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El artículo del día

Basuras y casandras

No creo que los españoles tengamos motivos para enorgullecernos por el debate de investidura

 

Ana Oramas pasa por delante de Pedro Sánchez en el Congreso. - JOSÉ LUIS ROCA

Antonio Piazuelo Antonio Piazuelo
13/01/2020

No creo que los españoles tengamos muchos motivos para enorgullecernos por el debate de investidura de Pedro Sánchez como presidente del Gobierno. Entre los comentaristas hay prácticamente unanimidad: con unas pocas excepciones que merece la pena destacar (Aitor Esteban, del PNV, volvió a demostrar su categoría como parlamentario, el turolense Tomás Guitarte tuvo una intervención tan breve como digna y algunos más alcanzaron el aprobado), el resto de los portavoces oscilaron entre la insustancialidad y la política basura, e incluso alguno que no subió a la tribuna (Suárez Illana) consiguió el más difícil todavía: hacer el ridículo sin necesidad de abrir la boca, con su enrabietada puesta de espaldas cuando los voceros de Bildu hablaban. Parecía decir, como un niño mal criado, chínchate que no respiro.

Deplorables, aunque no inesperados, los discursos de Mertxe Aizpurúa (Bildu) y su colega Oskar Matute. La falta de respeto hacia las instituciones, empezando por el Jefe del Estado, no es de recibo en un Parlamento, como no lo es la ostentosa espantada de los diputados de Vox o el enfado del citado vástago de Adolfo Suárez. ¿No nos llenábamos la boca, cuando ETA mataba día sí, día también, diciendo que abandonaran las armas y defendieran sus ideas en la arena política? ¿Por qué, cuando precisamente es eso lo que han hecho, seguimos negándoles el derecho a hablar y ser oídos, por mucho que nos repugnen algunas de sus palabras?

Política basura también la de los pataleos, los insultos desde las banca-das y las constantes interrupciones a los oradores. O la de Montserrat Bassa (ERC). En el top 10 de las majaderías escuchadas en el Congreso desde hace más de cuarenta años quedará su «me importa un comino la gobernabilidad de España2. Algo más de un comino, digo yo, le importará cobrar su sueldo de parlamentaria, pagado por todos los españoles precisamente para eso, para que contribuya a la gobernabilidad de España desde su escaño. O los esfuer-zos de Ana Oramas (Coalición Canaria) para explicar lo inexplicable: votar lo contrario de lo que ha decidido su partido, el que la puso ahí y al que, en buena lógica democrática, se debe. Ella sabrá por qué, pero el resto no alcanzamos a saberlo pese a sus intentos.

Empezamos a estar acostumbrados a este infranivel par-lamentario, así que dejemos la basura y fijémonos en lo que verdaderamente ha constituido una novedad (mala, pero novedad) en este debate. Hablo de la política Casandra y de los políticos Casandras. Según la mitología griega, Apolo se enamoró de una sacerdotisa que así se llamaba y le otorgó el don de la profecía. Casandra se lo tomó en serio y empezó a profetizar desastres y catástrofes a diestro y siniestro, aunque nadie le hacía el más puñetero caso porque rechazó casarse con el dios y este la castigó así.

Pues bien, en los escaños de la triple derecha (PP, Ciudadanos y Vox) han empezado a proliferar las Casandras como setas en otoño. Escuchar a Pablo Casado, a Inés Arrimadas y al jefe de la ultraderecha, Abascal, fue asistir a un catálogo de profecías nefastas entreverado de insultos de grueso calibre y amenazas nada veladas. Según estos visionarios, la condición impuesta por los negociadores de Esquerra Republicana para su abstención, y aceptada ya por el presidente del Gobierno, es reconocer el derecho de autodeterminación de Cataluña y convocar un referéndum sobre su independencia. Tampoco se quedan atrás cuando hablan de los supuestos acuerdos con Podemos (los comunistas, dicen ellos) para hundir la economía española, llevar el déficit y el endeudamiento a límites intolerables, destruir el empleo y sumir al país en una crisis sin precedentes en Europa. La cara de Nadia Calviño, tan bien considerada en la UE y futura vicepresidenta económica según se asegura, era todo un poema al oír tales augurios. Para impedir tamaños desafueros, los tres están dispuestos a todo. En el Parlamento, claro, pero también en la calle y en los tribunales.

¿Alguna prueba, o algún indicio, de que las cosas vayan a ser como ellos dicen? Pues no, ninguno. Pero, ¿desde cuándo necesitan los profetas argumentar sus pronósticos? Y no les digas que, para reconocer el inexistente derecho a la autodeterminación o admitir la independencia de parte del territorio nacional, no basta con que Sánchez así lo decida. Que habría que cambiar la Constitución y las leyes, para lo que ellos mismos serían decisivos porque Sánchez no tiene la capacidad parlamentaria de hacerlo. Cuando uno se lanza por la senda del visceralismo, los argumentos lógicos se apartan con un gesto de desprecio. Y, a fuerza de repetir esos negros pronósticos con todo el peso de su aparato mediático, lo cierto es que muchos de sus votantes han acabado por convencerse de que así será. Tanto que el obispo de Oviedo ha rogado a la santina de Covadonga, cual nuevo Don Pelayo, para que les ayude a salvar a España de estos nuevos sarracenos. Éramos pocos, y parió el señor obispo.

Lo malo para ellos es que, si el tiempo va pasando, las medidas de Gobierno se van tomando y sus profecías lúgubres no se cumplen, les pasará inevitablemente lo que le pasó a Casandra: que la gente se aburrirá de oírlos y dejará de hacerles caso. Incluso si aciertan en algo, como acertó Casandra al pronosticar la destrucción de Troya. Yo creo que deberían leer más.

*ATTAC Aragón

 
 
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