Santolea, inundados de recuerdos

‘Santolea, ¡existió!’ es un libro que viene a evocar y honrar la memoria del pueblo demolido / La construcción del embalse llevó a una progresiva y agónica despoblación de la localidad turolense en menos de cincuenta años

Vista de Santolea con el embalse en primer término.

Vista de Santolea con el embalse en primer término. / MIGUEL PERDIGUER

A. Tremul

Jánovas, Tiermas o Mediano son algunos de los pueblos que durante el siglo pasado vieron cómo sus habitantes fueron obligados a marchar por la construcción de un pantano en sus proximidades. A esta lista gris se une Santolea, municipio turolense que en 1972 perdió a su último habitante, un pastor que intentó sobrevivir a esta incesante sangría de población.

Santolea, ¡existió! nació con el objetivo de recopilar en un buen puñado de páginas la historia y la memoria de un pueblo que se vio forzado a abandonar su tierra. Los escritos y la pluma de José Aguilar Martí, y el archivo fotográfico de Miguel Perdiguer Aguilar son dos de los pilares sobre los que se ha sustentado este proyecto.

Los casi 103 años de vida de Miguel Perdiguer son inabarcables en estas líneas. Su memoria y su voz trasladan a quienes le escuchan a otra época, una época en blanco y negro, como fueron las primeras fotografías que acumuló sobre su pueblo. Perdiguer descubrió su pasión por la fotografía durante «una excursión dominguera al castillo de Loarre». «Uno de los compañeros sacó una máquina pequeña, que cabía en la mano, y nos hicimos una foto», comenta sobre su descubrimiento’ a lo que añade: «Luego, le pregunté si me podía hacer una foto a mí solo, y cuando la vi revelada a los tres días me quedé anodadado». Con un precio de 12 pesetas y 9 céntimos, Miguel empezó a ahorrar hasta que acumuló 13 pesetas para comprar «la cámara y un rollo en los Almacenes SEPU de Zaragoza». Y aquí comenzó el idilio de este santoleano con la fotografía, que le permitió acumular un amplio archivo: «Son apreciadas no tanto por la calidad, sino por la exclusividad». 

Miguel dejó Santolea a los 11 años, junto a sus padres, sus dos hermanos y su abuela, para marchar a Mas de las Matas: «Fue muy triste porque tus raíces se quedaban allí». A partir de entonces, su vida se vistió de viajes, experiencias y un sinfín de saberes, y acabó a los 14 años en Zaragoza tras superar «unos exámenes muy rigurosos» y gracias al inestimable esfuerzo de su padre: «Con la poca tierra que tenía, fue metiéndose en el cultivo de los frutales. A final de temporada, pudo ahorrar mil pesetas, hizo números para ver si me podía pagar la pensión y la enseñanza en Zaragoza y así fue». Allí estudió Bachillerato y acabó licenciándose en Medicina en 1944. Beceite fue su primera parada como médico generalista, y continuó su andadura en Madrid, para opositar a la escuela de puericultura; Santander, donde recibió un curso de especialidad de anestesiología por «grandes figuras venidas de Kansas City, Washington o París», y Alcañiz, donde ha ejercido durante toda su trayectoria como pediatra.

Fiestas patronales 8 Procesión de Santa Engracia. | MIGUEL PERDIGUER

Fiestas patronales 8 Procesión de Santa Engracia. | MIGUEL PERDIGUER / a. tremul

Este santoleano de cuna no olvidaba sus orígenes y continuó frecuentando su pueblo natal: «Yo subía porque todavía estaba con la añoranza de cuando cogía cangrejos, mataba pájaros, quitábamos los nidos… Era lo que hacíamos a esa edad». Recuerda su pueblo como una localidad muy humilde y retrata el bajo nivel de vida: «Se consideraba que una familia estaba bien cuando cogían trigo para alimentarse los de casa». A estas condiciones, añade: «Cuando las familias eran numerosas, los tenían que mandar a servir a otros pueblos. Por ejemplo, las chicas a los 12 años marchaban a Barcelona». La situación era la que era y no valía resignarse: «Se vivía, menos los que se morían».

Una vida como relator

José Aguilar siguió los mismos pasos que Miguel, aunque unos cuantos años más tarde. Recuerda perfectamente que los primeros en abandonar el pueblo fueron «los Nazarios y los Torreros», antes de que comenzara a construirse el pantano. En 1963, con 28 años y con tres hijos, marchó a Hospitalet: «Fue muy triste pero intentabas animarte por el futuro de tus hijos». Aguilar cambió el ganado y las alforjas por los sobres y cartas, iniciando una nueva etapa en Correos. «A modo de entretenimiento» comenzó a recopilar información sobre su pueblo porque «los abuelos se mueren y se pierde la información». En su ya larga trayectoria como relator de la historia de Santolea, ha recibido llamadas de Francia, e incluso de Argentina y Brasil: «El que está lejos tiene la ambición de saber sobre su pueblo. Con lo que me van diciendo, voy formando el árbol genealógico». Como santoleano de pura cepa, acude todos los años al encuentro que organiza la asociación Santolea Viva en una fecha próxima a la celebración de las fiestas de Santa Engracia (16 de abril): «El primer año, en 2010, nos juntamos 10 personas a comer en Castellote y luego visitamos Santolea. En 2019, fuimos 170». 

Miguel y José suman casi doscientos años de vida. Doscientos años en los que han vivido «de todo», desde una guerra y una pandemia hasta la evolución de la sociedad como cabezas visibles y valiosos vestigios de otra época. Ambos comparten uno de los episodios más duros de su vida, abandonar el lugar donde nacieron y disfrutaron de su infancia. Muchos años después, con trabajo, esfuerzo y dedicación, mantienen vivo el espíritu de Santolea y de otros tantos que siguieron el mismo camino, pero que hoy ya no lo pueden contar. Larga vida a Santolea, y larga vida a José y Miguel.

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