Jacinda Ardern dejará de ser primera ministra de Nueva Zelanda en febrero. No tiene, dice, la "energía suficiente" para presentarse a la reelección del próximo 14 de octubre tras cinco años en el cargo, pero tampoco la tiene para seguir al frente del país durante los ocho meses que quedarán entonces hasta que se abran las urnas. La erupción del volcán Wakaahari, el peor ataque terrorista que se recuerda en suelo neozelandés y la complicada gestión de la crisis del coronavirus son algunos de los factores que podrían haber dejado el "depósito vacío" de una de las políticas más carismáticas de los últimos años.

Ardern, que asumió el cargo en 2017 sin haber cumplido los 40 años, llegó al cargo envuelta en una ola de optimismo reivindicando que otra forma de hacer política era posible. Sus críticos dicen que ha sido demasiado blanda en su forma de ser y de ejercer el cargo, mientras que quienes apoyan a la ex primera ministra defienden que la dureza nunca fue un sinónimo de éxito.

"No lo dejo porque sea duro, lo dejo porque este trabajo conlleva una gran responsabilidad, y no tengo suficiente energía para hacerle justicia", ha explicado Ardern, que tendrá un sustituto el próximo 22 de enero. "Creo que liderar un país es el mayor privilegio que nadie puede tener, pero también uno de los trabajos más exigentes. No puedes ni debes hacerlo a no ser que tengas el depósito lleno y algo más en la reserva para afrontar los retos inesperados".

El covid: éxito sufrido

Esos "retos" fueron seguramente los responsables de que el 'flechazo' inicial de los neozelandeses con Ardern y su Ejecutivo se fuera desinflando con el paso de los años.

El mejor ejemplo fue lo que sucedió con la gestión de la pandemia del coronavirus: lo que en un primer momento fueron alabanzas por sus medidas para intentar lograr un escenario de "Covid cero" terminó en una contestación popular por mantener las fronteras del país cerradas durante dos años.

A todo eso, además, se le añadieron las tensas manifestaciones que se vivieron en el país durante tres semanas por parte de los antivacunas y la represión policial que fue necesaria para contener las protestas, una imagen que debilitó su propio relato acerca de su idea para el gobierno.

Sin embargo, todo ese descontento que supuestamente se generó en Nueva Zelanda por las restricciones sí que habría dado sus resultados. Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en los prácticamente tres años que han pasado desde que el coronavirus pusiese en jaque a todo el mundo 2.437 neozelandeses han perdido la vida a causa de la enfermedad.

Una población descontenta

Esa contención de la pandemia, sin embargo, no fue capaz de justificar para muchos que, por ejemplo, durante dos años no pudiesen regresar sus parientes en el extranjero. A eso se le suma que, a día de hoy, existe una crisis interna de vivienda y de encarecimiento del coste de la vida motivado por la inflación más alta vista en el país durante las tres últimas décadas.

Según las últimas encuestas, el apoyo a la gestión de Ardern se encuentra en las horas más bajas desde que tomó posesión del cargo en 2017 y se convirtió en la mujer más joven de la historia en convertirse en primera ministra de un país.

Uno de los motivos que manejan en su país para esa caída de popularidad es que la oposición está sabiendo explotar muy bien esa idea de que su gestión "blanda" no está siendo capaz de atajar ciertos problemas.

Por ejemplo, durante el ataque terrorista que tuvo lugar contra dos mezquitas en Christchurch en 2019, el más mortífero de la historia del país tras dejar 51 muertos, su respuesta fue muy aplaudida. No solo llegó a ponerse un hijab como muestra de respeto, sino que prohibió los rifles de asalto en Nueva Zelanda y puso en marcha un programa de 'recompra' de armas del Gobierno con la idea de avanzar hacia una sociedad más pacífica.

Sin embargo, todo este camino para desarmar a la población no ha evitado que, en los últimos meses, se haya creado una sensación de inseguridad en las calles del país oceánico. El apuñalamiento, y posterior muerte, de un comerciante durante un atraco solo reforzó esa idea, y la respuesta de Ardern tampoco ayudó, ya que en vez de ir a ver a la familia de la víctima decidió seguir adelante con su visita a las islas Chatham.

"El único enfoque interesante que vais a encontrar [en mi dimisión] es que, después de seis años en los que me he enfrentado a algunos desafíos muy importantes, soy humana. Los políticos somos humanos y damos todo lo que podemos durante el tiempo que podemos. Para mí, ha llegado el momento de terminar", ha explicado Ardern durante la rueda de prensa en la que ha anunciado su dimisión.