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REPORTAJE

Genocidio en las mil colinas

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    Recuerdo El superviviente Rutaganda, sentado junto a calaveras en Ntarama. - Foto:REUTERS / FINBARR OREILLY

    MARC MARGINEDASMARC MARGINEDAS 07/04/2004

    El 27 de junio de 1994, un corresponsal francés logró llegar a Butare, al sur de Ruanda, el país de las mil colinas. El periodista entró en la sede de la fiscalía de la ciudad y allí oyó tres pasos procedentes del falso techo. Eran tres tutsis aterrados, tres "sombras vivientes", en palabras del periodista, que malvivían desde hacía diez semanas en un reducido espacio de unos pocos metros cuadrados, alimentados sólo por un plato de arroz, unos plátanos y agua, para escapar del genocidio contra su etnia que se había iniciado tres meses antes.

    Un drama similar al que padeció la judía Ana Frank en Amsterdam durante la ocupación alemana, sólo que sucedía en la región africana de los Grandes Lagos y cinco décadas después. El genocidio ruandés, que cumple hoy el décimo aniversario de su comienzo, guarda asombrosos paralelismos con el exterminio de los judíos durante la segunda guerra mundial.

    Preparar el terreno

    Al igual que entonces, durante años sus instigadores prepararon el terreno para la oleada de masacres que sucedió en los meses de abril, mayo y junio de 1994. Según reconoce la organización Human Rights Watch (HRW), la propaganda gubernamental ruandesa en los años precedentes se esmeró en "redefinir" a la población ruandesa en dos campos: los "ruandeses, como aquellos que apoyan al presidente", y los "ibyito o los cómplices del enemigo", que colaboraban con la opositora milicia del Frente Patriótico Ruandés (FPR).

    Ruanda también vivió su particular incendio del Reichstag, el Parlamento de Berlín, del que los nazis culparon a los judíos y que significó la señal de partida para las persecuciones. Fue el 6 de abril de 1994, fecha en la que el avión del presidente Juvenal Habyarimana fue derribado sin que los culpables hayan sido todavía identificados, una década después.

    Pero a diferencia del genocidio judío en la Europa de los 40, las matanzas de Ruanda sucedieron con una rapidez asombrosa. Durante los 100 días que siguieron al 6 de abril de 1994, milicias de extremistas hutus asesinaron con machetes --denominados "herramientas de trabajo" por los genocidas-- a entre 500.000 y un millón de tutsis y hutus moderados sobre una población de 7,5 millones de habitantes. Tres meses después, el FPR logró expulsar del poder al Gobierno hutu, forzando un éxodo, esta vez de centenares de miles de hutus, hacia las fronteras de Zaire. Allí, miles de hutus murieron de hambre y enfermedades diversas.

    Los efectos de la muerte de centenares de miles de ruandeses se dejarán notar durante generaciones en el país de las mil colinas. Millones de huérfanos deberán crecer sin sus progenitores, un número no determinado de mujeres fueron violadas e infectadas con el SIDA. "El impacto psicológico de sobrevivir a un hecho tan traumático como es un genocidio es difícil de medir; las mujeres que fueron violadas y que contrajeron el VIH dicen que esto es como vivir un segundo genocidio", responde Rafael Vila-San Juan, director general de Médicos Sin Fronteras en España, una ONG que contaba con presencia en Ruanda en 1994.

    Una década después, obreros ruandeses se afanaban la semana pasada en acabar las obras de un Memorial Nacional del Genocidio en Gisozi, en las afueras de la capital, para acoger las conmemoraciones. La instalación se ha construido sobre los restos mortales de unos 250.000 ruandeses.

    Mucho por hacer

    James Smith, de la organización Aegis Trust, dedicada a prevenir los genocidios, declaró a Reuters que espera que el memorial se equipare al museo del Holocausto judío en Berlín, Jerusalén y Washington. Pero todavía queda mucho por hacer para que el genocidio, el exterminio sistemático de un grupo social por motivos raciales, políticos o religiosos, tal y como lo definen los diccionarios, logre ser erradicado.

     
     
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