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Los cien años de José Germes, el farero zaragozano que domesticó una gaviota: "El mejor consejo para los jóvenes es que sean responsables"
Del pan de la posguerra a los juzgados, pasando por Menorca. La vida de José Germes ha sido azarosa, pero marcada por un afán de conocimiento que ha contagiado a toda su familia.

Laura Trives
Parece una decisión extraña, pero marcó la vida de José Germes, centenario vecino de Zaragoza. La cuenta muchas veces en la chocolatería Cortes de Aragón, lugar en el que muy pocas mañanas falla para tomar un café con leche. Estaba en Madrid en los años cuarenta. Poco tiempo después de terminar un duro periodo de mili y con una enfermedad recién diagnosticada. Como pasaba en esas circunstancias, el reposo y el cambio de aires podían ser parte de la solución. Ahí fue cuando su cuñado le propuso aprender el oficio de las señales marítimas. "Lo aprendí de maravilla y me destinaron a un faro", cuenta con picardía. Y allí que se fue durante un largo año a vivir enfrentado a los vendavales.
Nacido en Daroca en 1926 sus manos están acostumbradas a muchos oficios. Aunque en su cabeza siempre ha estado el afán de conocimiento y la curiosidad por el ser humano. "Cuando terminó la guerra, yo tenía trece años y quería ir a la escuela, pero mi padre me dijo que si quería comer la única posibilidad en aquel tiempo era trabajar", cuenta frente a la taza de café, rodeado por su familia. Así que entró en la panadería familiar en la que trabajaba doce horas seguidas. "Desde las dos y media de la mañana hasta las dos y media de la tarde", recuerda todavía.
Aquellos años no son gratos en su memoria. Ya se sabe lo que se dice del pan de la posguerra. "El oficio era perjudicial para la salud por la mala calidad de la harina, que venía en sacos llena de cualquier cosa, hasta cagadas de ratón de los almacenes", evoca. Por eso trataban de tamizarla al máximo y con eso lograban una masa "que se pegaba en las manos" y de la que salía un pan que nunca se sabía bien de qué estaba hecho. "Era malo, muy malo, pero no había otra cosa", explica.
De aquellos años guarda el buen recuerdo de su abuelo y varias lecciones que todavía se empeña en transmitir a sus nietos. "Me incitaba a recoger cualquier cosa que estuviera tirada por los montes para no dejar basura, también me dijo que una botella podía causar un incendio, y me enseñó que si quería recoger cosas no tenía que dejar de sembrar", indica. Aquel abuelo de origen vasco fue expulsado de casa en su día por los carlistas y por esa razón acabó abriendo una panadería en Daroca.

José Gerner ha trabajado, a sus cien años, de panadero, farero y en la administració de justicia. / Laura Trives
En esos años, restando cada día dos horas al sueño, comenzó unos precarios estudios en una academia de cultura general, mecanografía y contabilidad. Su siguiente aventura en la vida fue el servicio militar en Jaca. "Estuve persiguiendo a los maquis en los Pirineos", narra al explicar que el 80% de los que iban a la mili eran analfabetos. "Gracias a lo que sabía, me nombraron jefe de la oficina de víveres en el cuartel", manifiesta.
En aquellos meses se dedicó a lo que se dedicaban los que sabían leer y escribir en aquella época: a redactar cartas para las novias de sus compañeros y a leerles las que enviaban sus familiares. "Nosotros estábamos destinados en la orilla del río Aragón, vigilando a los sospechosos que nos indicaban desde la compañía, pasándolas canutas con una humedad terrible y pasando hambre", afirma.
Con el permiso llegó su matrimonio y la enfermedad. Y aparejado a la misma su traslado a la isla de Menorca al faro de Cavallería en la costa norte. "Ser farero es algo sacrificado, pero es precioso, lo más bonito que hay en el mundo", evoca. Aún recuerda con detalle las obligaciones, rutinas y las reflexiones que le provocaba aquel oficio. "Tu única obligación es mantener los aparatos en regla y tenerlos superlimpios", dice. Algo con lo que se tenía que ser riguroso aunque la cabina estuviera a noventa metros sobre el nivel del mar y hubiera un temporal azotando los cristales con agua salada, momento en el que tenían que salir al exterior a despejarlos constantemente. También era necesario darle cuerda a los mecanismos cada pocas horas.
Pese a todo, la vida era naturaleza, pantalones rotos y camisa abierta. "Se estaba muy bien allí, tenía mis gallinas sueltas e incluso domesticamos a una gaviota que defendía a los pollos de los milanos y otras aves rapaces. Cuando la llamabas desde la cocina, venía volando porque sabía que le dábamos comida", narra con nostalgia.
Guardias y juzgados
Buscando la estabilidad para toda su familia regresó a Madrid para preparar las oposiciones de Auxilio Judicial. Su primer destino como funcionario fue en Soria y cinco años después, en 1959, recaló en Zaragoza. "El trabajo en los juzgados de Zaragoza era completamente distinto, mucho más duro. Tenías semanas enteras de guardia, día y noche. Te llamaban a cualquier hora y no podías dormir pues nosotros atendíamos tanto a las detenciones de la Policía Nacional como de la Guardia Civil", dice.
Este desempeño fue el último en el que se afanó hasta su jubilación a los 65 años. Con todo, narra que siguió colaborando en el despacho en el que estuvo contratado en lo que fuera necesaria casi hasta los noventa años. "Tenía que pagar los estudios de mis cuatro hijos pues como yo no había podido estudiar de joven y quería que ellos sí lo hicieran", indica.
Con cien años, habiendo vivido la libertad del faro, sabe que el conocimiento es lo más importante para una persona. Así se lo cuenta a sus nietas. Siempre que puede. También durante su café diario en el bar. "Les digo que busquen el mejor sitio posible, que sean responsables y tengan seriedad en todo lo que hagan: a mí en la vida nunca me han tenido que llamar la atención por nada", explica. La justicia y la lealtad lo es todo, en su opinión. "Cuando entré en el almacén de víveres de la mili en Jaca, había déficit, pero cuando lo dejé se habían arreglado las cuentas y jamás le quité ni un gramo de comida a las raciones de las cocinas de los soldados", sentencia.
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