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Barrios

El paseo más señorial de Zaragoza con un parque nunca acabado

Ruiseñores se ejecutó a principios del siglo XX y su aspecto ha variado mucho desde entonces, aunque conserva alguna de sus icónicas villas

Chalé con un diseño más propio del Pirineo a escasos metros del paseo Sagasta.

Chalé con un diseño más propio del Pirineo a escasos metros del paseo Sagasta. / SERVICIO ESPECIAL

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Iván Trigo

Iván Trigo

Zaragoza

Fue a inicios del siglo pasado cuando Zaragoza vio nacer al que todavía hoy sigue siendo uno de sus paseos más señoriales. Planteado desde el inicio como una prolongación del paseo Sagasta, hasta donde estaban llegando ya burgueses que buscaban zonas tranquilas y amables en las que levantar sus villas y hoteles. Así se trazó el paseo Ruiseñores, una calle que une la glorieta de Velázquez y la entrada del parque Pignatelli con el paseo de Colón y el parque José Antonio Labordeta.

Fue a raíz de la construcción del Canal Imperial de Aragón cuando comenzó a planearse urbanísticamente toda esta zona de la ciudad en la que ya había alguna torre con sus respectivas huertas alrededor. Cuando se proyectaron infraestructuras como los depósitos de agua comenzaron también a trazarse sobre plano unas calles que, en el caso del paseo Ruiseñores, se urbanizaron en los primeros años del siglo XX. Con la llegada de industrias a la zona como la harinera La Imperial de Aragón se avanzó en la consolidación de esta nueva zona urbana que hoy, eso sí, muestra un aspecto muy diferente al que tuvo originalmente.

El paseo Ruiseñores cuenta con aceras con sombra gracias a los árboles.

El paseo Ruiseñores cuenta con aceras con sombra gracias a los árboles. / SERVICIO ESPECIAL

Y es que principalmente fueron grandes viviendas unifamiliares las que se construyeron en este paseo, villas de las que queda todavía alguna y que son únicas en toda la ciudad. Sorprenden, por ejemplo, las viviendas instaladas dentro de un antiguo palacete a la altura del número 37, que bien podrían servir como mansión encantada para cualquier serie de Netflix. Al lado, en el número 39, la casa que hay tampoco se queda corta en cuanto a capacidad de impresionar. Una especie de torreón con dejes modernistas cierra una de las esquinas de un edificio en el que huele a dinero antes de entrar.

Dinero

Y es que el paseo Ruiseñores es una de las zonas más caras de la ciudad, puesto que es de las pocas calles que ofrecen viviendas unifamiliares a escasos minutos del corazón de la capital aragonesa. El interés de las clases pudientes por instalarse en el paseo hizo precisamente que, durante los años 60 del año pasado, muchas de los hotelitos y chalets que se levantaron se tiraran o reconvirtieran en edificios de varias plantas. Muy conocido es por su estilo arquitectónico el edificio Ruiseñores, pero no es el único singular de esa época. Enfrente, en el número 23, hay un inmueble que quizá diga poco pero que es un muy buen ejemplo de la arquitectura de calidad de aquellos años, unas décadas, las del desarrollismo, en las que no siempre se primó la excelencia. En su puerta un cartel indica que el bloque recibió el trofeo Ricardo Magdalena de arquitectura en 1965.

En este paseo y en la zona hay también buenos bares, una cafetería mona y varios colegios. Pero hay una cosa de la que carecen: quioscos en el parque Pignatelli. Hace unos meses cerró el de La Milonga, cerca ya de la iglesia de San Antonio. Y el que está en obras, cerca del extremo del parque que linda con Sagasta, todavía no funciona a pesar de que la previsión era poder abrir este negocio, adjudicado al empresario aragonés Juan Forcén, este verano. Tampoco está operativa, ni siquiera construida, la zona de juegos infantiles que el concesionario de este quiosco debía haber levantado a la vez que el bar.

Embarcadero sin barcos en la parte nueva del parque  Pignatelli.

Embarcadero sin barcos en la parte nueva del parque Pignatelli. / SERVICIO ESPECIAL

Desde el paseo Ruiseñores parte la calle Santiago Guallar, ejecutada recientemente cuando se construyó la ampliación del parque Pignatelli. Los árboles sin crecer delatan la juventud de esta vía que desemboca en una zona verde que, a pesar de lo prometido por el Gobierno municipal, ni tiene barcas en el lago, ni tiene todavía sombras, ni tiene viviendas de protección oficial ni tiene equipamientos.

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