Kiosco

El Periódico de Aragón

El drama de la guerra

Ucranianos en Zaragoza: obligados a rehacer la vida

Irina Motrechko e Irina Savina subieron a un autobús sin saber dónde estaba Zaragoza, ahora intentan rehacer su vida a la espera de poder volver a sus casas lo antes posible

Irina Motrechko e Irina Savina huyeron de Ucrania junto a sus respectivos hijos. | JAIME GALINDO

Pasar de ser conocidas que simplemente coincidían a la salida de la escuela cuando iban a recoger a sus hijos a convertirse en compañeras de viaje en la huida de su país por culpa de la invasión de la Rusia de Putin. Irina Motrechko e Irina Savina viajaron junto a sus hijos, dos de la primera y uno de la segunda, hasta Zaragoza en autobús. No sabían ni dónde estaba la capital aragonesa y ahora acaban de empadronarse en esta ciudad para rehacer su vida.

«Vivíamos en un pueblo pequeño de la zona del Donbass, primero fuimos a Varsovia y allí salían muchos autobuses que iban a muchos países, las voluntarias nos ofrecieron ir a Zaragoza y dijimos que sí», explican las dos mujeres. En aquel momento, a finales de marzo, ninguna de ellas sabía a ciencia cierta adónde se dirigían y menos aún se imaginaban que los otros 40 compatriotas que viajaban junto con ellas y sus hijos se convertirían en sus nuevos vecinos ya que en este momento todos viven juntos en un albergue juvenil de la capital. «No tenemos problemas de convivencia, hemos vivido cosas muy duras e intentamos apoyarnos y darnos consejos porque todos estamos fuera de casa», explican las nuevas amigas.

Permiso de residencia

Por el momento, su proceso de llegada está siguiendo los mismos pasos que para el resto de compatriotas. El primero fue la regularización del permiso de residencia con la oficina de Extranjería de la Policía Nacional, seguidamente los recién llegados oficializaron su empadronamiento en la capital aragonesa, según ellas, un paso imprescindible. «Con estos papeles podremos empezar con la escolarización de los niños, las clases de español y a buscar un trabajo», aseguran. «La última es probablemente la cuestión que más les preocupa por el momento. Antes de que la guerra estallara ambas tenían un puesto de trabajo «normal para un pequeño pueblo minero». Una secretaria y la otra contable, ambas en pequeñas empresas locales. «Convalidar las titulaciones es muy complicado, prácticamente imposible y no sabemos realmente si aquí vamos a poder ejercer nuestro trabajo», comentan. Aun así el deseo de ambas familias es poder volver lo antes posible a su ciudad que ahora mismo se encuentra bajo dominio ruso. «Lo único que esperamos es recuperar una casa a la que volver», explican ambas acompañadas de los tres pequeños.

Estos mismos hijos son los que ahora intentan mantener una vida estable a más de 3.000 kilómetros de su hogar. Tanto los dos pequeños, de diez años cada uno, como la mayor, estudiante de primero de Medicina, mantienen sus clases online. «Todavía no estamos seguras de cómo será el proceso pero seguramente terminen este curso según el modelo ucraniano y el próximo curso entren en un colegio español», explican las madres.

La pregunta de los pequeños

Los dos pequeños, aunque «todavía no son conscientes de lo que está pasando» plasman sin problemas sus preguntas. «Lo único que preguntaban en el viaje es que si estábamos seguras de que en el sitio al que íbamos no iba a haber bombas», cuentan las dos refugiadas.

La desolación ante la situación que viven es el sentimiento común para los cinco integrantes de este nuevo núcleo familiar. «Estas en tu casa, tranquila, haciendo planes de futuro y de repente, pum, no tienes nada, solo tienes a un país enorme lanzando bombas encima de tu casa», asegura Irina.

Aun así la improvisada familia asegura que está contenta de la ciudad hasta la que el azar les ha llevado. «No tenemos mucho que hacer así que estamos recorriendo la ciudad y haciendo turismo. Zaragoza es una ciudad muy bonita y con muchos espacios para ir a que los niños jueguen», comentan las mujeres que además aseguran que su parte favorita son los puentes, más concretamente «el que está hecho de piedra», añaden entre risas.

Compartir el artículo

stats