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DENIS LONG

  •  En los límites y misterios de nuestra percepción hay que enmarcar la comprensión y el gozo de las obras de este artista singular


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    JUAN BoleaJUAN Bolea 10/02/2004

    Una de las más prestigiosas y constantes galerías de arte zaragozanas, Antonia Puyó, que estos días, una vez más, visitará la Feria de Arco, acaba de presentar los más recientes trabajos de un interesante artista, Denis Long. Una pintura singular la suya, geométrica, pura, y extrañamente viva, en la que vale la pena sumergirse sin prejuicios, hasta dejarse empapar por su extraña y sugerente creatividad.

    Long, que reside en Madrid desde hace bastante años, desde 1973, concretamente, por lo que se expresa en un cálido e irreprochable castellano, ha fatigado el mundo de una a otra punta. Desde su San Francisco natal, en la liberal (pero llegó Rambo y mando parar) y libérrima California, hasta la India, pasando por la kafkiana Praga y el espesor urbano del viejo Madrid... De todos esos viajes y experiencias, de sus recuerdos mexicanos, javaneses, y, por supuesto, del rico fondo de una personal visión interior, se ha ido conformando una obra abstracta que intenta concitar la imposible perfección de la medida y el número con una suerte de líquida poesía, a base de texturas y juegos de sombra y luz.

    El artista californiano, que es, además, un extraordinario grabador, ha traído hasta la galería de Antonia Puyó algunas de sus célebres serializaciones, donde los motivos pictóricos, sucediéndose o reproduciéndose bajo determinadas variantes, pretenden simbolizar la fiesta y el drama de la elección.

    Como bien sabían los antiguos, y muy en particular los pintores renacentistas, a los que Long conoce bien, todas las combinaciones geométricas, en efecto, son posibles a partir de una hibridación de figuras, pero sólo algunas de ellas alcanzarán la sanción final del artista, sólo unas pocas terminarán incorporadas a los lienzos, a la obra. Sólo algunas sobrevivirán al laboratorio de la imaginación...

    ¿Por qué?

    ¿Por qué sólo recordamos una concreta tarde de lluvia, un paraguas javanés, unos versos de Wallace Stevens (predilecto de Long), un rostro de una taberna mexicana, una serie de frases oídas al azar? ¿Por qué no retenemos y eternamente reproducimos todo lo demás, todas las tormentas, todas las conversaciones,.todos los crepúsculos, todos los poemas, todas las noches de licor pendenciero, como diría Jorge Luis Borges, que algo sabía de estas paradojas?

    En los límites y misterios de nuestra percepción, de nuestra memoria, de nuestra capacidad de recreación hay que enmarcar el intento de comprender y gozar las propuestas de Long. Pintura compleja, sin concesiones al mundo de los sentidos, al inmenso ojo humano que todo cree verlo, pero que a menudo sólo distingue la apariencia, el color, la forma, sin intuir siquiera la arquitectura, la naturaleza del mundo.

    "Detrás de un texto hay otro texto", nos decía el otro día, misteriosamente, el escritor Martín Garzo con uno de esos susurros suyos que mágicamente, y al momento, disuelven la realidad en un mundo de fantasmagorías y distintas leyes.

    Algo así sucede con la pintura de Long, cuyas metálicas veladuras parecen ocultar un segundo cuadro que en realidad sostiene al primero. Tenemos que aprender a ver esa secreta trama. Tal vez, a temerla.

    *Escritor y periodista

     
     
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