, entre los que destacaban locales como Bugatti, Ambos Mundos, Ébano o Diamante. Todos ellos populares, bulliciosos y tolerantes, según recuerda Amaya. Además, en ese ecosistema destacaba el Sirenas, un recordado bar que fue el punto de reunión de las transexuales en la capital. Además, atraía con sus números de transformismo a un público diverso, incluidos matrimonios, motivados por la novedad y la curiosidad malsana que despertaban este tipo de propuestas artísticas.
Miryam, que usaba el apellido Star como nombre artístico, comenzó a ganar popularidad, llegando a ganar nueve concursos de Miss Trans entre los años 1978 y 1985. Su propuesta escénica jugaba con el misterio de la identidad, siendo anunciada bajo el sobrenombre de «la incógnita del sexo», alentando el morbo de los espectadores de aquellos años.

La zaragozana Miryam Amaya es una pionera en las reivindicaciones de los derechos trans. / Javier Río
Sobre las tablas su propuesta mezclaba distintas disciplinas artísticas y géneros populares de la época, a la manera de los números clásicos del ya lejano Oasis. El repertorio habitual de estas salas incluía principalmente números de baile flamenco, sesiones de playback de diversas artistas del momento, canciones de tono picante y sicalíptico, así como recreaciones de copla, consolidando a este género vetusto como un pilar fundamental dentro de cualquier espectáculo de reinonas.
De aquellos años lamenta que se ha perdido una vida de barrio "con más respeto y con más educación" en la convivencia vecinal. "Se han perdido muchos valores, y no hablo solo de delincuencia, ya no existe el 'buenas noches', el '¿cómo está?', o el sentarse en la calle, cosas que no tienen que ver con ser blanco, negro, amarillo o un papá Pitufo", explica.
Amaya pasó aquellos años ochenta entre Zaragoza y Barcelona. "Me ha tirado mucho el barro, la noche y el espectáculo", reconoce. No elude sus años en los que ejerció la prostitución, algo que le permitía hacer dinero para afrontar su modo de via. "Es rápido hacer dinero, pero no es fácil, tienes que tener estómago para estar con cualquier hombre, aunque esté gordo y se encuentre muy borracho", indica con franqueza. En aquellos años en la capital catalana podía obtener las hormonas para completar su transición en los callejones por los que se mezclaban putas, soldados, artistas, bohemios y policías. "Un practicante nos vendía ampollas que nos inyectábamos, eran para mujeres embarazadas, pero nosotras nos las poníamos todas, eran aceite puro, muy dolorosa, fíjate si hace años y aún me acuerdo de eso", narra.
Prostitución
Con la familia en Zaragoza, recorrió grandes capitales en el mundo de la noche, a pesar de que había completado estudios de dibujo lineal en Logroño y ya había trabajado en talleres o como camarera en hoteles. En esas idas y venidas se enganchó a las drogas. "Empecé por probar como todas las de demás, pero la heroína me destruyó por completo y no pude renacer hasta que pasé por la cárcel de Daroca, en el 95 y logré desengancharme", recuerda.
Con el paso del tiempo, superadas las adversidades, Miryam, que deslumbró en las salas de fiesta, se ha convertido en una referente trans y gitana para las nuevas generaciones. "Ahora tienen facilidades que no existían, mira cómo existen mujeres que han cambiado de sexo en política, el cine o en cualquier lugar, algo que antes era impensable", indica. Con todo, muestra una visión crítica ante la deriva del mes de junio y la utilización del orgullo LGTBI por parte de las marcas.
"El día del Orgullo es necesario, pero para seguir reivindicando las cuestiones que necesita el colectivo, que yo creo que ya no son muchas. Pero veo que se ha convertido en algo muy capitalista, ahora es todo un mes en el que se saca provecho y ya no es una lucha, ahora es un negocio: yo estuve en aquella primera manifestación del 77 para exigir derechos y ese espíritu se ha perdido del todo", manifiesta mientas dedica los últimos días a colaborar con la organización de las fiestas de El Gancho, derrochando vitalidad y volcada en el tejido vecinal.
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